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Symphony X — Underworld

Michael Romeo ha perdido el norte. Y con él, su obra. El que fuera uno de los guitarristas más radiantes de su generación, alguien capaz de aunar lo aprendido a través de Malmsteen, el fraseo de Darrell o Mustaine, con el buen gusto del difunto Shawn Lane, se halla en ese punto muerto de los cuarenta-y-muchos donde no hay avance sino zigzagueo circular. Symphony X, otrora baluarte de los proggers que también querían headbanging, hace de la zona de confort su nido creativo. Y a este paso será también su lecho de muerte.

Pero no nos pongamos dramáticos. Contra lo advertido en Iconoclast (Nuclear Blast, 2011) — no hay forma de contentar a todos los tipos de oyentes — , Underworld (Nuclear Blast, 2015) discurre en una línea concreta, bien definida, y la sigue a pies juntillas. En la carrera de Sy X hay dos puntos de ruta que condicionaron el futuro de la banda. Uno: ‘The Divine Wings of Tragedy’, tema del disco homónimo, enrutó la posterior carrera de flirteos entre insertos de música clásica sobre piezas brillantes en composición y asombrosas en ejecución — recordemos el viejo chiste sobre el tamaño de las manos de Mr. Romeo — .

En esta etapa, la de ‘Accolade’, ‘Evolution’ o ‘Smoke And Mirrors’, cabe destacar la contribución esforzada por parte del teclista Michael Pinella y la firma de Russell Allen en algunas de las mejores letras. Y dos: ‘Inferno (Unleash the Fire)’. Esta pieza transformó la forma de pensar y sentir el trabajo del grupo. A partir de aquí los aportes del teclista se redujeron a lo anecdótico, las letras poco a poco fueron tarea repartida entre Romeo y el bajista Mike Lepond y, con la marcha del sello InsideOut, se terminó por forzar la maquinaria hacia un metal más denso y pesado. Por otro lado, lo habitual: la crítica del sector heavy se rindió y mejoraron las ventas, mientras la escuela más conservadora se distanciaba hasta perderles la vista. ¿Se trata entonces de clásicos bandos irreconciliables?

Ojalá fuese así. Pasando de la tradicional introducción instrumental — aquí llamada ‘Overture’ en un alarde de inventiva desatada — topamos con ‘Nevermore’. Nevermore resuena a precocinado, a riffs de usar y tirar, a Michael Romeo andando por casa en batín repitiendo los mismos errores de su ídolo Yngwie. Nevermore es el habitual artefacto para saltar todas las alarmas de quienes aún conservaban la esperanza de un giro elocuente hacia suites alla The Odyssey, y es también un single resultón y comprimido para romperles el corazón a los mojigatos. Los años no pasan en balde. No obstante, Romeo comete un error de cálculo: su legado está construido sobre sutilezas armónicas y saltos de signatura imposibles, no sobre rudos trampantojos trashers.

El legado de Romeo está construido sobre sutilezas armónicas y saltos de signatura imposibles, no sobre rudos trampantojos

Underworld’ mantiene la inercia — y casi diría el tempo y la escala — anterior. Vuelven las referencias al Infierno de Dante Alighieri, vuelven los guiños velados a Offenbach y Strauss, pero todo está empachado de un grosor de fuente que no deja leer entre líneas. No hay segundas interpretaciones, la oscuridad ha terminado por nublar el juicio. ‘Without You’, medio tiempo formulaico, se coloca como un luminoso alto en el camino para tomar aire hacia los speedosos territorios de ‘Kiss of Fire’ — nada que no hayamos escuchado con mayor tino en ‘Set the World on Fire’ — .

Russell Allen vomita growls diafragmáticos y desgarra hasta conjugar su envidiado timbre bluesy con el de Randy Blythe. Y claro, apesta. ‘Charon’ es la particular arabesca de rigor, el tema exótico, apoyada de nuevo por los blasts beats de una batería que asume por momentos limitaciones en recursos. Los coros barrocos, los mataderos ensangrentados, los solos afilados recubiertos de trémolo, esos nueve círculos en la portada bajo el característico icono de las dos caretas venecianas, cada vez más serias, más circunspectas… ya no se esconden nobles disfrazados para mezclarse con lo vulgar. Son explícitamente vulgares.

Swan Song’ es el alegato defensivo que tiene la banda por consensuar públicos, por prometer ese “estamos revisando nuestro legado”. Pero incluso en estos derroteros se intuye una involucración menor — confirmada por los propios miembros — , dejando al veterano guitarrista al timón de un barco ajado y magullado por navíos nuevos y de mayor eslora. La banda de metal progresivo de New Jersey sigue haciendo bien muchas cosas, suya es una fórmula con la que han arrancado bandas como Circus Maximus, Myrath o Arkam, y no conviene mirar atrás como exclusivo resorte crítico si no queremos caer en una persecución de sombras inanes. Pese a que ellos se empeñen en recordárnoslo: el adiposo cierre del álbum, ‘Legend’, no es sino un empujón de Pinella por recordar las influencias dreamtheaterianas, los interludios enérgicos, los estribillos a medio tiempo y esa voz en cuello que eriza los cabellos.

5,2/10

Symphony X es conocida por sus hiatos dilatados y por volver siempre sobre los registros autorales, pero con Underworld parece no haber pasado el tiempo. En el mal sentido. Como todo músico de nuevo siglo, Romeo compite por mejorar su cuenta bancaria y no el target o la imagen ulterior que se construya en torno a su obra artística. La homogeneidad de Underworld confirma que no hay tema destacable, una pieza mágica que recomponga este puzle. Mientras que el ingeniero sueco Jens Bogren asume la parte técnica, Romeo ha dedicado demasiado tiempo a grabar, producir y dar forma a una bestia zafia que, vista desde fuera, no parece sino el enésimo bostezo que persigue a los músicos decanos.

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