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Taylor Swift — 1989

En España tenemos a nuestros Camela o a El Barrio y similares; la muchachada, en lugar de ir directamente a la rumba o el flamenco de calidad, prefiere sucedáneos que acerquen estilos tan castizos y cañís al pop; que se los den masticaditos y los hagan un poco más amables y digeribles.

En Estados Unidos, con el country siempre ha pasado un poco lo mismo. No se puede decir que sea un estilo para minorías, pero los adolescentes siempre han preferido a “estrellitas” más que estrellas. Gente más cercana al pop, tanto por estética como por sonido, y, casi siempre solistas femeninas. De ahí el éxito de artistas como Shania Twain, LeAnn Rimes, Michelle Branch o en menor medida Miley Cyrus, e incluso de bandas como Lady Antebellum.

Pero si algo tienen todas estas artistas en común es que, con el paso del tiempo y la llegada del éxito, han ido evolucionando hacia un pop sin complejos, quitándose de encima cualquier atisbo de country que pudiera haber quedado.

Taylor Swift, más que no ser una excepción, es el paradigma actual de este tipo de cantantes. Empezó como una cantante made in Nashville para ir creciendo y creciendo, hasta convertirse en el monstruo cosmopolita que es hoy día, y, con las cuentas millonarias, es hora de quitarse el sombrero y las botas de cowboy y de ponerse los pantalones ajustados twerking-ready y otras tantas prendas más dignas de Katy Perry o Niki Minaj que de la recatada niña buena que había sido hasta ahora.

Lo avisaba Red, y 1989 lo confirma: el country light ya puede haberse despedido de Swift, porque ya no le va a ver más el rubio pelo.

Taylor Swift: dónde fueres, haz lo que vieres

Este nuevo disco de la cantante y compositora, titulado así por su año de nacimiento, es la confirmación de lo que, para unos serían temores y para otros esperanzas. Es el telón que se abre y deja ver a una artista que ha dejado a un lado su cuidada personalidad, que deja de querer ser diferente, para comenzar a sonar como todas, y a parecerse a todas. La música que Taylor Swift muestra al mundo en 1989 bien podría haber salido de los discos de versión más cándida de Avril Lavigne, o de los de su archienemiga Katy Perry.

Porque, si una de las virtudes de las que siempre ha podido presumir Swift era la de que ella hacía y deshacía casi todo en su música, para su quinto disco se ha rebajado a lo que hace el resto de estrellas del pop, y aquí ha metido mano todo un ejercito de productores y otra fauna de la industria, como el omnipresente Greg Kurstin, así que, si hay momentos en los que al escuchar alguno de los temas de 1989 pensáis estar oyendo (salvando las distancias, claro) a Ellie Goulding, Lily Allen o Kylie Minogue, ya sabéis a qué se debe.

1989 se convierte así en un producto en serie más, en el que los hits, pulidos hasta el más mínimo detalle, son la tónica general. Casi cualquiera de los 13 temas de su listado (19 para la edición deluxe) podría ser single, aunque no todos tengan el mismo gancho o fuerza.

Pero lo más curioso de todo esto es como Swift consigue quedar por encima de sus “congéneres”, manteniendo el tipo incluso cuando baja a su terreno. No se puede decir que las canciones de 1989 conserven un ápice de originalidad, pero si pueden mirar por encima del hombro a la mayoría de las de otras cantantes del panorama pop actual.

1989: más de lo mismo… que hacen las demás

Las que dan un mayor protagonismo a la electrónica, en lugar de tirar por la vía fácil, se acercan más al estilo nórdico, que al pop que practican el resto de cantantes del star system mainstream, sobre todo sus compatriotas norteamericanas.

