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Mike Oldfield — Man on the Rocks

Disclamer: amigos fans de Mike Oldfield, lo que vais a leer a continuación puede que no sea de vuestro agrado, puede que os parezca una falta de respeto hacia uno de los músicos más importantes de los últimos cuarenta años. Yo mismo soy un ferviente seguidor del multiinstrumentista de Ommadawn, Amarok o Songs of the Distant Earth, pero también soy un agrio detractor de discos como Guitars, Tr3s Lunas o Light + Shade. Aquí, el respeto no es una cuestión del que escribe hacia el músico, sino del propio músico hacia lo que ha sido y lo que objetivamente debería poder dar. Creo queda claro quién ha traicionado a quién. Adelante.

Autor de varios de los discos, no sé si más importantes de la historia pero sí algunos de los más famosos, Mike Oldfield es un artista con una carrera con más tropiezos que aciertos, aunque hasta mediados de los noventa demostró contar con la inteligencia suficiente de dosificar el azúcar y el New Age que han acabado siendo la perdición de un artista con espíritu diabético. Amigo del difunto Kevin Ayers (snif), el de Reading ha forjado una carrera en la que Heaven’s Open fue un punto de inflexión, probablemente una estación fantasma tras la cual Oldfield perdió definitivamente el rumbo.

Dejado de lado de forma definitiva el Rock Progresivo o el experimental, Mike Oldfield apostaría en los años noventa por ahondar en los puntos más comerciales y reprochables de su carrera anterior. Folk celta hasta versionando a Luar na Lubre, Pop más pegajoso que un chicle recién masticado y New Age robado a Enya y su amigo Bono constituyen las bases de una etapa sonrojante para el no fanático, etapa a la que el multriinstrumentista ha demostrado estar empeñado en regresar una y otra vez.

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Si a colación de Earth Moving y con el paso de los años, Oldfield ha repetido en multitud de ocasiones que la coacción de la discográfica fue un factor definitorio en la composición del acto, en Man on the Rocks como ejercicio esta excusa aparece descartada de base. El inglés ha dejado claro que no estamos ante una obligación contractual sino ante una espiritual, ante una necesidad surgida por la vida contemplativa desarrollada en las Islas Bahamas, un paraje, todo sea dicho, idílico para el descanso pero, a priori, nefasto para la concepción de un disco de Rock.

Así es como el autor de Ommadawn (ay, que me da un soponcio solo de pensarlo) nos presenta un disco nudista, un ejercicio de desnudez desde un recién estrenado carácter sexagenario, un grito ahogado de juventud que queda en fuegos de artificio, que se disuelve tan rápido como dos peces de hielo en los versos de la archiconocida canción de Joaquín Sabina.

Para ello Oldfield recurre a todos los tópicos, a todas esas piedras en las que lleva tropezando tras parecer enderezar su carrera con The Songs of Distant Earth, y se muestra como un músico esencialmente inofensivo, con composiciones alejadas del riesgo que le caracterizó en los años 70 y 80 y con esos ingredientes que hacen imposible que muchos podamos escuchar del tirón un grandes éxitos como Elements.

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Ínfulas de epicidad en arrebatos celtas como el de ‘Moonshine’ o de Rock agresivo en la desternillante ‘Nuclear’ no son capaces de disolver la pesada atmósfera del Pop AOR que ninguno esperábamos (¿o sí?), y sobre el que destaca, de forma estridente, el solo de guitarra que pareció aprender en Guitars y que lleva tocando, de forma ininterrumpida, desde entonces.

Man on the Rocks es un álbum que entra en contradicción con el espíritu aparentemente juvenil y fresco que pretende transmitir, pues es un disco pueril e intrascendente, un disco tibio y olvidable que se sube al carro del Rock UPyD propuesto por las altas esperanzas de Bruce Springsteen. Quizás en el caso del de New Jersey este 2014 sea solo un leve traspiés, pero en el caso del de Reading, este año es la constatación de lo que muchos agoreros llevan tiempo anunciando. Mike, dedícate a los mojitos, que desde las Bahamas o desde Ibiza, musicalmente hablando, no puede salir nada bueno.

1/10

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