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Seis grupos que no deberían sacar disco bajo ningún concepto (y II)

Radiohead y Wilco fueron probablemente las paradas más dolorosas de la anterior etapa de esta bienal del no regreséis pues el mundo no os necesita. En esta ocasión viajamos a terrenos menos frecuentados o menos accesibles pero con la misma bilis de la anterior oportunidad. Bandas que no deben regresar porque nadie les espera o debería esperarles, porque nadie necesita que sigan echando heces sobre su brillante legado, porque sus fórmulas están más gastadas que la beca que me dieron en 2002. No son todos los que están ni todos los que deberían estar, pero entendednos, por mucho que nos guste soltar bilis es imposible tener para todos. Al ataque.

Dream Theater

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Es hora de ir reconociéndolo, los Dream Theater de verdad, los de finales de los noventa, no van a volver. Y no lo digo porque Mike Portnoy se pirase hace ya unos cuantos años y no se le vea con intenciones de regresar, no. La que fue la mejor banda de la historia del Metal Progresivo no va a volver a ser lo que era porque hoy es un ejército bajo el mando de un general descabezado, una cuadrilla que se empeña en hacer brownies pastosos cuando el público lo que quiere son cupcakes ligeros. Dream Theater fueron los putos amos en eso de hacer suites de más de media hora con nudo, hilo y desenlace, todo fluyendo con sentido, con brillantez, sin artificios innecesarios a pesar de la cuota masturbatoria de rigor. Hoy Petrucci parece componer con el dado de 12 caras: “ahora mato al goblin, ahora el behemoth me destripa de un pisotón”.

Y lo más triste de todo es que parecen empeñados en seguir mancillando su inmenso legado. No ya por el borrón interminable en el que se han metido últimamente, sino porque parecen dispuestos a manchar una de sus mejores obras y el recuerdo de la mejor canción que van a escribir jamás. No sé si la disyuntiva es por falta de dinero o por falta de ideas, pero en cualquier caso los perdedores vamos a ser nosotros, los que consideramos a ‘Metropolis’ como una de las mejores canciones de la historia. En fin, puede que pedir que no haya un nuevo disco de Dream Theater en el futuro sea demasiado, o no, pero lo mínimo que podemos exigir es que Petrucci se tome un buen descanso a ver si se le baja el souflé, que lo tiene demasiado subidito últimamente.

También pueden mirar qué está pasando ahí fuera. A lo mejor sacan algo en claro de todo esto.

Metallica

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Hay que ver la de leches que me disteis cuando afirmé que Metallica no iban a sacar nuevo disco hasta que España saliese de la crisis. Pues en esas estamos, con España plagado de brotes verdes (ay omáh que me parto) y Metallica sin fecha aún para el lanzamiento de su “esperado” nuevo disco. Entrecomillo lo de esperado pues me temo que los únicos que esperan de verdad la continuación del sobrevaloradísimo Dead Magnetic (Warner, 2008) son los ultramegauberfans, aquellos que se lo gozaron con el aberrante St. Anger (Elektra, 2003) y su inútil intento de subirse a una ola que ya hacía años que se había estrellado en el acantilado. Vamos, aquellos que se lo gozarían con un disco de James Hetfield en plan tonadillera (démosle tiempo).

Evidentemente la fama de Metallica aún es tal que la simple posibilidad del lanzamiento ya tiene a medio mundo en vilo, pero va siendo hora de reconocer varias cosas. No es que no podamos contar con que regresen los mejores Metallica, es que la posibilidad de que rocen la calidad de discos como Load (vilipendiado injustamente en su momento) es una quimera. Metallica viven hoy fuera de plano, con un pésimo nivel técnico en la mayoría de sus componentes, cada uno encerrado en sus dejes y vicios y sin aparentente propósito de enmienda, y empeñados en moverse en un medio que hoy no interesa a nadie, volviendo al Thrash Metal cuando hoy podrían estar petándolo con el mucho menos exigente Rock Sureñoalternativoaque de mediados de los noventa. Entiendo su interés en contentar a los fans de entonces, pero ni los de San Francisco son capaces de moverse en los márgenes de calidad que deberíamos exigirles ni el público mayoritario está hoy demasiado interesado en un género que dejó de ser masivo cuando ellos mismos lo decidieron.

Así está el patio, Metallica deberían tomarse con mucha más calma lo de sacar su nuevo disco. O directamente seguir con la ráfaga de álbumes en directo, que aparentemente les está funcionando bastante bien. A eso sumamos un recopilatorio con dos temas nuevos cada 5 años y ya tenemos a los nuevos Rolling Stones. Con muchos menos cojones, pero con muchos más yeahs.

The Who

¿No os parece esto argumento suficiente?

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Extremoduro

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El filósofo del chicharrón y la morcilla, el que se inventaba historias de amor con prostitutas porque no ha habido ni habrá mujer decente que se arrime a tal pozo ureico. Hay que reconocer que Extremoduro tuvieron su gracia, y mucha. Eran los años del instituto, esos años en los que escuchar conceptos como polla, potorro, o el romántico “te la voy a meter hasta las orejas” nos hacía sentir más mayores de lo que éramos, nos hacía sentir hombres cuando teníamos más granos en la cara que pelos en la entrepierna. Joder, eran tiempos en los que el calimocho era líquido vital, y la calidad de la música que escuchábamos se medía en la cantidad de minis que la peña pedía en el bar mientras sonaba. Mientras servían los minis en la trastienda del bar y el gordo preparaba droga de diseño, pero eso es una historia que quizás os cuente cuando hablemos de Reincidentes y el clásico ‘Vicio’.

