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Daniel Knox — Daniel Knox

Si muchos de los aquí presentes hubiésemos sido padres a la edad en la que nuestros padres fueron padres, ahora tendríamos hijos en la preadolescencia. Inevitablemente caeríamos en algunos errores que juramos no cometer. Es más, ahora podemos pararnos a pensar, para intentar no errar en el futuro, pero lo haremos igual. Hablo de la preadolescencia porque uno de los errores que más vergüenza ajena produce es el de intentar comunicarte con tu hijo en un lenguaje informal, seguramente lleno de anacronismos. Acercarte a una figura que antes estaba completamente sujeta a tu control, intentando cambiar la táctica, con la adorable utopía de dejar de ser padre para convertirte en amigo, y tirar de un puñado de palabras que nunca has utilizado con él, pensando que así podrás evitar que fume porros en el futuro. O al menos que te lo cuente si lo hace. Vistos ahora, en el fondo esos anacronismos tienen una buena parte de venerabilidad.

El precioso anacronismo de Daniel Knox

Entrar en el mundo de Daniel Knox es entrar en un terreno de anacronismos. Cuando suena ‘Don’t Touch Me’, el segundo corte de este Daniel Knox (Carrot Top Records, 2015), uno tiene la impresión de entrar en un piano-bar. En una noche enmarcada en una fecha incierta, pero desde luego muy anterior a la que a uno le sirvió para empezar a conocer el mundo del ocio nocturno. Y sin embargo, a pesar de no haber pisado en la vida un antro similar, la sensación de sentirse muy a gusto es inmediata. La grave voz de Knox tiene mucho de conciliador, de contagiarte un buen rollo considerable. Música para escuchar bien vestido, con la corbata todavía perfectamente alineada, y con sin quitarte el bombín a pesar de que es imposible que llueva aquí. Mucho de ese punto señorial, bañado en buen humor y resta de dramatismo, me ha recordado a Neil Hannon, si bien hace tiempo que no consigo enamorarme de un disco de The Divine Comedy como me he enamorado de este tercer disco del de Chicago, por mucho que los arreglos de ‘By the Venture’ recuerden inevitablemente a los británicos.

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En todo caso, antes de todo esto está ‘Blue Car’, el corte que abre Daniel Knox y en el que surge un flechado arrebatador e inmediato. De esas canciones que sabes que están diseñadas a tu medida. De las que permiten aventurar que este disco te va a gustar, que lo tiene todo para que así sea. Básicamente clase. Mucha clase. Tanta sencillez como megalomanía. Sentir como, desde el recogimiento de ‘Incident at White Hen’, con las leves bases electrónicas de fondo, se va tejiendo una tela que serviría de soporte para toda una legión. Arquitectura de cuatro minutos y medio de duración. No se necesita más para que la obra quede perfectamente rematada. De todas formas, aunque las bases estén muy bien, las herramientas sobres las que se yergue, inapelable, este disco, es sobre un piano y una voz que compiten en sobriedad. El calado de ‘High Pointe Drive’ lo atestigua. Uno se imagina en ese bar presidido por la barba de un Daniel Knox sobre una tarima, ligeramente elevado con respecto a las mesas de los clientes, y no cree que sea preciso nada más para completar una noche digna de recuerdo.

Las herramientas sobres las que se yergue, inapelable, este disco, es sobre un piano y una voz que compiten en sobriedad

Lo de convertirlo en protagonista de directos está cerca. Daniel Knox andará por aquí como parte del cartel del WOSINC que empezará dentro de un mes en Santiago de Compostela. Completa un ciclo de tres primeros discos fabulosos, donde ni siquiera podemos asegurar que el que hoy nos ocupa mejore las prestaciones ya magníficas de Disaster (HP Johnson, 2007) y Evryman for Himself (La Societé Expeditionnaire, 2011). Daniel Knox necesita hasta un ciclo olímpico completo para parir cada nuevo trabajo, pero viendo lo cuidado que tiene, hasta lo obsesivo, cualquier detalle melódico, cualquier arreglo de cuerdas en la fantástica ‘White Oaks Mall’, no puede exigírsele demasiada premura. Parece que aquí todo depende de la pausa. De buscar durante toda una vida el tempo perfecto y necesario para dar un paso adelante. Como con miedo a romper esa caja de música guardada como oro en paño en ‘David Charmichael’, o a quebrar el éxtasis sonoro y temporal de ‘Car Blue’.

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8.6/10

Para los ya conocedores de la obra de Daniel Knox, este es tan solo un paso más para quererlo. Para los que hagáis hoy vuestra primera inmersión en su música, va a ser difícil que os resistáis a ese flechazo inmediato. Que no os invada cierto ahogo cuando el supuesto crescendo de ’14 15 111′ no es tal, y muere atropellada y bruscamente, dando fin a un trabajo sobresaliente. Una presencia tan abrumadora deja, necesariamente, un vacío, cierta congoja. Otro nombre a sumar al estupendo año que está viviendo la música de cantautor, sumado a Sufjan Stevens, Dominique A, Natalie Prass o Jessica Pratt, por nombrar cuatro cartas que formen un póker. No sabemos qué jugada puede empezar a montarse mientras uno escucha a Daniel Knox, pero resulta difícil pensar que una partida que empieza así se nos pueda torcer.

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