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Magic Pie — King For A Day

Hay muchos tipos de reyes. Monarcas absolutistas, emperadores benevolentes, sátrapas del one hit wonder y esforzados soberanos con más voluntad que buenas ideas. Magic Pie nunca ha sustentado puestos de honor, ni ha portado coronas como “mejor banda de esto” ni “mejor disco de aquello”, simplemente trabajan con persistencia germana año tras año para entregar cada tres una obra redonda y digno ejemplo de art rock sinfónico. Lo suyo es un progresivo elocuente, sofisticado, prolijo en coros y armonías ambiciosas, amigo del riff peleón con castañazos eventuales y los largos desarrollos melódicos.

El reinado de la manzana

Para King For A Day (Karisma Records, 2015), los noruegos han querido mantener ese regusto por el hard rock luminoso — Kansas, Uriah Heep, Styx — pero seguir progresando en la brecha que los distancia de cualquier nombre propio. King For A Day suena a Magic Pie más que nunca. Esto se nota por ejemplo en la estructura: han saltado de la gran suite dividida en bloques como apertura para salir adelante con un presunto single formulaico a la manera de Big Big Train. También dejan de lado ese esquema interno de pieza instrumental-tema cañero-balada por un estudio más comedido de cada canción. Y si bien algunas veces se resuelven mejor que otras — atención a los magníficos desarrollos de guitarra hacia el centro de According To Plan — , la tónica general es bastante optimista.

Dejando de lado Trick Of The Trade, que no termina de funcionar, los seis temas que componen el álbum se dividen en 40 minutos de prog rock variado y un último corte de 27:30, dejando la chicha para el final. Hacia el ecuador del disco, Tears Gone Dry pone sobre la mesa una serie de ideas ya visitadas en otros trabajos: la introducción pausada, gilmouriana, el jugueteo acústico con sustains imposibles, los mellotrons y los pianos metálicos sobre un escenario genesiano, de vocación teatral. Las voces de Eirik Hanssen evocan a Glenn Hughes y, aunque al fan tradicional todavía le pese la sustitución de Allen Olsen, cada parte cumple en su sección. interesante como, hacia el octavo minuto y emulando al teclista Ryo Okumoto, el tema se transforma en un ejercicio de rock psicodélico donde los órganos a lo Jon Lord pasan por leads típicos de neo-prog.

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Silent Giant es la prueba de cómo se puede trabajar en espacios más cortos

Silent Giant es quizás la mejor canción del disco. Concreta, directa al oído y al corazón, una prueba de cómo la banda puede trabajar en espacios relativamente más cortos, aproximarse al rock de estadio, sin los excesos meditabundos y la pompa dramática que a veces arropa a esta banda. Es, además, un ejemplo de virtuosismo a pequeña escala que cumple con la máxima de “menos es más”. Como aquel incendio que los puso contra las cuerdas y los llevó a replantearse su futuro, Silent Giant barre con cualquier mal vicio y se desprende con un nuevo ejercicio de estilo.

Finalmente, King For A Day, a juzgar por su calidad, nos demuestra que no siempre un cambio es buena decisión. De abrir con esta pieza, el oyente medio se habría rendido a los pies de un trabajo que, al estar así dispuesto, nos somete a cierto agotamiento. Más de setenta minutos, poca broma. King For A Day abre al estilo Neal Morse — superando a éste en sus últimas iteraciones — , arropado además por la producción de Rich Mouser, redondeando la similitud. No es una composición excesivamente intrincada, sutil tampoco, jugando a picar un poco de aquí y allí — cuando entra la sección vocal, sabe moverse entre la tradición de David Bowie y el AOR de escuela — , pero de alguna forma funciona hasta el final. Sí sorprende esa prisa eventual por saltar entre bloques, como queriendo justificar la duración, a sabiendas que Magic Pie venían de un disco copado de maleza entre unas pocas maravillas. Una inseguridad innecesaria.

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6,8/10

La dichosa Tarta de Manzana — vaya nombrecitos se gastan los proggers — entiende cómo armonizar una buena idea, como generar sinergias sobre medios tiempos y milimetrar el punteo gentil. En eso son expertos. Pero quizá el sustrato inicial de las canciones, el músculo original que dio pie al disco, es un poco más quebradizo que en otras ocasiones. No se aproxima a aquel agilísimo Circus Of Life (Phantom Sound & Vision, 2007), ni musical ni líricamente, pero sí puede decirse que Magic Pie son, pese a la edad, una banda con futuro. Se echa en falta ese Magic Pie casi circense y endemoniada, — dejándose ver ocasionalmente hacia la mitad de la suite, minutos 13–18 para más señas — pero siguen siendo los reyes de sus tierras, los humildes gobernadores de un imperio otrora esplendoroso y actualmente bajo mínimos.

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