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Haken — Affinity

Una de las cosas que más me mosqueaba (si me permitís la expresión) de mi madre era la insistencia con la que me recordaba que era clavadito a mi padre. Que tenía sus mismos gestos, que me aclaraba la garganta de la misma forma antes de hablar, que miraba con el mismo desdén a aquel que decía tonterías… Era adolescente en aquel entonces, y como os podéis imaginar, el que me comparase con alguien al que yo anhelaba dejar atrás, me repateaba.

Ese sentimiento, ese ansia de convertirte en el macho alfa que dominará la manada y hará que todos olviden la figura del otrora benefactor es algo que todos, en mayor o menor medida, hemos sentido alguna vez. El ejemplo llegado un momento se convierte en sombra que muchas veces oscurece el horizonte y nubla el pensamiento, y lo que normalmente debería ser manifestación del orgullo de ser quien se es y venir de donde se viene, por el ímpetu del inconsciente arrogante acaba convertido en una absurda competición en la que es evidente quién va a ser el perdedor.

Y así es como todos hemos emprendido nuestro camino hacia la madurez, acompañados de una sensación que por un lado motivaba y por otro producía hastío, casi como si esa sensación fuese imposibilidad de cara a emprender nuestra propia senda y buscar nuestros propios objetivos. Los hay que decidían seguir el mismo camino que su padre por apatía, comodidad o simplemente porque eran incapaces de contradecir a esa verdad inexorable en la que se convierten las palabras de mamá, pero también es frecuente el caso de muchachos que decidieron desarrollar un proyecto de vida totalmente opuesto al que habían vivido en la cotidianeidad del hogar familiar.

El caso es que hay ocasiones en las que por mucho que te alejes, o lo intentes, de los pasos emprendidos por papá antes de que tú siquiera fueses capaz de caminar, terceros no dejan de recordarte lo mucho que te pareces a él. Que si caminas de la misma forma, que si eres igual de serio y callado que él, que si estornudas de la misma manera… la sombra sigue ahí a pesar de que corras incansablemente en dirección contraria. Y claro, la sensación de asfixia se vuelve aún mayor pues el no poder deshacerse del yugo implica cierto fracaso, y ese es un sentimiento para el que un joven nunca está preparado, por estúpido que sea (el fracaso, todos los jóvenes somos estúpidos).

El fracaso es un sentimiento para el que un joven nunca está preparado, por mucho que ese fracaso encarne una estupidez en la que todos caemos

Afortunadamente el tiempo pasa para todos y va dejando lecciones por el camino que, queramos o no, acabamos aprendiendo. La sombra que nos persigue lo hace porque es la nuestra, y eso es algo de lo que todos nos damos cuenta antes o después. Parecerse a papá no es un problema ni debería serlo, ya que llegado el momento todos comprendemos que antes de ser nuestro rival, nuestro papá fue nuestro ídolo, y recordamos como pasamos todas las tardes de nuestra más tierna infancia jugando, precisamente, a ser nuestro papá, a parecernos a él y a vivir las aventuras que él vivía. Cuando nos percatamos de esto, ya fuera de nuestra mente esa estupidez pasajera pero que muchas veces parece perenne, es cuando damos el verdadero valor a las palabras de nuestra madre, al interés que ella tiene en que nosotros no seamos ese hombre del que ella se enamoró, sino que seamos aún mejores si es posible, con independencia del camino que emprendamos.

Eso también nos permite relativizar las palabras de esos terceros que con socarronería nos recordaban nuestro origen y el por qué de todos esas cosas que modulan nuestro comportamiento. “Pues claro que me parezco a mi padre, no me voy a parecer al tuyo” es una frase que yo he acabado entonando con demasiada frecuencia, y cada vez lo he hecho con mayor orgullo, con un ansia desafiante que no para de crecer y cuyo objetivo no es sino defenderme a mí mismo como forma de defender mi origen, como forma de defender qué soy, cómo soy y por qué soy así.

Evidentemente es en este punto en el que de repente te das cuenta de que sí, de que aunque no te dediques a lo mismo que tu padre acabas hablando igual que él, acabas exponiendo tus ideas de la misma forma, incluso acabas utilizando todas esas palabras acabadas en “-mente” de las que te pasaste renegando toda la universidad porque te hastiaba que tu padre las usase continuamente (¿veis?). Y es ahí cuando te ves en la obligación, con la extenuante necesidad, de decirle gracias y hacerlo de la forma de la que mejor sabes, siendo como es él. Claro, lo haces introduciendo tu toque personal porque el homenaje no tiene sentido si no lleva la firma del que lo hace, pero siempre con la clara intención de que se note que esto que has hecho es así porque no puede ser de otra manera, porque aunque el destino no esté escrito hay ritos que todos repetimos llegado el momento porque todos nos vemos en la necesidad de decir gracias mientras demostramos que somos capaces de vivir por nosotros mismos y de ser felices haciéndolo.

Un homenaje no es más que una forma de dar las gracias, y para que el mismo sea completo debe llevar tanto la firma del homenajeado como la del homenajeante

Tras esto la certeza nos demuestra que el enfrentamiento de antaño no tenía sentido y que la deuda ha de ser saldada si realmente queremos que la independencia sea nuestra seña de identidad. Y esto es así porque esta independencia sólo se sostiene si se apoya en las referencias que aprendimos en nuestra infancia, si se cimienta en el ejemplo y en las lecciones que nos ofrece la persona más sabia que tenemos cerca, esa a la que prentendíamos ignorar pero con cuya figura todos acabamos reconciliándolos porque nuestro sueño acaba siendo convertirnos en lo que es él para los que están por venir.

8.5/10

Y esa y no otra es la constatación de nuestra grandeza, el saber reconocer que la sombra que pende no es un lastre sino un acicate, y que si no agradecemos a los que nos lo han dado todo antes o después nos acabaremos quedando sin nada. Si habéis aprendido algo de todo esto no me deis las gracias a mí, dádselas a mi padre tal y como Haken se las acaban de dar a Kansas, a Gentle Giant, a Meshuggah y, cómo no, a Dream Theater. Affinity (Inside Out, 2016) es esto que os acabo de contar, supongo que ya os habréis dado cuenta.

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