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The Rolling Stones — Exile On Main St. [Críticas a la Carta II]

Año 2014, The Rolling Stones anuncian la celebración de un concierto en España, en la capitalina Madrid para más señas, con entradas a desorbitados precios que van desde los 85 hasta los 225, un precio bastante alto y doloroso para los tiempos de crisis que nos toca vivir. Sin embargo, esta banda con más de cincuenta años a su espalda consigue agotar localidades sin despeinarse, aunque es algo que no debería sorprender a estas alturas.

No obstante, esta clase de noticias son las que suscitan que unos cuantos aprovechen para levantar dudas sobre si la banda realmente merece el privilegiado y casi divino estatus del que lleva gozando desde hace tantos años. Algunos llegando al extremo de calificar a los Rolling como una de las bandas más sobrevaloradas de la historia junto a The Beatles, algo que, sinceramente, veo totalmente desmesurado. Si muchos los ponen en sus quinielas para decidir la mejor banda de la historia junto con gente como Led Zeppelin o The Who era porque, al igual que estos, tenían la capacidad de fabricar de igual manera himnos incuestionables a la vez que discos imprescindibles.

En el caso de las satánicas majestades, el segmento en su discografía que comienza desde Beggars Banquet y finaliza con Exile On Man St. es la cumbre de su carrera y una de las mejores cosas que le ha pasado a la música en general. Y así debéis de verlo muchos de nuestros lectores ya que la habéis elegido este último para que fuera la segunda entrega de nuestra sección de Críticas a la Carta (sabemos que la queríais en otra circunstancia, pero no ha sido posible). Difícil papeleta la que me toca dada la magnitud del disco que nos ocupa y el hecho de que ya se ha dicho todo lo que se podía decir sobre los Rolling, pero quién dijo miedo.

The Rolling Stones, en la cumbre y marchando al exilio

Nacidos como una banda con mucho amor por el sonido Blues americano y también por el Rock que poco a poco estaba expandiéndose cual epidemia por la sociedad británica que les vio nacer, pronto empezaron a llamar la atención junto con otros greñudos anteriormente mencionados, The Beatles. Andrew Loog Oldham, publicista de estos últimos, los fichó al ver en ellos potencial para ser otra gallina de huevos de oro en ventas como los cuatro de Liverpool y se esforzó por vender ambas bandas como las dos caras del Rock and Roll británico. Por un lado, los angelicales y trajeados de Liverpool capaces de hacer gritar a quinceañeras histéricas en un radio de 5 kilómetros con facilidad. En el otro extremo estarían los londinenses, que serían los desaliñados, los sucios, los gamberros, las satánicas majestades.

La dirección de Oldham influyó también en su música durante sus primeros trabajos, siendo menos orientada a sus raíces musicales y más al Rock y el Pop imperante de entonces, con coqueteos psicodélicos incluidos (Their Satanic Majesties Request fue la mayor muestra de ello). No obstante, con Beggars Banquet comenzó un cambio de tendencia en el que la banda fue reencontrándose con las influencias norteamericanas de su música. Casualmente coincidió con su momento más álgido en cuanto a aceptación por parte de público y crítica. Lo más natural para ellos fue seguir progresando en esta línea mientras se iban deshaciendo de algunos lastres de su última etapa, y no precisamente creativos.

Excesivos como nunca, brillantes como de costumbre

https://www.youtube.com/watch?v=LGLNft5Cdqs

Let It Bleed fue su último trabajo de estudio con su sello Decca Records, que les estuvo lanzando sus primeros lanzamientos, y también de su manager Allen Klein, que no desaprovechó la oportunidad y se hizo con los derechos de su obra de los sesenta. Una vez liberados de los corsés que los limitaban, los Rolling se lanzaron a la piscina y fundaron su propio sello afiliado a Virgin Records con la intención de que nadie más chupara de su bote. Su primer resultado fue más que satisfactorio, Sticky Fingers, tanto en ventas como en crítica, pero la ambición del grupo les llevaría a redoblar la apuesta (en más de un aspecto).

Cansados de no ver un duro por su ex-manager Allen Klein y por el fisco británico, el grupo se lo montó por su cuenta con su propio sello y mudándose a Francia

El asfixiante sistema fiscal británico le quitaba demasiados ingresos a los londinenses, por lo que cogieron las maletas y se mudaron temporalmente a Francia y, una vez allí, aprovecharon su estancia para trabajar en su próximo trabajo discográfico. Para ello montaron un estudio improvisado en el sótano de Villa Nellcôte, una residencia alquilada por Keith Richards en la que vivía con su esposa Anita Pallenberg. Otra anécdota curiosa durante la estancia del grupo en el país francés fue cuando varios miembros y amigos suyos alquilaban una lancha con la que recorrían la costa mediterránea hasta llegar a Italia en una ruta que llegaron a denominar la calle principal o “Main Street”. Esa curiosidad unida a la condición de “exiliados” que vivieron los Stones al estar lejos de su país fueron las que hicieron que el disco terminara llamándose Exile On Main St.

Las sesiones de grabación en la mansión de Richards fueron un auténtico caos. Para empezar, la instalación eléctrica era insuficiente para los equipos empleados en la grabación, por lo que tuvieron que hacer un empalme en el cableado con el de unas vías de tren colindantes. En aquella mansión se llegaba a aglomerar una gran cantidad de gente, desde personal de grabación que se quedaba también de huéspedes, hasta diversos amigos y algún que otro traficante de drogas. Las jornadas eran intensas y largas debidos a continuos parones o ausencias de miembros, como era el caso del propio Richards y su altísima adicción a las drogas que le impedían estar cien por cien concentrado o era el caso de un Mick Jagger que se ausentaba siempre que podía para marcharse a su casa de Saint-Tropez con su recién estrenada esposa embarazada, Bianca Jagger. También era el caso de el bajista Bill Wyman, que no le gustaba el ambiente imperante en aquella casa, por lo que faltó a muchas sesiones (sólo figura en ocho de los temas del disco).

