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Real Estate, seis años después, a la salida del letargo

Era casi imposible pero aquí estamos


Cuando las últimas notas de Atlas (Domino, 2014) se apagaron, la decepción había llenado las cuatro paredes de la habitación del mismo insatisfactorio modo que Real Estate habían tratado de tocar las mismas teclas que con tanto tino, pasión y elegancia habían hecho en Days (Domino, 2011). En aquellos tres años de impás la magia se había evaporado, y con ella el ángel de un grupo que, por momentos, rozaba la excelencia en un género trilladísimo.

De ahí que otros tres años después, y ya van seis desde la cima que aún no han logrado superar, cuando Real Estate anunciaron el lanzamiento de In Mind (Domino, 2017), su tercera referencia con el sello y en muchos sentidos su camino sobre el desfiladero, la última opción que podrían tener de reengancharse al vagón del grupo que lograron ser al principio de la década, la reacción natural fuera de escepticismo. No había mucho que creer en unos Real Estate que, a excepción de un buen disco de Ducktails y otro de factura terrible, habían experimentado en solitario sin éxito.

Sorpresas de la vida, pareciera que los tres años que han caminado entre Atlas e In Mind también han servido para que recuperen la sangre en las venas que se dejaron en algún punto remoto de 2012 o 2013. In Mind no es un disco a la altura de Days porque no se ensimisma del mismo modo en trenzados a las seis cuerdas que a rato caminan entre el Paisley Underground y aquella corriente de Ghotic Beach que tanto daño hizo a inicios del decenio. Hay menos aventura y hay mucha más serenidad, pero, de algún modo, Real Estate han recuperado el acolchado agridulce, blando pero inquietante, que hizo de la atmósfera de sus inicios algo tan absorbente.

El juego de realidades luminosas-oscuras en el que Real Estate se sumergían con tanta precisión ha recobrado la vida de antaño y ha permitido que, en In Mind, vuelvan a parecer un grupo fresco, vivaz, capaz de capturar la pasión contenida del corazón en pinceladas de guitarras en eterno diálogo. Da igual que recurran a los mismos trucos infructuosos de Atlas en la recta final del disco: para entonces canciones como ‘Saturday’ recuperan el halo inicial de ‘Stained Glass’, de corte pop, o de ‘Two Arrows’, unos Teenage Fanclub desconectados de la distorsión.

De forma extraña y quebradiza, Real Estate se han encontrado al final de su propia escapada con la madurez soñada a la que, en realidad, apuntaban desde sus inicios. Con las canciones de un grupo que siempre había apuntado hacia una transición y hacia una evolución lenta y tranquila. Con el espíritu de quien tenía más posibilidades de sobrevivir al hype de su generación y de asentarse como un grupo delicioso, a cuentagotas, para siempre.

Es una huida del letargo, y es más que bienvenida.

Actualización: una versión anterior de este artículo decía que Matt Mondanile estaba en la banda, cuando la dejó hace un año.

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