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Super 8, de Los Planetas, cumple 20 años. Yo también

Dicen que en la vida de toda persona llega un momento en el que algo hace click y te cambia la vida. Pues bien, niños, va siendo hora de que sepáis que eso no ocurre en todo el mundo. Muchos de nosotros, de la especie humana, deambulamos por la vida de forma agradablemente monocorde. Cuando eres un postadolescente crees que eso de tener una vida aburrida es una mierda, sueñas con hacer algo lo suficientemente grande como para que tu nombre aparezca dentro de dos siglos en la Enciclopedia Larousse (que era un libro de varios tomos que nos compraron a muchos nuestros padres, ya que un vendedor les había prometido que así seríamos auténticos lumbreras y sacaríamos la EGB con matrícula de honor — otro día entramos en lo que fue la EGB-). A medida que te haces mayor, o viejo, como prefiráis, dejas de infravalorar lo feliz que puede ser uno con una vida monótona y poco sustancial, en la que nunca había llegado un momento en el que nada hizo click. Si acaso la primera vez que creíste enamorarte, o que conseguiste alcanzar un orgasmo a solas.

Al resto de la gente, a la perennemente infeliz, hay algo que le empieza a inquietar en algún momento. Que, aunque en ese momento obviamente no sea consciente de ello, le cambia la vida con un libro, una película o un disco. Puede ser un tipo de amor variable, en función de la persona y el ente de fetiche. Pero yo, niños, no conozco a casi nadie que se rindiese de amor en un segundo ante Los Planetas. Yo, desde luego, no lo hice. Me adueñé de cada uno de los tópicos que por entonces se empezaban a escuchar de los granadinos: que si al tío éste no se le entiende cuando canta, que todo es un poco ruidoso e inconexo y todo aquello que vosotros no podéis recordar. Si tuviese que hablar de un click personal, sería seguramente el ‘Wonderwall’ de Oasis. Sí, algo tan poco glamouroso como aquello, pero es que yo no tenía un hermano mayor que me pasase cintas de Radio Futura o de los U2 que molaban, y mis tíos me daban muy poco la chapa, porque me veían suficientemente contento con Sergio Dalma o cuando la orquesta tocaba una de La Década Prodigiosa.

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Pero al final los flechazos están sobrevalorados. Los Planetas tenían un poder de absorción perverso. Como cuando no puedes dejar de mirar un televisor que está emitiendo unas espeluznantes imágenes de un atentado. No te gusta lo que ves, pero no le quitas el ojo. J seguía con su voz nasal, sin entender una palabra de lo que quería decir, pero algo empezaba a hacer click en tu cerebro. Algo empezaba a cambiarte realmente la vida. Había llegado Super 8 a ella, habían nacido Los Planetas. Y yo también.

Porque ahora, veinte años después, sabemos que siguen un poco por inercia. Que sus destellos de talento han pasado a ser eso, destellos, no una luz continua y fulgurante. Ahora abrazas sus momentos en directo por nostalgia, empiezas a ser como tu abuelo emigrado que se emocionaba con canciones que recordaban a su tierra, o como tu madre diciendo que Las Grecas le recordaban mucho a cuando era niña, y de ahí su mirada perdida cuando aparecen en la tele. Pero entonces te cambiaron la vida, y en ese momento acabas jurando amor eterno a ese tipo al que se le iba el acento andaluz cuando cantaba (la época flamenca ni se adivinaba) con pinta de Draculín, o al otro, que tocaba en gafas de sol incluso en los garitos más oscuros, y al que rodeaba una leyenda en torno a drogadicciones que, por entonces, no hacía más que crecer tu interés.

