Anuncios

Caminos, recortes de periódicos, cinismo, Depression Cherry

Mis abuelos aún guardan el recorte de la primera noticia que publiqué en un periódico. Sucedió en 2008, durante el verano posterior al primer curso de carrera, en un periódico local conquense, en lo más remoto de la sección de deportes, al fondo, a la derecha. Al final de sus escasas ciento cincuenta palabras aparecía “A. P. M.”. Ese fue el inicio de todo. Desde un punto de vista romántico, al menos, pero no desde un punto de vista real. Tiene poco valor, está mal escrito, nadie lo recordará como el primer texto publicado por un gran autor. Pasará al rincón de la historia de la humanidad donde nada importa, un contenedor gigante en el que la mayoría de las personas que han pasado por el mundo han depositado sus recuerdos, sus sentimientos, sus historias, sus trabajos, sus parejas. Sus vidas. Sin embargo, mis abuelos lo guardan.

Para mí tiene un valor escaso. Ellos, sin embargo, continuaron recortando todas mis noticias. Con el paso de las semanas, se hicieron más grandes. Algunas abrieron la primera sección del diario. Tuve el honor de escribir una breve columna de opinión. Día a día, mi abuelo me preguntaba por el periódico: quería que se lo llevara a casa de forma rutinaria para que él, después de comer, sentado junto a la ventana, las gafas caladas, pudiera recortarlo con meticulosa paciencia. Yo le observaba con fascinación junto antes de volver a la redacción. Había en su colmada tranquilidad un amor por las cosas pequeñas, las que tienden a ser relevantes en la vida, ausente en mi joven corazón. Para mi abuelo, un hombre nacido en plena Guerra Civil que tuvo que sufrir la hambruna y la dictadura, no había tiempo que malgastar en el vacuo cinismo que mina los sentimientos.

Su nieto estaba publicando en el periódico de Cuenca, su ciudad. Le hacía ilusión. Para mí, era otro periódico más, caducado al día siguiente. Papel y tinta e información de segundo orden.

Somos unos infelices descreídos, a resguardo de toda aventura emocional, de toda exposición, en corazas de cartón piedra. El cinismo ha aniquilado a nuestra generación, la ha petrificado

Pensaba en ello el domingo pasado, al regresar a casa tras once días caminando por los senderos a ratos boscosos, a ratos asfaltados del norte. El cinismo ha aniquilado a nuestra generación, la ha convertido en una inerte masa de mentes lúcidas que desprecian la ingenuidad, la incertidumbre romántica, la ilusión. Somos unos infelices descreídos, a resguardo de toda aventura emocional, de toda exposición, en corazas de cartón piedra. La reflexión me asaltaba precisamente después de diez días (sobre)vividos en un ecosistema donde las reglas de la sociedad contemporánea, la desconfianza y el recelo, habían perecido. Cada día y cada noche, en cada albergue público o privado, todas las personas que caminaban conmigo parecían dispuestas a entablar conversación con cualquier interlocutor que tuviera a bien saludarles. Nada serio, una sonrisa, qué tal te va, cómo llevas esas ampollas, a dónde te diriges, cuándo lo dejas, llámame.

Si hay algo adictivo y maravilloso en el Camino de Santiago es su calidez humana, la perenne sensación de encontrarte en un ambiente amable. Leí hace mucho tiempo, no recuerdo en qué reportaje, que viajar en tren era hacerlo al mismo tiempo a través de la arquitectura humana. No creo que exista mejor definición para la red de relaciones fugaces e improvisadas que se tejen a través de los caminos que unen Santiago y el resto del mundo. Las palabras “hola” y “adiós” nunca se pronuncian: apenas se recuerda la primera vez que identificas un rostro y jamás se conoce la última vez que su recuerdo será difuminado por el paso del tiempo. Y sin embargo, cualquier contacto personal, por nimio que sea, se vive en plenitud de intensidad. Como si el sudor de cada kilómetro andado limpiara el alma de cada caminante, el cinismo queda aparcado de forma momentánea en aquellos senderos. Todos dan sus pasos con el corazón rajado por la mitad, a tumba abierta, fuera máscaras, y que sea lo que dios quiera.

