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Slowdive: el shoegaze con traje de gala

Veinte años después


A muchos nos pasa que, pese a ir teniendo ya unos años, llegamos a las cosas cuando ya es tarde. Bueno, más que tarde, cuando ya se han extinguido. No es que frustre gran cosa. No es acudir con una manguera a intentar sofocar un incendio que ya ha reducido tu casa a cenizas. Pero algo de chasco siempre queda. A nivel musical, ocurre habitualmente que empiezas a hacerte fan de grupos que, en realidad, son segundas o terceras ramificaciones de un tronco original. En el apartado del panorama español, los ejemplos serían casi inabarcables, pero un buen ejemplo (cuando menos para aquellos que compartáis aproximadamente mi fecha de nacimiento) podrían ser esas tardes de postadolescencia que pasásteis flipando con los primeros discos de Chucho o Mercromina, sin ser apenas conscientes de que hubo un día en el que todo aquello había sido Surfin’ Bichos. En mi caso, que puede que no sea representativo, pero como soy quien escribo, os jodéis y aguantáis, algo similar ocurrió con Slowdive.

Y es que andaba yo, de la mano del colega, y del hermano mayor del mismo, que era el que nos iba dando algún consejo musical, bastante flipado a finales de los ’90 con los primeros discos de Mojave 3. En particular, con lo bien que iba preparando todo Neil Halstead. Con cómo iba construyendo sus composiciones de forma trabajada, casi tortuosa, como quien recurre a un orfebre o el que se dedica a moldear vidrio. De su mano estaba Rachel Goswell, de imagen poderosa, ideal para convertirse en un amor platónico de cualquier tío con tendencia a mitificarlo todo a sus dieciséis años. Han pasado muchos años por ella. Tantos como por nosotros, que después de disfrutar de Mojave 3, empezamos a enterarnos de quiénes habían sido Slowdive.

Just For a Day iniciando el camino a la gloria

A lo mejor de la mano del conocimiento de My Bloody Valentine, de lo que habían supuesto para los que tenían unas cuantas primaveras más que tú. De lo que significó aquella ebullición del shoegazing, a finales de los ’80 y principios de los ’90. De las cazadoras vaqueras, los peinados tipo beatle y la estética de desdén, de derrota precoz, de victimismo e introversión impostada. Y, sobre todo, de magníficos díscos. En el caso de Slowdive, apenas tres entregas para pasar a la historia (no os hablaremos aquí de sus Ep’s, porque la cosa sería eterna), algo así como lo que pasó, con una etiqueta bien distinta, a los también recién recuperados Mazzy Star. Es más, sus hermanos mayores en esto de tocar las guitarras mientras nos miramos los pies, My Bloody Valentine, sólo necesitaron un par para alcanzar la leyenda. Al final, la pegada, la calidad, siempre supera a la cantidad. Just For a Day, con su ‘Spanish Air’ rebosando épica, intensidad, vigor y emoción, marcaba el inicio de un camino que, recién empezado, invitaba a un optimismo casi desmedido.

Aquel debut fue (es) absolutamente avasallador. La calma de ‘Celia’s Dream’, precediendo a temas tan grandiosos y ya míticos como ‘Catch the Breeze’ o un ‘Ballad of Sister Sue’ que te dejan sin aliento, que te destrozan. El impacto de cuatro temas, de tan sólo cuatro piezas, consiguiendo hacernos jurar amor eterno a Slowdive. A la inmensidad sonora que consiguen crear con las herramientas justas y necesarias, a lo abrumado que te puede dejar ‘Waves’. En silencio, sin respuesta a la majestuosidad, como viviendo un Síndrome de Stendhal que no se acaba en los tres cuartos de hora de Just For a Day, y en el que quieres sumirte sin salida posible mientras la voz de Rachel guía tu camino en ‘Brighter’. Un ejercicio de inspiración, de esos que hace pensar que sólo pueden aparecer una vez a lo largo de la vida artística de una banda. Claro que no es el caso, si hablamos de Slowdive.

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Slowdive dando lecciones para la posteridad

‘Alison’, más enérgica, más rock, si se quiere, disipó las dudas de los cenizos que apostaban por una carrera de Slowdive que se redujese a un momento único. Souvlaki apareció un par de años después de Just for a Day, saliendo a ganar desde el primer minuto. Apostando por una mayor longitud (una hora de duración), pero por la misma pasión como eje conductor. De nuevo con un comienzo arrasador, con caricias al estilo ‘Machine Gun’ y directos al hígado de la mano de ’40 Days’. Sin embargo Souvlaki va más allá. Explora terrenos que antes no se habían tocado (tampoco es difícil, pocos precedentes había), y su escucha se hace más exigente que Just For a Day. Esos seis minutos de ‘Souvlaki Space Station’, esa esencia arrastrada que da la mano a ‘When the Sun Hits’, en uno de los momentos más álgidos de la discografía de Slowdive, con ese cambio de sentido rompiendo el tema en pedazos. Padres, sin saberlo todavía, de muchos de los que después vinieron, desde los propios Mazzy Star a Beach House. Y padres sin miedo a adentrarse en terrenos más arduos, experimentales, en los últimos temas, eminentemente instrumentales, de Souvlaki. Una auténtica obra maestra.

En 1995 se selló la muerte de la banda. Pocos fallecimientos hay que no lo sean, pero es difícil imaginarse demasiados que fuesen más tristes. En aquella época no tanto, pues como digo en mi círculo nadie los vivió en su momento, pero cuando uno los descubre, descubre que todo acabó con Pygmalion, de la mano de uno de mis temas favoritos de Slowdive, ‘Rutti’, con diez minutos de enervación infinita. Fundidos en sinuosas curvas sonoras, en ecos interminables con ‘Crazy for You’, puliendo un sonido poco trabajado hasta entonces. Dotándolo de una elegancia sin precedentes estilísticos similares. El shoegaze poniéndose el traje de gala. De hecho, algo más que shoegaze, un álbum de esos que llamas conceptuales (miedo me da), de escucha no precisamente simple, y que dejaría a muchos no iniciados rendidos a medio minutaje. Menos fragancia pop, o, mejor dicho, más tardía. Al contrario que Souvlaki, en Pygmalion las voces aparecen casi al final, en ese trío de ases incontestable que es ‘J’s Heaven’, ‘Blue Skied an’ Clear’ y ‘All of Us’, que levantan unas dudas que pudieron aparecer previamente, para dar carpetazo a una carrera efímera pero privilegiada como pocas. El viernes viernes 30, y en pleno solape con Sharon Van Etten (joder, qué dolor), se podrá ver el estado de forma de sus directos, veinte años después.

https://www.youtube.com/embed/PkCST-9iGGs

Especial Primavera Sound 2014

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