Musicalmente, Super 8 es un disco imperfecto, pero seguramente el segundo mejor disco de Los Planetas, aunque sólo sea por el rollo emotivo. La técnica uno la manda a tomar por saco cuando lo de tocar las tripas lo tienes dominado. Porque al final esto de la música es eso, que el que está tocando emocione, remueva al que está escuchando. Que las distorsiones que abren ‘De viaje’ dejen claro que, para muchos de nosotros, Los Planetas nos van a adentrar en un mundo del que no podremos salir nunca más. Y ése es otro de los méritos de los de Granada. Que Los Planetas no sólo hicieron que nos gustasen ellos, sino que de la mano, nos mostraron (hasta en sus plagios) la existencia de cientos de bandas de las que no hubiésemos escuchado hablar nunca si nuestra vida no tuviese un click. Dejar a un lado las canciones de temática inocente y amorosa, y entender que en el desdén de temas como ‘Si está bien’, con sus escasas frases llenas de desengaño, tenían un atractivo contra el que era imposible luchar. Esas ganas de gritar a tus quince años que la vida es una mierda. Aunque en realidad no lo sea, porque es lo que toca, porque Kurt Cobain tuvo que suicidarse porque era una salida mucho más digna que vivir aquí.

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El tío de la voz nasal, una vez lo entiendes, te cuenta que

me dice ven,
¿quieres hacerlo con mi amiga?
no está nada mal.
Vamos a hacerlo con mi amiga,
tiene quince años ya.

y a tí te da la risa malévola. Porque tú tienes quince años de verdad. Hay algo ligeramente reprobable, porque J ya está algo mayor que tú, suena algo perverso, independientemente de las vueltas que uno pueda (y deba) darle siempre a las letras del granadino. Seguramente sea una canción que no podría publicarse en 2014. Pero tú, a tus quince, tienes a un colega que tiene esa amiga a la que te tirarías de saber siquiera por dónde empezar. Se creó una comunión entre lo que Los Planetas necesitaban plantear en ese inicio de su carrera, y lo que buena parte de mi quinta quería escuchar en ese inicio de su edad adulta. Al final quizás todo se deba a la vieja excusa de que estaban donde tú necesitabas que estuvieran cuando tú necesitabas que estuviesen.

Seguramente es en el final de ‘Estos últimos días’ en el que empiezas a ver que ésta gente tiene algo especial, incluso sin el vigor de un Erik que tardaría un par de discos en unirse a la banda, y hacer su sonido, por fin, más enérgico y profesionalizado. La entrada magistral del bajo de May Oliver, tocando de espaldas al mundo, y de las percusiones de Paco Rodríguez, la psicodelia y los cambios de sentido. Esa guitarra haciendo incisión entre tu tejido cardíaco, pasados los tres minutos, para secuestrarte para siempre. Para que entregues tus armas preparadas de antemano y sepas que tu vida, después de Los Planetas, no volverá a ser igual. Para que ‘Rey Sombra’ extienda la misma hasta más de una década después, en la que ya todos tus conocidos saben de la existencia de Los Planetas (y muchos de ellos los odian), y tú te preguntas si ahora ellos pueden ofrecer algo que aún no hayas probado.

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Y el grado máximo de fliparlo, ese día en el que naciste, fue que alguien se atreviese a soltar una canción de más de nueve minutos. Repito que ellos no fueron los primeros en hacerlo, obviamente, pero sí para mí, que al fin y al cabo es el motivo de que yo los quiera tanto. Que sean tan crípticos con las letras de ‘La caja del diablo’ y que en torno a ellos, con tus colegas, empieces a contar leyendas urbanas, que, aún veinte años después, ignoras si algún día fueron ciertas. Como esa en la que Los Planetas fueron a la tele y le acortaron el tiempo disponible para tocar, así que decidieron largarse veinte minutos exclusivamente con el último corte de Super 8. Seguramente haya sido mentira, pero ya queríamos darles un carácter legendario. Porque aunque ellos hubiesen nacido un año antes, aunque más leyendas urbanas en torno al significado real de ‘Mi hermana pequeña’ llegasen a posteriori, incluso aunque, en realidad, tú no hubieses sabido nada de Super 8 hasta año y pico después de su lanzamiento, para muchos Los Planetas ya eran leyenda.

Discografía de Los Planetas

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