Sé que el cinismo me hace peor persona, que trato de huir de él, pero que sólo en contadas ocasiones lo consigo. Desearía recrearme en los caminos abiertos del norte, pero es imposible

El cinismo, la ironía y el sarcasmo, como bien expresa Jorge Galindo en el post que ha inspirado parcialmente este otro texto, son herramientas útiles para diseccionar la realidad sobre la que se superponen medias verdades y falacias de toda condición. Pero una vez desenmascarado el impostor, ¿de qué nos sirve? Años después de haberme refugiado de forma sempiterna en herramientas discursivas que han terminado moldeando mi personalidad, no tengo una respuesta clara a tan relevante pregunta. O sí: sé que el cinismo me hace peor persona, que trato de huir de él, pero que sólo en contadas ocasiones lo consigo. Desearía recrearme en el mundo abierto de los caminos del norte o en la sinceridad emocional de mis abuelos, ellos, que jamás tuvieron otra cosa a la que agarrarse, pero casi siempre salgo derrotado con estruendoso fracaso. Supongo que mi generación, yo mismo, está perdida, y que el romanticismo es una debilidad.

Sobre todas estas palabras y pensamientos se superponen las canciones de Depression Cherry, el último disco de Beach House. En un celestial cúmulo de casualidades, el cinismo, el amor y mi vida casi siempre terminan redundando en Beach House. De un modo brutal y tormentoso, ellos representan una de las pocas espadas que el mundo ha diseñado para destrozar en mil pedazos mi coraza de cartón piedra. Sucede en Depression Cherry, sin embargo, que la falta de ambición, que la monotonía hace de Beach House un grupo cada vez menos interesante, cada vez más volcado en reducirse a una reliquia de museo, a un objeto al que observar encapsulado en el pasado, sin vida, petrificado. No puedo evitar reprocharles todo ello, como tampoco puedo evitar rendirme ante la gélida calidez mediante la que derriban mis muros y liberan mis demonios. Depression Cherry es, otra vez, un fruto al que mirar con condescendiente ternura pero expiado de todo cinismo. Late el órgano vital, tiemblan las rodillas.

Beach House, hoy como tantas veces antes, dibujan, al igual que mi imaginación, una historia de amor veraniego ficticia pero relatada dentro de lo posible, de la vida, a la flor, a la piel

Beach House logran que venza a mi autoimpuesto descreimiento. Consiguen sacudirme la conciencia del mismo modo que la imagen de mis abuelos emocionados ante las primeras cuatro palabras que escribí en un medio de comunicación. Abaten los fantasmas de mi pasado y de mi futuro al igual que el cúmulo de relaciones construidas con absolutos desconocidos, ahora amigos para toda un vida, del Camino de Santiago. Revuelven mi orden moral tal como lo ha hecho el texto de Jorge Galindo, tal como lo hace xkcd. Logran, al igual que la convivencia prolongada, que las hormonas salten por los poros de la piel, que vuelva a vivir enamorado del aire y encandilado por un delicioso encaprichamiento de verano. Dibujan, al igual que mi imaginación, una historia de amor ficticia pero relatada dentro de lo posible, de la vida, a la flor, a la piel. Me abstraen de la depresión y me regalan cerezas, ejercicios retóricos exagerados y sangre en ebullición.

Determinan el ocaso de mi cinismo. Aunque sea durante cuarenta minutos, cada tres años.

Tras ellos, todo lo anterior desaparece. Se esfuma. Lo desprecio con toda mi alma. Lo juzgo con altanería desde una cómoda posición emocional donde nada es tan importante como parece y donde nada merece tanta importancia como clama. Juego con el sarcasmo y lo fulmino con arrogancia. Vuelvo a ser yo, cantaba Algora. Pero, ay, Beach House, ese momento en el que su sonrisa hace que florezcan pétalos en mi corazón, por ese momento os quiero más.

Anuncios