Las letras en 1989 siguen siendo todo lo inteligentes que siempre han sido en la música de la Swift, aunque con este giro hacia el pop más edulcorado (ya, con ella nunca es que hayamos podido hablar de tragos amargos precisamente) pasan mucho más desapercibidas, dejándonos el mismo saber que cualquier canción de Katy Perry, por poner…

Pero, que algunas de las letras en este nuevo trabajo de la americana superen con mucho la media de las del mainstream, no quiere decir que no haya sonrojantes momentos, como el que da la bienvenida al oyente. ‘Welcome To New York’ es sin ir más lejos, el homenaje a la Gran Manzana más ñoño que hemos oído en mucho tiempo, y además se repite más que el ajo.

El lado Avril Lavigne salta al llegar al segundo corte, cuyo ‘Don’t Tell Me’ parece más presente que nunca en ‘Blank Space’, y, aunque el listón sube bastante en ‘Style’, con ciertas reminiscencias al sonido M83, sobre todo en las bases, aunque también en los coros, vuelve a asaltarnos la duda sobre la “inteligencia” de las letras, con ese we’ll never go out of style.

Los ritmos de ‘Out Of The Woods’, una de las conocidas antes del lanzamiento del disco, también dejan ese regusto a M83, aunque es su repetido coro lo que llama más la atención en uno de los temas álgidos del tracklist.

Por supuesto, las temáticas de sus letras siguen siendo las mismas, el amor y el desamor; el “te quiero” y el “ahí te quedas”, vistas desde la perspectiva de una chica que ahora cuenta con 24 años: no pidamos la profundidad de un Neil Young o un Bob Dylan. ‘Out Of The Woods’ es precisamente un buen ejemplo, aunque el disco está lleno de ellos, como ‘All You Had To Do Is Stay’ o ‘I Wish You Would’, que bien podría ser obra de las últimas Tegan & Sara.

La excepción más honrosa es precisamente el hit por excelencia del disco, ‘Shake It Off’, una canción que habla de haters y de sacudírselos de la cabeza. De eso ella debe saber bastante. En esta ocasión, Swift da con la receta del éxito una vez más con una canción que es puro chicle, en todos los sentidos, por formuláica y por pegajosa. Puro guilty pleasure hasta para el más pintado de los modernos.

Arriesgada es ‘Bad Blood’, dentro de unos límites, claro; casi una versión chillona de Lorde mezclada con la Avril Lavigne más gamberra. Poco se puede buscar de Lana Del Rey en este disco, aún estando por medio Greg Kurstin, pero si hay un par de cortes en los que haya algo de las frías atmósferas de la de Los Angeles, esos son los más pausados ‘Wildest Dreams’ y ‘This Love’.

Y uno de los mayores éxitos de la Swift no podía quedarse sin réplica en este nuevo álbum. Quitemos los aires country a ‘Love Story’, subámosle un pelín el ritmo y repitamos la historia de amor en lo que nos cuenta la canción y ahí tenemos ‘That’s How You Get The Girl’, que seguramente será single a no mucho tardar.

La versión dramática de ‘Shake It Off’ se queda para casi cerrar el disco en ‘I Know Places’, mientras ‘Clean’ es el cierre más inocuo que podíamos esperar de Swift. Poco memorable es poco decir.

5.1/10

Por resumir, la inmersión a pulmón de Taylor Swift en el “pop más pop” es poco más que predecible. Es seguir el camino que marcan sus congéneres, esas que tanta guerra le han dado. Es sólo sustituir violines por electrónica y el resultado es ir un paso más allá que donde se quedaron las cosas con Red.

Está claro que 1989 no viene a revolucionar el estado actual del pop, aunque Taylor Swift se maneja en ese ambiente con algo más de buen gusto que sus compañeras de profesión. Pero tener buen gusto no es suficiente, y más cuando lo que estabas haciendo era un poco más “original” que lo que hacían las demás. Es caer en un error que, eso si, se dejará por el camino a algunos de sus fans más “puristas”, pero le abrirá las puertas a algún que otro milloncejo más de adolescentes, sobre todo americanos. Mientras, el resto de los mortales, ya tenemos un nuevo disco que ponernos el sábado por la mañana, para limpiar la casa.

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