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Manic Street Preachers — Postcards from a young man: amable retorno al rock sin pretensiones

Pues va a resultar que el fantástico ‘Journal for Plague Lovers’ (Spotify) del año pasado ha sido un espejismo para Manic Street Preachers. Si esperáis otro disco de distorsión, textos crípticos y rabia canalizada en una catarsis exorcizante, no vais por buen camino. Este álbum es, más bien, la continuación natural de ‘Send Away The Tigers’ (Spotify), un disco con unos parámetros más cercanos al momento actual de la banda: luminoso, con ímpetu y concebido con vocación pop. Y el resultado de este nuevo álbum mejora dicha entrega.

Porque, aunque parezca que es una decepción que no continúen el camino turbio y denso del anterior disco, una vez que cierras los ojos y subes el volumen de los cascos, te das cuenta de que los Manics son la mejor banda de stadium rock del mundo. Han hecho lo que nunca conseguirán U2 (de los pocos referentes “generacionales” por su mismo palo), y lo que, por lo que hemos visto hasta ahora, tampoco harán ni Stereophonics (importante bajón creativo el de los también galeses) o los aparcados y resucitados — están grabando disco — Foo Fighters: un disco de rock entusiasta, intenso y expansivo, ideal para conciertos en espacios abiertos pero también ocupar un puesto destacado en las radiofórmulas.

http://www.muzu.tv/player/getPlayer/a/hyM661AelryioTDJ/vidId=730450

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Los violines y el grandioso estribillo del primer single, ‘(It’s not war) Just the end of love’, anticipan muchos de los caminos por los que transcurrirá el álbum: melodías con fuerza (‘The Descent’ — pages 1 & 2), estribillos con gancho (como el tema homónimo, con guiño a Queen incluido), y una producción recargada pero efectiva, con violines, guitarras voraces y grandilocuentes o coros gospel que aportan un barniz amable y accesible a un disco en el que prevalecen unas canciones redondas, sin fisuras. Estéticamente impolutos, pero enérgicos, vigorizantes, y grandilocuentes (en el mejor sentido posible de la palabra).

Cuando levantan (ligeramente) el pie del acelerador, permiten recrear ambientes más íntimos, como en la balada a dúo con Ian McCulloch (de Echo & The Bunnymen) en ‘Some kind of Nothingness’, los deliciosos vientos en el contagioso medio tiempo de ‘The Future has been here 4ever’, la suave intro de piano de ‘Golden platitudes’ o la envolvente ‘Hazelton Avenue’, pero aún entonces lo hacen con entusiasmo, y un sonido brillante luminoso, armónico, propio de la dicotomía “canciones alegres para temas serios”, que se demuestra mejor en el bonus disc que acompaña al álbum, con las versiones en acústico del disco (me declaro fan de este tipo de extras).

http://www.youtube.com/v/AHwM–2gbng?fs=1&hl=es_ES

Cuando focalizan su atención hacia los himnos llenos de autoestima y de rabia entusiasta, como ‘A billion balconies facing the Sun’, ‘Auto-intoxication’, la final ‘Don’t be evil’ o la definitoria ‘All we make is entertainment’, demuestran que sus intenciones no son más que demostrar su habitual buen hacer en esa delgada franja entre el pop, el rock y el mainstream. Y siguen resultando creíbles porque el resultado desprende honestidad, ilusión y talento.

Es posible que de esta manera pierdan ese factor que les distancia del resto de grupos: su capacidad de estremecer, su habilidad para disparar dardos políticos o religiosos certeros, ese rock críptico, macarra y sucio, cercano al punk (como decía probertoj, el binomio The Clash & Guns & Roses), y que de esta manera se quede en un disco decente, ciertamente logrado, pero sin la fuerza que aporta el compromiso y la garra reprimida, la catarsis interna. Por tanto, un disco más que entretenido, disfrutable, coreable, y amable para la radiofórmula y los no familiarizados con el grupo, y una renovación más de nuestros votos con los galeses.

Escúchalo en | Spotify
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