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So Hideous — Laurestine

La pasión es una emoción transitoria. Como todas, solo que más fugaz, volátil. La pasión es una pavesa que se escurre entre las manos, un fenómeno en constante cambio. ¿Cómo testimoniamos entonces aquello etéreo, cómo le otorgamos perpetuidad? Grabándolo. Una instantánea adecuada que recoja la sensación más pura, inmediata y cruda. En la música es conocido ese debate entre manosear una canción, a sabiendas que en cada proceso — primer riff o verso, estructura, grabación, arreglos, producción, mezcla — irá mudando pétalos de autenticidad y adquiriendo capas de artificialidad. Algunos cantantes presumen de grabar primeras tomas recién levantados. En la electrónica lleva décadas extendido el popular debate de la inmediatez de medios frente a la precariedad de resultados.

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So Hideous son de Nueva York. Son cuatro: los hermanos Bran y Chris Cruz y dos miembros más — Danny a la batería y Etienne como segundo guitarra — que se unieron a partir de 2012. Con esta formación grabaron Last Poem/First Light (Prosthetic, 2013), su primer largo. Desde entonces la sonoridad de la banda ha venido definiéndose como una suerte de híbrido entre Ghost Bath y MONO, retazos de Deafheaven y Alcest, aunando shoegaze con doom, black metal instrumental con post-rock sinfónico.

Y Laurestine (Prosthetic, 2015) son 40 minutos de pasión. Pasión que late y borbotea: Yesteryear comienza con un bombo emulando unos latidos desacompasados, hipoventilación, mientras un piano dibuja una larga estructura tonal. La melodía no tarda en adquirir amplitud y pronto se ve arropada por arreglos de cuerda, por la aceleración de una guitarra propia de Munaf Rayani. Hacia el 3:36 se disuelve como se abre una tormenta, quedando esas últimas gotas de lluvia coloreadas por los rayos del Sol. Este recurso de claroscuros ejemplifica la constante batalla entre la vida y la muerte, un lenguaje musical donde se yuxtapone reflexiones lumínicas con deprimentes y tétricos arranques corales. En este punto, la sonoridad de la First Light Orchestra — compuesta por treinta miembros — cumple una función distinta del chamber rock, aproximándose más a la autonomía del minimalismo sacro visto en partituras de Arvo Pärt o Max Richter. El mejor ejemplo lo tenemos en The Keepsake, una pieza de pop luminoso que la orquestación distorsiona hasta arrastrarla a una inmemorial melancolía. Y, más aún, en Relinquish.

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El concepto del álbum se basa en la idea de cómo la mente humana se mantiene viva durante siete minutos después de que el corazón deja de latir. Durante ese remanente, pataleando en la consciencia hasta sumergirnos en la oscuridad total, el cerebro aún contiene sangre oxigenada y, por tanto, un débil susurro, un aliento amortajado — A Faint Whisper se llama el último corte — . El siete está presente a través de todo el disco: en los inusuales compases, 7/4 y ⅞, y en siete canciones intercomunicadas como siete vasos sanguíneos que van a dar al mismo fin. La muerte inminente. Los gemidos y alaridos de Brandon, cantante y teclista en funciones, se entrelazan con ampulosas orquestas en un wall of sound majestuoso, cauterizando cada recuerdo y cada recoveco. Pero Laurestine, como imaginarán, es mucho más que la suma de sus partes. Pasó el 2015 y muchas webs encumbraron New Bermuda de los citados Deafheaven. Otros epatamos con Moonlover; al final se nos quedó el vacío más importante.

8,5/10

Laurestine sitúa a So Hideous en la liga profesional, en la élite del blackgaze, signifique eso lo que signifique. Pocas veces se entra en un viaje tan oscuro y breve y se sale tan pletórico de emociones. Emociones que documentadas se hacen perennes. Recuerden la mitología del laurel — de ahí el nombre del disco — : según Plinio el viejo, no conocía casa plantada con laureles que fuese alcanzada por un rayo. Y justo cuando los violines se acercan a la cumbre misma, cuando cada instrumento sirve al todo en el arrebato final, un brevísimo colofón estalla como un relámpago y se corta en seco, dando conclusión al álbum. Porque el estado neutral de estos chicos de Brooklyn es la tempestad más pasional: no hay espacio para titubeos.

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