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Touché Amoré contra el imperio del sobreanálisis

Son tiempos complicados para que lo que consumimos tenga algo de poso. La democratización que supone Internet, el poder acceder a una oferta inmensa de material cultural en el momento y de la manera que queramos, nos abre las puertas a descubrir muchas cosas estupendas y maravillosas, pero también nos traslada cierta urgencia a los más ansiosos y voraces porque queremos catar mucho material y los días siguen teniendo sólo veinticuatro horas. Yo mismo, desde mi posición de escritor sobre música, estoy casi en la obligación de intentar abarcar lo máximo posible en el menor intervalo de tiempo admisible.

Con esto no quiero decir que pase (pasemos) de puntillas por los discos que escuchamos, pero sí que sucede a veces que esa necesidad de llegar a todo nos lleva a no darle cierto oxígeno a discos que lo necesitan bastante. No voy a venir a quejarme en plan “Old man yells at clouds” de cuando se escuchaban los discos conforme los pillabas de la tienda de discos y te los ponías en bucle porque esa era todo el alcance que uno podía tener. Ya digo que me parece genial poder tener más facilidad para acceder a grupos que, de otra manera, nunca llegaría a descubrir. Pero sí que voy a decir una cosa, sobre todo para aquellos que consumen música de forma muy activa: no nos obsesionemos con los análisis de todo lo que escuchamos. Hay discos que igual no lo requieren tanto.

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Son tiempos nuevos, tiempos salvajes, y “tenemos” que estar escuchando muchos discos distintos a lo largo del tiempo. Pasar una semana atrapado con ese álbum que te ha volado la cabeza y a la siguiente olvidarte de él para ir en búsqueda de la siguiente obra maestra. Darte un capricho con algún trabajo menos pretencioso y luego pasar a otros más complejos y exigentes, aunque eso sí no demasiado, que si no toca ir pasando a otra cosa. Tiempos de dar unas cuantas escuchas para tener una valoración más completa, ir clasificando mentalmente los jitazos y los temas prescindibles, poner la nota en Rate Your Music y a otra cosa. En tiempos así, grupos como Touché Amoré se atreven a sacar discos sacados directamente desde las entrañas de su alma, discos a los que el sobreanálisis o la valoración rápida conforme se escucha está fuera de lugar ya que su propia esencia se contrapone a todo ello.

¿Quiere decir esto que una obra como Stage Four (Epitaph, 2016) no requiere tanto análisis porque no tiene mucho que contar? No, ni mucho menos, todo lo contrario. Es un disco con mucho que contar en muchos aspectos, desde lo puramente musical a lo lírico. La propia crítica musical se ha visto rendida al cuarto esfuerzo de los californianos, con un buen porcentajes de reseñas favorables, aplaudiendo su monumental esfuerzo instrumental y elogiando el desgarrado y sincero esfuerzo de Jeremy Bolm con las letras, centradas en los sentimientos experimentados tras la muerte de su madre. Porque aunque se quiera poner mucho empeño en lo contrario, no se va a poder encontrar un análisis -al menos uno mínimamente profundo- que trate de desligar la obra del contexto que la marca, al igual que sucedía con el Skeleton Tree (Bad Seed Ltd, 2016) de Nick Cave, esto es así. Y de igual manera que sucede con el fabuloso trabajo del australiano, a la semana que viene tocará ir pasando a la siguiente banda o al siguiente artista del que todos tendremos que estar hablando.

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No obstante, yo me opongo a seguir contribuyendo a que esta bola de nieve siga rodando y creciendo. Podría haber aportado aquí mi propia visión del disco, de cómo logra ser más completo que Parting the Sea Between Brightness and Me (Deathwish, 2011) y más incisivo que Is Survived By (Deathwish, 2013), de cómo es capaz de tocar a The National en ‘Skyscraper’ y no morir en el intento, pero eso sería tocar aspectos muy alejados de lo que sería la esencia del álbum. Stage Four no es un disco para ser mirado con lupa, es un disco para ser vivido, para que te destroce por dentro con su intensidad emocional, para dejarte jodido si te pilla en un momento especialmente vulnerable y para regenerar en ti esa sensación de estar vivo aunque el mundo no pare de girar nunca ni de ser un lugar lleno de cosas bastante jodidas.

Incluso con letras tan concretas y dirigidas como estas, al final cada uno puede llegar a tener su propia visión de Stage Four y darle el uso que vea más conveniente. Sería una verdadera lástima que el vertiginoso ritmo de los tiempos actuales -más ahora en septiembre, donde se acumulan muchos lanzamientos seguidos- provocara que este disco pasase sin más por vuestro reproductor sin dejar poso. Yo, por lo menos, no tengo intención de dejarlo de lado. Igual no termina siendo uno de mis discos favoritos del año, pero sí que será uno de los más brutalmente honestos que voy a tener la oportunidad de echarme a la cara. Por eso mismo este artículo lleno de desvaríos es lo más cercano a un análisis del disco que váis a leer por mi parte. Lo terminaré puntuando en Rate Your Music porque es la mejor manera que he encontrado hasta ahora para lidiar con mi diógenes musical, pero tengo bien claro que no pienso permitir que Touché Amoré queden como un grupo más en mi biblioteca.

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