Anuncios

Spock’s Beard — The Oblivion Particle

¿Qué logros diríamos que ha obtenido Spock’s Beard a lo largo de estos veinte años de carrera? Desde aquellos días donde los hermanos Morse tocaban covers en locales de baja estofa, pasando por un puñado de álbumes que traerían los años gloriosos del prog rock a primera plana, la religiosa despedida de Neal, alma máter, a través de una ópera rock de más de cien minutos a la manera de Tommy (Track Records, 1969) o The Lamb Lies Down on Broadway (Charisma Records, 1974), hasta la recogida del testigo por parte de Nick D’Virgilio — que, como se vino a bromear, fue una situación similar a la de Genesis, donde el líder pasó la batuta al segundo cantante y baterista y éste acabó por fagocitar funciones ajenas — . Los nuevos Spock’s Beard tienen bastante clara su herencia, son autoconscientes aunque, por fortuna, nunca permisivos. D’Virgilio, tras abandonar las américas para unirse al Circle du Soleil, no ha parado de trabajar, tanto con los británicos Big Big Train como con los prometedores talentos Dave Kerzner y Robin Armstrong. Y Jimmy Keegan, batería oficial durante ya dos discos, desde que perdiera la oportunidad de financiarse un proyecto en solitario tiene bien asumidas todas esas responsabilidades colaterales. Ted Leonard, por su parte, parece sentirse cada día más cómodo, formando parte activa de la plantilla compositiva.

Aquel carácter heredado se ha licuado sobre la marea de una democracia un tanto caótica

A razón de esto, en ‘The Oblivion Particle’ (InsideOut Music, 2015) tenemos muchas piezas, un baúl lleno de riffs de banjo, solos de sinte old school, vocales espaciales sobre mellotron-strings y toneladas de líneas de bajo incombustibles. Y aquí deviene el primer problema de síntesis: tantos elementos dirimen a favor de la impersonalidad. Estos Spock’s Beard suenan bien, sofisticados — Rich Mouser hace auténtica magia con la mezcla — , pero aquel carácter heredado se ha licuado sobre la marea de una democracia un tanto caótica. Diríase al menos que los temas no redundan en los típicos recursos morsianos… y estaríamos justificando la ausencia de destellos de genio sobre una frescura marciana e improvisada. Entremos en materia:

Si bien ‘Bennett Built a Time Machine’ no es otra cosa que un single procedimental, este trabajo esconde dos facetas internas, una dualidad curiosa: ‘Tides of Time’ — un mero peaje de presentación — , ‘Minion’, ‘Get Out While You Can’ y el citado ensayo para radios, fundamentan un primer bloque de treinta minutos poco hábiles para conformar al público tradicional. Estribillos fáciles y escasa estrategia. Es en ‘A Better Way To Fly’ donde Spock’s Beard renacen con verdadero músculo, el descubrimiento yesiano, el arrojo y la concatenación perfecta. A partir de aquí las duraciones se dilatan, los versos se reducen, los músicos desatan su apetito instrumental y, en fin, el disco solidifica como el de la escultura griega. ‘The Center Line’ es, efectivamente, un retorno del gigante, por medio de una obertura de piano desenvuelta en un encabalgado riff propio de los mejores días de Kindness of Strangers (Giant Electric Pea, 1998). To Be Free Again nos recuerda, de nuevo, el motivo de la libertad y el vuelo alto dentro de una pseudo-suite de diez minutazos, donde se dan la mano fraseos de acústica recuperados para la ocasión con virtuosos despliegues sonoros de textura sinfónica, orquestal. Y Disappear, partiendo con un acorde Mi4 de órgano, logra poco a poco elevar la apuesta hasta alcanzar uno de los cierres mejor definidos y redondos de la carrera de estos barbudos. Atención a esta súplica velada sobre el cameo de David Ragsdale: “We could disappear, you and me, we could be, anyplace else not here”. Qué razón llevaba quien juraba que los singles de presentación se extraen siempre de los peores temas del disco.

Respondía Leonard en una entrevista que esta banda, este negocio, todavía tiene bastante por decir — la asombrosa riqueza de ideas del cantante y segundo guitarra por poco dinamitan la escritura del resto de miembros — . Y uno se pregunta si eso que han de contar está en la dubitativa primera parte del discurso o si por el contrario entronca con la resuelta segunda parte, donde la sangre fresca cobra sentido conceptual. Recurriendo a la analogía de los primeros conciertos de una gira o a los temas iniciales de un recital, cualquiera diría que para engrasar las muñecas y desperezar la cabeza solicitan una contrapartida ídem al oyente. O, quizá, estén usando la veteranía que confieren doce álbumes para apostar arriesgando. Total, bien se han ganado cualquier concesión.

7,8/10

The Oblivion Particle es una respuesta documental a dos décadas de exploración creativa y pulso compositivo. Por momentos coquetea con las horas bajas de Octane (InsideOut Music, 2005), para después acariciar los días de gloria de V (Metal Blade Records, 2000). Tan irregular como sugestivo. Los logros obtenidos orbitan en torno a momentos aislados sobre discos concretos, porque Spock’s Beard pocas veces podrá firmar con rigor haber compuesto una pieza directa al pecho, un pelotazo para tararear durante generaciones, pero sí puede coronarse al mérito, presumir de ser una de las pocas bandas vivas que sustentan ese extraño legado muerto y enterrado a mitad de los ’70. Su nulo sentido del ridículo ha demostrado que nunca han hecho el ridículo y, mientras los imitadores crecen como setas, ellos capean las dificultades de una lineup caprichosa o las irregularidades de una industria absolutamente fragmentada y digital. Que sigan adelante.

Anuncios