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Kurt Vile — Wakin On a Pretty Daze: la pereza es psicodélica

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Eligió Kurt Vile para presentar este Wakin On a Pretty Daze un vídeo en la línea de los tiempos, pero aún así curioso: un plano fijo al salón de su casa, donde, junto a él, veíamos un piano, un montón de discos y a la que parecía ser su hija correteando por el medio. El propio Kurt ponía el tocadiscos y escuchábamos en sonido ambiente ‘Never Run Away’, la canción elegida como single y que en realidad no lo es tanto.

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Siendo un poco reduccionistas, en ese vídeo podemos encontrar todas las claves de su obra. Sorpresa, Kurt Vile es un tipo hogareño, apegado al calor y la cercanía de su familia: mujer y dos hijos, ya creciditos, con apenas 33 años. ¡Qué está pasando aquí! ¿Es relevante contarlo para empezar a entender Wakin On a Pretty Daze?

Pues yo diría que sí. Vile ha escrito un disco de rock adulto desde la experiencia, siendo todavía muy joven. Es algo novedoso en un mundo de eternos adolescentes por un lado, y de viejos prematuros (por puro aburridos) por otro.

Modorra

Siendo la repetición un recurso estético utilizado a menudo en el pop (desde la electrónica hasta la psicodelia), raras veces nos lo encontramos en un contexto de canción de autor. Kurt Vile ha cubierto él solo ese vacío, creando, quizá sin quererlo, uno de los trabajos más psicodélicos del año.

Escucho este disco y me acuerdo de esas siestas de julio, con la voz de Pedro González de fondo, narrando monocorde una etapa de primera semana del Tour, de despertarme sudado y aturdido. El castellano tiene la palabra perfecta: modorra. Hay aquí algo de eso, una duermevela pesada en la que Kurt Vile se maneja perfectamente, repitiendo los dos mismos acordes a lo largo de canciones que pueden irse hasta los 9 minutos, como esa maravilla que abre el álbum.

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No se puede decir que Kurt Vile haya virado el rumbo, pero, desde luego, en este trabajo ha perfeccionado el molde, y posiblemente su disco más denso e inaccesible sea el que le vaya a dar la fama definitiva. Wakin On a Pretty Daze os va a exigir una digestión lenta, y vais a tener que degustarlo con calma. Empezábamos hablando del single. En realidad hay otras tres o cuatro canciones más digeribles, como ‘KV Crimes’ y su riff a lo Bad Company que se solventa sin ninguna caspa gracias a esa voz arrastrada, entre Dylan, Lou Reed y Johnny Thunders. Por no hablar de ‘Pure Pain’, con preciosos cambios, y ‘Shame Chamber’, una de los estribillos más claros que le recuerdo a Vile, y que debe un poco al Elliott Smith de Figure 8.

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Hablaba antes de rock adulto, y de sólo pensar en la idea me han salido picores. Es verdad que juega ahí, al borde de ser demasiado serio, de sonar demasiado bien, de meter guitarras demasiado bien hechas y, lo peor, voces demasiado melódicas. Afortunadamente, Vile parece ser consciente de la línea roja que no hay que cruzar. Y si en algún momento uno piensa en los últimos Wilco rápidamente se disipa porque, ¡demonios, aquí hay un giro que parece el Revolution Blues de Neil Young!

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