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Snarky Puppy & Metropole Orkest — Sylva

Es sabido que los Grammy son unos premios harto autoindulgentes. La galante ‘Academia de las Artes y las Ciencias’ comenzó como un simple corrillo de aplausos entre ejecutivos celebrando la comisión de la buena fama, allá por 1956. No en vano son una extensión con forma de fonógrafo de las estrellas del Paseo de la Fama. Pero, eh, a veces aciertan.

Lo de anoche con Snarky Puppy en su 58 Edición es uno de esos aciertos a medias — si bien ya lograron en 2014 uno a la mejor R&B Performance, el colectivo fundado por el multiinstrumentista Michael League lleva más de una década grabando sin descanso — . A medias porque, si Sylva (Impulse! Records, 2015) no es un mal disco, desde luego es uno de esos casos donde la suma de sus partes es igual a menos de lo que convendría. Un disco que tiene mucho de medios técnicos, argumentos estilísticos, palmarés en sus filas, y no tanto de pura y dura virtud musical.

Sylva, no obstante, es un peaje inevitable en el camino de Michael League y Julian Buckley. Aquí no hay nada de performance publicitaria contra lo que podría insinuar. El californiano League, compositor de todas las piezas, debutó allá por 2004 formando una big band académica de unos cuarenta músicos donde la mayor parte de sus miembros eran reclutas de la Universidad de North Texas, jóvenes estudiantes de clásico. Buckey, a parte de arreglar y conducir colectivos como la BBC Concert Orchestra, empezó dirigiendo la The Heritage Orchestra, un proyecto de otros, casualmente, cuarenta miembros, en su mayoría jóvenes estudiantes de clásico residentes en Londres.

Y, aunque en este particular, la Metropole Orkest doble en edad a los Snarkys de Brooklyn, han congeniado perfectamente en intenciones artísticas, riesgos y visión. Se echa de menos, no obstante, la veterana batuta de su anterior conductor Vince Mendoza, o una más eficaz a la hora de plantear arreglos. Riesgos decía porque, si algo puede aplaudírsele a este Sylva, son sus ganas de aventura, el atreverse ir un paso más allá de lo formal. Por momentos cinematográfico y templado — los inevitables ecos de italopop de los ’50 al comienzo de The Clearing — , por momentos mestizo, jazzy, coral, rock fusión; toda la obra navega en un constante devenir instrumental de tensiones y pruebas y confluencias electroacústicas donde nunca se pierde el groove. Se pierde, a ratos, un poco el norte.

El peor pecado de Sylva está en el gusto por el exceso. Tal y como dibuja su portada, supone un colorido viaje a través de un bosque que a muchos podría hacérseles un nudo de lisergia. Comparte, como ya intuí en la crítica del Starfire de Jaga Jazzist, ese placer por eternizar y dibujar solos en sucesión sin mesura, pero no a la manera de Miles Davis, echando el resto en cada nota, de morir matando, sino simplemente juguetear como en un local de ensayo sin la objeción de los oyentes externos. Se regodea de dejar fuera al ajeno, dando la espalda a un posible esqueleto propio de las canciones que yacen sobre la partitura y no diluidas sobre la grabación en directo. En Het Energiehuis, Dordrecht, por cierto.

7/10

Los tres primeros temas, Sintra, Flight y Atchafalaya, en cambio, sí poseen esa contención — fíjense en el primer vídeo y en cómo comparten espacio — , sin perder por el camino ese calor cromático del live, de los aplausos y ovaciones del público. Se da entonces una doble lectura malvada: uno no sabe si celebrar el abuso o exigir más de lo anterior. De esto, como viene lo confirmando durante toda su carrera, Michael League es plenamente consciente. De ahí los riesgos. Sylva es un buen disco, con arrebatos de genialidad — los solos de guitarra de Mark Lettier dan para para mil y una escuchas — y con espacios incómodos y dubitativos. Con un Grammy en el bolsillo y los pertinentes enhorabuenas, se puede decir al menos que Sylva es un disco inteligente y un leve tropiezo en la impoluta, a su manera, carrera de estos respectivos colectivos.

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