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Buddy Guy — Born to Play Guitar

Diecinueve tiernos años cargaba a sus espaldas el joven George Guy cuando llegó a la ciudad de Chicago. Lo hizo solo, y se enfrentó a una realidad excesivamente cruda para un muchacho sureño como él. Desvalido, ignorado, hambriento, durante tres días vagó el muchacho por las calles de la ciudad del viento con la única compañía que los rugidos de su estómago y una guitarra rudimentaria le proporcionaban. Se vio tan desesperado que decidió llamar a su madre para que cruzase los Estados Unidos de sur a norte en su búsqueda, pero ni siquiera tenía la moneda de 10 centavos que necesitaba para poder llamar a cobro revertido.

Cabizbajo, comenzó a pedir limosna a la espera de que algún señor de blanca tez se apiadase de él, cosa complicada esos días. Estaba a punto de rendirse cuando un señor se le acercó y le preguntó si sabía tocar esa guitarra. Claro, dijo él, sin caer en la cuenta de lo que este extraño señor le estaba proponiendo. “Si realmente sabes tocar esa guitarra te van a llover las monedas de diez centavos, vas a tener tantas que no vas a tener espacio en los bolsillos para guardarlas”. George tocó, y dejó a este extraño señor con la boca abierta.

La suerte no se busca, ella te encuentra

Excitado ante el talento sin domesticar de George, el señor le invitó para que le acompañase, bajo la promesa de comprarle una hamburguesa si iba con él. Lógicamente George accedió, pues no tenía ningún lado a donde ir y porque le encantaban las hamburguesas. “Te voy a presentar a un señor”, le dijo el enigmático trajeado, “voy a necesitar que toques la guitarra una vez más, que toques la mejor canción que sepas”. Al rato llegaron a un bar lleno de gente, de esos en los que oscuridad y humo de tabaco componen la atmósfera que todos asimilamos hoy al Blues y el Jazz de los años 50. George fue invitado a subirse al escenario mientras cientos de ojos lo miraban entre expectantes y sorprendidos. Sus huesos temblaban, temía no ser capaz de acertar con la cuerda adecuada.

Finalmente cerró los ojos, suspiró y buscó en su memoria esa canción que tanto le gustaba. Ese riff rasgado, el tempo lento, ese solo que le erizaba los caracoles que tenía en la cabeza. Cuando acabó sintió una especie de liberación, no escuchaba la algarada que se había generado en esa particular sala y estaba a punto de perder el equilibrio. Abrió los ojos y vio al señor de antes y otro nuevo acercarse a él. “¿Cómo te llamas muchacho?”, le preguntaron. George respondió él con el temor del cervatillo ante un bosque desconocido. “No te preocupes por tu hamburguesa, vas a ganar tanto dinero que vas a poder regalar las que quieras”.

Fue en ese momento que George comprendió completamente el significado de las palabras que le dijo su madre al despedirse de él. Entre el llanto lógico de la mamá que ve irse a su hijo rumbo a lo desconocido, ella estaba segura de que su talento al mástil le iba a ayudar a salir adelante. Hoy, 60 años después, esas palabras se convierten en el inicio del homenaje que Buddy Guy se hace a sí mismo, a sus amigos y a su ídolo Muddy Waters (el compositor de esa canción que le libró de la inanición). El hoy gran Buddy echa la vista atrás y no puede evitar reírse de las dificultades que entonces pasó. El Ferrari y el Pontiac Thunderbird que tiene en su garaje son testigos de una vida con la guitarra a cuestas, de una vida que permitió a este orihundo de Lettsworth, Luisiana, convertirse para el Blues en ese talento desbordante que para el jazz fue Miles Davis.

Buddy Guy toca en 2015 exactamente como lo hacía en 1965, con energía, con actitud, recordando su origen pero con el ímpetu del que sabe que aún le quedan mil aventuras

Su desbordante carisma y energía son las claves del disco número veintiocho en una carrera marcada por el padrinazgo de B.B. King y la influencia ejercida sobre guitarristas de la talla de Eric Clapton o Stevie Ray Vaughan. Pasando desde una imagen escueta hasta la alisada melena que se mecía en torbellino mientras de sus manos salían esos riffs que convirtieron al Blues en Rock, Buddy Guy toca en este 2015 exactamente igual a como lo hacía en 1965. Como si le fuese la vida en ello. Con esa confianza del que sabe que, más allá de la humildad, tiene el Blues, tiene el mojo, tiene el groove.

Evidentemente la retórica del discurso en este autohomenaje se centra precisamente en lo que es hoy sin olvidar su humilde pasado. Sorprendido y confiado a partes iguales por haber hecho todos sus sueños realidad. Miles de mujeres pasando por su cama, canciones que han animado a miles de muchachos de su mismo origen a intentar seguir sus pasos, las copas de whisky, vino y cerveza como elixir de la eterna juventud y solución a todos los problemas. Buddy Guy deambula sobre esa delgada línea que separa al canalla del crápula sin olvidarse de las frases que de pequeño le decía su madre mientras ríe para sí, no con espíritu de traición, pero sí con ese aura nocturna de la que se rodeó en cuanto comprendió en qué se estaba convirtiendo.

Billy Gibbons y Joss Stone ejercen de prueba testimonial respecto a la influencia que Buddy Guy ha acabado ejerciendo sobre varias generaciones y varios estilos. Setentero el primero para llevar a George de nuevo hacia la senda del desenfreno. Ingenua la segunda mientras desde el Blues nos traslada al Soul a lomos de su particular timbre, como si quisiese que Buddy se abrazase una vez más al legado de Etta James. Y mientras el disco discurre, valga la redundancia, uno no puede sino asentir, sino abrazar mentalmente la efigie de un artista al que la muerte de sus amigos e ídolo le han dejado solo, por lo que este autohomenaje a sus 79 años acaba cerrando diciendo adiós a su amigo B.B. King y deseando el regreso del espíritu de Muddy, el artista al que debe todo lo que ha sido y es.

8.3/10

Cuenta Buddy Guy que le temblaban las piernas el día que entró al The Rock and Roll Hall of Hame esa inolvidable noche de 2005, acompañado a la izquierda por B. B. King y a la derecha por Eric Clapton. Idolo y discípulo. “Buddy fue para mí lo que Elvis fue para otros” dijo el guitarrista de origen inglés, y este disco número 28 en la carrera del hoy único superviviente de los cuatro grandes del Blues es prueba precisa de esto que el otrora líder de Cream plantea. Genio ingenuo, un artista descomunal capaz de seguir dando lecciones cuando los 80 años están a una vuelta al calendario. Hasta en esto es único el bueno de Buddy, él sigue a los 79 años con la misma energía que a los 25, mientras otros con una docena de primaveras menos no son capaces de levantarse de la cama sin hacérselo todo encima. Ejem.

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