Las sesiones de grabación eran un puro caos por las adicciones de Richards y las fugas de Jagger y Wyman

La situación era tan insostenible y caótica que eso terminó trasladándose al sonido del disco, algo que terminaron señalando muchos críticos musicales de la época y que emplearon para atacar un disco que tardó mucho en alcanzar el estatus que tiene ahora de ser una de las mejores obras de Rock de todos los tiempos. Entre sus pocos defensores estuvo Robert Christgau, que supo ver las cualidades que harían de este una de las obras cumbres de la historia de la música (incluso llegó a denominarlo como un grower antes incluso de que se acuñara ese término).

Siempre me complace cualquiera de las cuatro caras, aunque tuve que escucharlo veinticinco veces para comenzar a comprender de lo que los Stones eran capaces, y aún no he terminado la tarea.

La fría recepción de sus comienzos terminó revertiéndose hasta llegar a colocarse como la obra maestra del grupo y del género, colándose en altas posiciones de muchas listas de los mejores discos de todos los tiempos. Conseguir tales halagos ya es algo que admirar con creces, pero conseguirlo con un álbum doble de más de una hora (aunque ahora muchos discos sencillos duran lo mismo, entonces era impensable) con muchas canciones que eran descartes de otros discos anteriores lo es aún más. Pero claro, en ese punto The Rolling Stones estaban en efervescencia creativa y se notaba.

El grupo profundizó más en las raíces norteamericanas de su música como en sus orígenes: Blues, Rock and Roll, Country, RnB y Gospel

La mayor característica de Exile On Main St. con respecto a otros lanzamientos previos de los Stones es la mayor profundización en el sonido norteamericano que les marcó en sus primeros pasos, metiéndose de lleno en géneros como el Blues, el RnB, el Country, el Rockabilly, el Jazz o incluso el Gospel (la conmovedora ‘Shine A Light’ es el mejor ejemplo de este último), sonando todo fresco, brillante y directo a las entrañas, demostrando también que a los Rolling Stones siempre se les dio mejor ser negros que ser británicos.

Lo que en su momento muchos denominaron como un sonido desorganizado, anárquico y sucio era precisamente lo que otorga a Exile On Main St. un aspecto tan fresco, fluido y natural, haciendo ligero un cancionero de dieciocho cortes con más de una hora de duración. Y esa es la clave, ya que desde la primera canción hasta la última todas se van sucediendo con espontaneidad y elocuencia, haciendo que el disco llegue hasta sonarnos corto. A eso hay que sumarle el buen nivel mostrado tanto por Jagger en el micro como por Keith Richards y Mick Taylor en las guitarras, que son la base del sonido de los Stones. La inclusión de esos coros y los instrumentos como la trompeta, el saxofón o el trombón suponen un plus importante, además de las colaboraciones de leyendas como el difunto Billy Preston o el aún peleón Dr. John.

Y una de las cosas que más favorecen a que este sea un álbum fabuloso es su cancionero brillante y sin casi fisuras, en la que cada tema supone una sacudida de energía en nuestro cuerpo. Y eso que muchas de las canciones empleadas eran descartes de otros discos, guardadas para evitar que su anterior manager se forrara aún más con ellas. Claro, uno oye temas como ‘Shine A Light’ o ‘Sweet Virginia’ y lo menos que se piensa uno es que sean descartes.

De este disco se extrajeron dos singles, ‘Tumbling Dice’ y ‘Happy’, con buena venta de ambos, aunque no diría que ambos son de lo mejor del largo, al menos el primero, porque la segunda desprende mucha calidad tanto en su riff como en ese estribillo. No me malinterpretéis, ambos temas son bastante buenos, pero yo prefiero quedarme con la acelerada locura de ‘Rip This Joint’, la conmovedora balada country de ‘Torn And Frayed’, el macarrismo sucio que desprende ‘Ventilator Blues’ o el endiablado Rock and Roll de ‘Shake Your Hips’ (versionada de Slim Harpo).

No obstante, en mi top personal, no ya sólo del disco sino de la banda en general, coloco tanto a ‘All Down The Line’ como a ‘Rocks Off’, ambos siendo una increíble dosis de vitalidad y de explosividad que me consiguen levantar el ánimo en cualquier situación gracias a sus respectivos riffs de guitarras y su buen aprovechamiento de los instrumentos de acompañamiento. Ambas son representativas de la caótica diversión de este disco y de como los Rolling Stones son una de las mejores bandas habidas y por haber por hacer himnos como estos que, directamente, son la vida.

9.8/10

La que seguramente sea la última obra maestra de The Rolling Stones cuenta con todo lo que hace grande a una banda como esta. Exile On Main St. es excesivo, vibrante, energético, natural y espectacular en todos sus aspectos. Más apoyado que nunca en sonidos norteamericanos como el Blues, el Rock and Roll, el Country o el Gospel, la banda sacó una increíble y sobresaliente colección de canciones en la que cualquiera te puede servir como acompañante para el resto de tu vida. Nunca viene mal recurrir a estas dieciocho canciones tan brillantes que hacen que el disco se pase volando.

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