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Borknagar — Winter Thrice

Hay algo en este Winter Thrice (Century Media Records, 2016) que lo hace distinto al resto de la discografía de Borknagar. Una producción limpísima y espaciada, llena de trucos y recursos de estudio, una factura técnica abrumadora, un trío de voces en estado de gracia, en menos de cincuenta minutos que resumen toda una carrera y parecen querer decir algo más, algo inescrutable.

Øystein Garnes Brun ya tiene cuarenta años. Para alguien que lleva componiendo y grabando música desde 1990, dos tercios de su vida, pasar por la autorreferencia es más peaje accidental que incidental. Quiero decir con esto que sí, hay arcos y melodías y riffs enteros que evocan a temas antiguos, ya no de Borknagar, sino de Molested incluso. Porque este álbum tiene aroma de reunión familiar, de quedada en alguna inhóspita pero confortable cabaña en lo alto de las montañas. Décimo disco, veinte aniversario: Winter Thrice es lo que podría llamarse un trabajo de madurez creativa, de sobriedad en el exceso y no al contrario.

No en vano los citados cantantes vienen de publicar sus respectivos trabajos independientes. Andreas Hedlund, aka Vintersorg, tiene prácticamente liquidada su tetralogía de los Elementos con su banda madre. Simen Hestnæs, aka Vortex, retornó con Arcturus después de una década de silencio con un álbum intrincado e inteligente. Y Lars Nedland, Lazare para los fans, entregó con Solefald uno de los trabajos más extraños de su carrera, y no por ello negativo, más bien al contrario.

Un crisol de voces, las voces de todo un pueblo, cantando desde las tripas y el corazón

Hasta Garm, primer cantante y volcado en la incesante producción de ATGCLVLSSCAP, el impronunciable nuevo disco de Ulver, se deja caer más allá de lo anecdótico, aportando un dinámico contrapunto en los temas de apertura y cierre de este Winter Thrice. Hay una intención detrás del crisol: las voces de Borknagar son las voces de todo un pueblo. Un puñado de collègues altamente creativos, artísticos referentes, unidos bajo la batuta eléctrica de Brun, cantando desde las tripas y el corazón.

La producción, decíamos, nos explota en la cara en una calma tensa y una riqueza de colores asombrosa. Jens Bogren, toda una institución que año tras año nos ha ido enseñando lo que es una buena mezcla, ha sido la mano responsable de ordenar el caos. Porque Winter Thrice tiene mucho de fragmentario, de composición molecular, con partes de una sonoridad y partes de otra, con instrumentos grabadas en distintos estudios y de manera independiente. Aunque el núcleo, como es usual, lo firman entre Brun en lo musical y Vintersorg en lo narrativo, parte de la visión de este nuevo sonido se lo deben ineludiblemente a Bogren.

Winter Thrice habla del fin del mundo. Según la leyenda del Ragnarök, el Fimbulvetr, el Invierno de Inviernos, sumirá en una total oscuridad al planeta, las montañas se derrumbarán sobre Midgard y las estrellas se desprenderán del cielo cayendo sobre un vacío de destrucción. Winter Thrice continua con los tropos de la mitología nórdica pagana para abordar el ciclo eterno de la vida y la muerte y su imposible reconstrucción tras un armagedón total. Desde The Rhymes of the Mountain, pasando por Cold Runs the River, hasta When Chaos Calls, coexiste un sustrato que habla con pasión animal del cataclismo, la pérdida y el sentido de la supervivencia.

El diálogo se mantiene más allá de lo estrictamente musical: si en Origin (Century Media, 2006) acataban el renovarse o morir hasta publicar un disco totalmente acústico, aquí desbordan la etiqueta de lo progresivo a golpe de doble bombo épico y vikingo solapado con susurros de Mellotron. Panorana podría llevar la firma de los Opeth más folkies y setenteros sin problema. Terminus se desmelena con frases propias del hard rock y una coda típica en la música clásica romántica. Ellos se sienten cómodos emparentando este Winter Thrice a The Olden Domain (century Media, 1997) y considerándolo un nuevo escalón en su banda-sonora-definitiva-del-fin-del-mundo. Y bien que hacen.

7,8/10

Este oscuro placer en la no-categorización a veces cae en el vicio de lo heterogéneo, en pintar un cuadro con demasiados pinceles metiendo mano. Se aprecia una democracia de ideas entre tanto talento — y tanto ego — que dictamina un resultado final bastante indulgente con algunas de ellas: un resultado menor a la suma de sus partes. Aún con todo, consiguen dotar de una consistencia y un interés durante esos cincuenta minutos que ya hubieran querido para sí Universal (2010) o Urd (2012). Hay quien se atreve diciendo que éste es el mejor disco de la banda en quince años. Estoy de acuerdo, con un matiz: tengo la intuición de que lo mejor está por llegar.

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