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¿Cómo funcionan los locales de conciertos?

Ésta debería ser la crónica del concierto que The Punishers ofrecieron el pasado sábado 16 de enero en la sala Otto de Gijón en la buena y agradable compañía de Los González. Os voy a contar mi experiencia de años conociendo salas de conciertos de pequeño y mediano aforo (no más de 1.000 personas), clubs, discotecas y bares de distinto pelaje que ofrecen música en directo.

Pues bien, a diferencia de ciudades grandes, donde existen salas con una programación continuada, aquí en Asturias, y supongo que en otras comunidades autónomas, lo que nos encontramos son locales de diferente capacidad y actividad hostelera que ceden, es un decir, por unas horas a distintos grupos y promotores locales o foráneos.

Antes, en los noventa, no había casi conciertos gratuitos. En sitios inmundos, como el recordado Chanel de Oviedo, se colocaba una improvisada taquilla, fuera el día de la semana, normalmente el jueves, y todo dios pagaba por entrar a tomar una copa, una birra o un refresco; y de propina tenías delante a un grupo.

Con la entrada del siglo XXI las cosas fueron a peor. Las normativas estrictas e incomprensibles de los ayuntamientos privaron a muchos locales de organizar conciertos y el asunto conciertil pasó a ser casi una especie en extinción. Y así ciudades y comunidades con una tradición de años quedaron fuera del circuito estatal de giras. Y ahora, en 2010, parece que lo de los conciertos se ha desmadrado.

Volviendo al principio, el sábado hubo en Gijón cuatro conciertos, consecutivos o a la misma hora: los Zeros en el 
Café Dom Pedro, Nacho Vegas en su segunda noche en la Sala Acapulco, The Punishers en el Otto y Crank County Daredevil, una especie de Punishers pero más guarros (musicalmente hablando), en el Savoy.

Se me ocurren dos preguntas: ¿hay público para toda esta oferta? Y, ¿están todos estos locales adecuados para la música en vivo? A la primera pregunta diría que no. Da igual el día que se celebre un concierto, si al público le apetece habrá un número que garantice que la taquilla no pinchará. No hay fórmulas matemáticas para asegurar el éxito.

A la segunda, os diría también que no. Vaya pena me dio el pobre sonido que tuvieron The Punishers, que presentaban The Die Is Cast, en el Otto. De juzgado de guardia. El grupo no tenía la culpa y, supongo, confío y espero, que el técnico de sonido, que era de una empresa no habitual, tampoco la tuviera. La respuesta la tenemos en el local.

Gunner parecía afónico y/o hormonado, táchese lo que no proceda, porque su falsete quedó enterrado bajo un zumbido, pelota o como quiera que se le pudiera llamar a aquello. Y los instrumentos quedaron ahogados en su propio vómito. Una pena, vamos.

El Otto, un clásico de la noche gijonesa, es una discoteca enorme que ahora se ofrece para organizar conciertos. No sé lo que durará con esa acústica. No sé las condiciones que tienen. Si van a porcentaje de taquilla y el grupo pone el sonido; si cobran un alquiler y se llevan un porcentaje en taquilla, o si ceden el espacio, que no tienen rentabilizado durante el tiempo de la actuación, y se llevan lo que sacan de la barra, dejando al grupo que afronten los gastos de equipo de sonido, pegada de carteles, SGAE y demás. El gratis total seguro que no existe.

El caso es que a The Punishers y a los que acudimos al concierto se nos bajó, nunca mejor dicho, el subidón que teníamos por ver a esta banda encima de un escenario. Y si no la habéis visto os la recomiendo porque es de lo mejor que hay en el circuito estatal de rock & roll.

El resultado, apenas 50 entradas vendidas y como le dije al amigo Larry, me dan ganas de irme a casa para no llevarme una pobre impresión del grupo. Y así fue que me fui cuando sonaba ‘Faster, Harder, Deeper’, el tema que daba el título a su penúltimo disco.

Lástima del mal sabor de boca que espero recompensen en un ulterior bolo. Prometo viajar a cualquier punto de Asturias cuando lo hagan. Palabra.

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