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Glassjaw — Everything You Ever Wanted to Know About Silence (2000): el llanto de un corazón adolescente

So you can suck on the end of his dick that cums lead

Corría el mes de mayo del año 2000 y ya había descubierto que la vida no iba a ser un camino de rosas. Arrogante e impetuoso, acabé aprendiendo las lecciones más importantes a base de bofetadas, ya fuesen literales o figuradas. Supongo mi historia no difiere demasiado de la de cualquier muchacho estrenando la edad adulta en aquellos años, pero el mal de muchos no era consuelo para este humilde inconsciente.

Como supongo le sucedía a todos, la vida hasta ese momento no dejaba de ser otra cosa que una concatenación de fracasos ante la cual los éxitos no superaban el rango de anécdota. Era imposible saber cuándo sentirse victorioso, comprender cuándo el asunto ya no podía torcerse. Era falta de intuición, de experiencia y, sobre todo, era el resultado de tomar decisiones aconsejado por el torrente de hormonas que aumentaba el flujo sanguíneo en determinadas partes y nublaba el pensamiento en otras. Era la historia de todos, pero aún no había comprendido que sentirse especial, sentirse único, era una estupidez heredada por la sobreprotección paterna.

Ahí afuera, por mucho que me empeñase en parecer un lobo, no era más que un cordero perdido en el bosque. Era fundamental no desprender el olor a presa que todos hemos desprendido en algún momento al abandonar el nido, y con el campo repleto de depredadores era imposible no acabar haciéndoselo en los pantalones. Depredadores o depredadoras, claro, porque la vida era un juego en el que el débil no era el más lánguido físicamente, sino aquel que asumía excesivos riesgos y acababa mostrando al resto sus miserias emocionales.

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Había dos posibles respuestas al momento en el que el nudo en el estómago llevaba a la arcada que precede al llanto, al momento en el que se alcanzaba la consciencia de que el fracaso era una realidad y salir por piernas para no acabar trasquilado la única opción. La primera era el deprimente ejercicio de agachar la cabeza y aceptar la derrota a la espera de una siguiente oportunidad, evidentemente con una nueva presa. La segunda era esconder el dolor bajo un escudo de fortaleza fingida y la rabia del que no comprende el por qué del fracaso ni que el mismo es fundamental en el aprendizaje en la batalla emocional. Ensayo-Error lo llamaban y lo fundamental era que el error no hiriese tanto como para rehuir el siguiente ensayo. Sin embargo, esa era tarea complicada, dolía mucho más un no o un engaño que el más duro de los puñetazos.

Tantos eran los golpes, tantos eran los ‘noes’, que la moral del (que se creía) macho alfa acababa desmoronándose. Evidentemente el tiempo ha acabado dictando que no había motivos para magnificar el drama, pero aquellos años los días pasaban demasiado deprisa como para coger al vuelo determinadas enseñanzas. Había ocasiones en las que el golpe no lo propinaba el ‘no’ sino una simple presencia, el encontrar frente a mí a aquella depredadora capaz de desvelar mis miserias, capaz de difundir los complejos de mi desnudez emocional. A pesar de que era un riesgo a asumir, el dolor era igual de agudo, la autoestima se tambaleaba como lo hace un borracho cuando la sombra del coma planea sobre su cabeza.

Ríos de lágrimas guardadas en la intimidad y ríos de alcohol en las que enjuagarlas eran una combinación nociva pero recurrente, como si la convención social lo fuese más por una necesidad física que emocional. Mañanas de domingo con todo el mundo dando vueltas y rodeado del hedor del fracaso daban paso al café de la reparación o de la rabia, del ‘yo no quise decir eso’ o del ‘esta put* ha jugado conmigo’. En ocasiones alguien se dignaba a escuchar lo que tenía que decir, a aguantar el chaparrón del desahogo y asentir como asiente el que le da la razón al demente. En otras, Daryl Palumbo y Justin Deck ponían voz y banda sonora a un fracaso que se repetía en mi mente y que acababa convirtiendo la impotencia en rabia y odio, como constatación de que de un lado al otro del espejo hay solo un paso.

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Tantos malos tragos, nunca mejor dicho, y tardes de encierro con Glassjaw como única compañía, acabaron curtiéndome y ayudándome a comprender que el fracaso no era un castigo, era el peaje necesario que, una vez pagado, acabaría haciéndome inmune al temor al fracaso, al daño producido por el no. Evidentemente aprendí a seleccionar mucho mejor mis movimientos y a ver que había charcos donde era mejor no meterse. El espíritu seguía siendo adolescente, pero la madurez comenzaba a abrirse paso.

Pasados 14 años de la primera vez que escuché Everything You Ever Wanted to Know About Silence soy una persona muy distinta, he aprendido que un solo éxito puede compensar toda una lista de fracasos. Golpes ha habido durante todos estos años, pero la válvula de escape y el entorno de comprensión que ha significado del debut de Glassjaw todo este tiempo los ha hecho mucho más llevaderos. Evidentemente la inconsciente misoginia a la que cantaba Daryl Palumbo en el año 2000 ha acabado echada a un lado, pero la rabia y el odio que llevaba al de New York a casi vomitar sus vísceras mientras se desgarraba emocionalmente han acabado siendo una compañía mucho más placentera de lo que parece a simple oído.

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Mucho tiempo después comprendería el valor musical que este álbum tuvo, abriendo paso a un sin fin de bandas que generarían una escena por la que no tengo la menor estima. Glassjaw no tenían nada que ver con Finch o The Used, eran adolescentes y su música fuera de su ecosistema temporal acaba perdiendo valor, pero eran mucho más auténticos, tanto que no tuvieron el menor reparo de nacer de la mano del padrino del numetal con la intención de erradicarlo, de acabar desde dentro con un mundo que les ayudó a nacer.

8.8/10

No hablar de géneros, entidades sonoras o tecnicismos es una elección voluntaria pues con Everything You Ever Wanted to Know About Silence lo emocional prima ante lo estadístico. No es un disco perfecto ni es un disco para todo el mundo ni para todo momento. Es un disco honesto y que no se guarda nada, exactamente como hizo Daryl Palumbo al pulir sus letras. Es totalmente comprensible, es más fácil conectar emocionalmente con el debut de Glassjaw que hacerlo con lo que significa musicalmente. Y es que no todos tenemos por qué disfrutar con una catarsis interior que traslada a nuestros oídos el dolor de un corazón herido.

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