El caso es que Robe Iniesta se despertó un día y decidió ponerse serio. Serio musicalmente, porque cuando abría la boca seguía diciendo las mismas estupideces de siempre. Nos regaló dos discos sorprendentes, sin tacos, sin chabacanería, de escuchar tomando un buen rioja en vez de hacerlo con la compañía de un cartón de Don Simón. Dos discos que me atrevería a decir que no son de Extremoduro, que pertenecen a una banda con el mismo nombre pero con capacidades y certezas muy diferentes. Esos dos discos habrían sido un epílogo perfecto para una carrera convincente a pesar de todo, atada a nuestra adolescencia con discos icónicos como Deltoya (Dro, 1992) o Agila (Dro, 1996), que nos puso en nuestro lugar con el cuasiperfecto La Ley Innata (Warner, 2008).

Hoy nadie necesita a unos Extremoduro volviendo al cenagal del Rock Urbano. Hoy nadie necesita al Rock Urbano. Y está claro que el negro que compuso Material Defectuoso (Warner, 2011) hoy no les va a coger el teléfono. Para qué.

Porcupine Tree

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Esto es demasiado evidente pero parece que no ha quedado suficientemente claro. Si Steven Wilson dice que Porcupine Tree no van a volver pues no van a volver. Sí, todos sabemos que esto del ayer dije tal y hoy digo pascual es el pan nuestro de cada día, pero si fulano ha dicho tal explícitamente habrá que creerle. ¿No? En cualquier caso ponerse tozudo con esto es perder el tiempo. La ruptura de Porcupine Tree, o descanso, o lo que sea, se veía venir desde hacía bastante tiempo, o era un fin necesario si atendemos a que la calidad no paraba de bajar disco a disco, la inspiración de Steven Wilson parecía estar de vacaciones u ocupada con una campaña de remasterizaciones que no había hecho sino comenzar. Sí, cuando Mr. Pelo Pantene se ponía era capaz de marcarse temazos como ‘Anesthetize’, pero no se le veía por la labor de ponerse en ello esos días.

Han pasado seis años y Wilson se ha marcado cuatro discos que rozan la seminalidad, no siempre desde la innovación intro y retrospectiva que muchos le exigen al genio londinense pero con una calidad compositiva y un feeling intocables visto hoy en discos como Deadwing (Lava Records, 2005) o The Incident (Roadrunner, 2009). Además se ha permitido estos años dos caprichos que jamás habrían tenido lugar en su carrera con el puercoespín: un desparrame histérico-depresivo que nos dejó con la boca abierta a pesar de la dificultad a la hora de encontrarle un hilo conductor, y marcarse un disco con marcado trasfondo sociopolíticofilosófico sin que la elegancia de su Rock Progresivo acabe siendo prisionera del concepto. La certeza más tozuda es, además, que en su último disco ha logrado sonar más Porcupine Tree que en los últimos discos de Porcupine Tree. Desde su propia marca, simplemente demostrando que Porcupine Tree no era una banda sino él y varios músicos de apoyo. Musicazos, sí, igual que musicazos son aquellos de los que hoy se rodea.

Lo dicho, que para qué va a regresar Porcupine Tree si hoy Wilson supera sin despeinarse (ajá) la mayoría de las obras de su antigua banda. Si Porcupine Tree no era más que una marca por él creada, que dominaba a su antojo, tal y como hace hoy en su carrera en solitario. Pues eso, que para qué.

Ayreon o cualquier cosa de Arjen Lucassen

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Qué pereza le he cogido a Arjen Lucassen, lo reconozco. A sus greñas en plan Ratt o Whitesnake, a sus tecladitos a lo Camela, a sus discos llenos de flautas dulces pero sin infantes alrededor. Claro, que eso es lo que nos faltaba, Arjen Lucassen diciendo “dejad que los niños se acerquen a mí”, el terror en el Vaticano. Historias para no dormir. El caso es que sí, va siendo hora de que el multi-instrumentista holandés se tome un respiro, o que nos lo de a nosotros. Tanto monta monta tanto. Ya vale de discos compuestos con la batidora y con el nominalismo de los colaboradores como único y exclusivo gancho. Ya vale de discos de temática filosófico-pretenciosa que se van al traste por la incontinencia creativa, o por la inconsciencia, que a la larga acaban siendo lo mismo.

Echando cuentas Lucassen lleva más de diez años sin dar la talla pero componiendo siempre el mismo disco, sin saber qué hacer con su carrera, empeñado en meternos entre oreja y oreja un concepto que está más gastado que esa facha de estrella del Glam Metal que nos gasta. Sí, Lucassen podría rescatar Star One a ver si la temática aeroespacial le ayuda a encontrar nuevas ideas, pero también podría estarse quietecito de una vez y evitarnos riesgos innecesarios. Porque lo que está claro es que el holandés necesita tomarse un respiro, salir al campo y retozar entre las amapolas, buscar a Astrid van der Veen a ver si la misma se presta a grabar un Fate of a Dreamer (Transmission Records, 2001) segunda parte. Es verdad que acaba de intentarlo junto a Anneke van Griersbergen, pero la parte metalosinfónica vuelve a destrozar lo que en principio era un disco agradable aunque intrascendente.

Duelen estas palabras pero más dolió The Theory of Everything (InsideOut, 2013), sus dos horas de la versión original y sus cuatro de la extendida y su parte instrumental. Para el psicólogo acabé el día que decidí como apuesta personal escucharme el mamotreto 3 veces, al diván debe someterse Lucassen a ver si le ayuda a comprender qué narices viene haciendo con su carrera.

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