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El chicle de Mark Lanegan

Mark Lanegan es un trilero, un engatusador y un predicador convincente también. Nos vendió la moto de que tenía muchísimo más que ofrecer por su cuenta cuando sus mejores discos salieron cuando estaba con Screaming Trees. Nos hizo creer que era hora de que los focos se centraran exclusivamente en él cuando siempre ha sido un jugador de equipo y que, de hecho, algunos sus momentos más brillantes llegaron cuando ha estado mejor rodeado. Nos engañó para que nosotros mismos lo viéramos como el nuevo Tom Waits cuando él es la clase de crooner que prefiere hipnotizar más que transgredir o impactar.

No quiero llevaros a engaño y haceros creer que pienso que su carrera en solitario es prescindible, como podrían afirmar algunos de mis compañeros editores. Al contrario, tiene piezas bastantes interesantes y muy disfrutables, algunas más que otras, pero en absoluto desdeñables. Hoy me gustaría centrarme en una en concreto, mi predilección personal. No me voy a remontar muy lejos en el tiempo, solo diez años atrás (o un par de discos hacia atrás en la discografía del cantante).

Mark Lanegan, bien rodeado y desenvuelto

Si hablamos de trabajos en los que ha estado bien rodeado, en pocos ha encontrado tan buen elenco de gente con talento como cuando grabó Bubblegum (Beggars Banquet, 2004), su sexto álbum de estudio. No es para menos, porque el roster lo forman desde Greg Dulli hasta PJ Harvey, pasando por Josh Homme, Nick Oliveri, Duff McKagan, Alain Johannes o Troy Van Leeuwen entre muchos otros, incluyendo a su ex-mujer Wendy Rae Fowler cantando a dúo en varios temas.

Mark Lanegan tuvo las cosas bien claras: ofrecer un disco de Rock que sonara de una manera concreta, pero que evitara la monotonía

Con tanto invitado diferente, cada uno de su padre y de su madre, uno podría llegar al equívoco de que el sonido del disco podría variar mucho de un tema a otro dependiendo de quien se involucre en dicho tema. Nada más lejos, porque Mark Lanegan tuvo las cosas bien claras desde un principio: ofrecer un disco de Rock mal llamado alternativo que sonara de una manera concreta pero sin excesiva rigidez e inmovilismo. Es decir, tenemos un disco con una línea general bastante definida, pero que cuenta con suficiente rango de acción y variabilidad para evitar la monotonía.

Los referentes de Lanegan quedan bien claros, moviéndose dentro de ese rock noventero del que formó parte, pero mezclándolo también con un pantanoso y árido Blues en un cóctel agitado, pero no revuelto, que refresca y gusta al paladar. También se cuela por ahí algún resquicio sonoro de su etapa como miembro y compositor de Queens of the Stone Age, aunque sin terminar de caer en los terrenos del Stoner Rock. La inclusión de baterías electrónicas encaja como un guante en varios momentos y le da un toque de picante extra al disco.

Lanegan se mueve dentro de ese rock noventero del que formó parte, pero mezclándolo con un pantanoso y árido Blues

La recepción de Bubblegum fue magnífica en muchos aspectos, empezando por la crítica, que no dudó en calificarlo como uno de los mejores trabajos de Lanegan desde Screaming Trees y una de las cimas de su carrera en solitario junto a Whiskey for the Holy Ghost (1994, Sub Pop). Comercialmente fue uno de sus discos más exitosos, alcanzando un nada desdeñable puesto 39 en los charts independientes y altos puestos en Italia (19), Bélgica (28) o Noruega (30) por ejemplo.

Los parabienes no son nada sorprendentes o algo que debería hacernos arquear la ceja porque el resultado es impecable. Estamos ante un disco que entra de maravilla y deja un regusto agradable. Lanegan, poseedor de un innato magnetismo desgarrador y sugerente, lo muestra a lo largo del disco y transmite como nunca mientras domina con su voz una instrumentación que pasa sin problema de un afilado gamberrismo casi Punk hasta un fino, lento y elegante Blues con una naturalidad pasmosa.

Lanegan, poseedor de un innato magnetismo desgarrador y sugerente, lo muestra a lo largo del disco

Pero uno de los factores que hacen de este un disco imprescindible y sublime son sus canciones. El combo de sus primeras cuatro canciones cuaja uno de los inicios de discos más espectaculares que he escuchado. La garra de ‘When Your Number Isn’t Up’ prelude al inmortal single ‘Hit the City’ para luego pasar a una de sus piezas más sexys, hipnotizantes y vibrantes como es ‘Wedding Dress’.

8.6/10

Y como broche de oro, una ‘Methamphetamine Blues’ afilada y con mucha fuerza animal. Sin embargo, el resto del conjunto no se queda muy a la zaga y encontramos más joyas como ese alarido rockero que es ‘Sideways in Reverse’, el (otro) impresionante dueto que se marca con PJ en ‘Come To Me’, el groove lisérgico de ‘Head’ (su particular ‘Autopilot’ por así decirlo) y una de sus mejores composiciones, ‘Driving Death Valley Blues’, con un Lanegan brillante tras el micro y unos riffs de puro vértigo.

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