Anuncios

Chelsea Wolfe por fin ha encontrado su hogar

Aunque acomodarse puede acabar jugando en su contra


Hasta ahora, la carrera de Chelsea Wolfe se ha caracterizado por la heterogeneidad y por la reinvención continua, pero esta evolución constante se hizo siempre dentro de unos márgenes y manteniendo ciertas señas. Es decir, daba igual que la cantante se pasase al post-post-punk o probase con la música tradicional lituana, siempre iba a ser en base a ciertos parámetros que hicieran que cada disco suyo sonase inconfundiblemente a la estética de Chelsea Wolfe.

Sus primeros pasos si parecían más marcados, con varios discos enmarcables dentro del folk lo-fi de mucha carga oscura, casi gótica, de entre los que destaca con notoriedad ese soberbio Ἀποκάλυψις (Pendo Sound, 2011) que terminó de ponerla en el mapa para muchos. La base de Wolfe aquí es, sin duda, ella y su guitarra, pero se vale de efectos y toques de producción para profundizar en ese sendero lúgubre y etéreo que será el espírito que marque sus futuros movimientos.

Más tarde, Wolfe dio una vuelta a su sonido dando más peso a los sonidos electrónicos y etéreos, jugando casi a ser una especie de medio camino entre Portishead y Dead Can Dance. Eso sí, Pain is Beauty (Sargent House, 2013) no fue fallido por el atrevimiento o por perder de vista el toque místico y darks que la dio a conocer, sino por la falta de riqueza y profundidad en las piezas, haciendo más importante la forma que el fondo.

No tardó en devolvernos la fe, pero no reculando hacia atrás sino con un nuevo salto al vació que, sin duda, era más consecuente y lógico que el anterior. En Abyss (Sargent House, 2015) vemos a Wolfe desatar por fin ese sonido doom metal que siempre ha subyacido bajo el sonido lo-fi de sus composiciones. Al ser un movimiento más natural para la artista, las composiciones se vieron enriquecidas y más sólidas, conformando uno de sus mejores trabajos.

No obstante, la importancia de un disco como Abyss es mayor que la de mostrar la versatilidad de la artista de Sacramento o para recuperar la confianza perdida. Para Wolfe siempre le había costado conquistar el público del sonido con el que coqueteaba: demasiado retorcida y tenebrosa para el mundo folk y muy poco imaginativa para el terreno de la electrónica. El mundo del metal, sobre todo el metal oscuro y pesado, parecía el entorno más ideal para desarrollar su carrera y encontrar una estabilidad que consolidase definitivamente su figura.

Ella misma parece ser consciente de eso y es por ello que su último movimiento, Hiss Spun (Sargent House, 2017), busca mantener ciertas señas más allá de las clásicas de tono de Wolfe. Incluso se atreve a profundizar más, incorporando algún instante de black metal en la inicial ‘Spun’ o incorporando las voces guturales de Aaron Turner (Isis, Old Man Gloom)en ‘Vex’.

Más allá de algún amago noise y algún toque más crudo aportado por la producción de Kurt Ballou (Converge), la sensación general del nuevo lbum es la de circular en una onda similar a la de su predecesor, lo cual se puede interpretar como un deseo de estabilidad en el hogar donde más cómoda se ha encontrado Wolfe hasta el momento. De momento, poco se le puede reprochar, vistos los resultados.

Sin embargo, y aunque hay que reconocer el nivel notable de Hiss Spun, a lo largo del disco se aprecia que tanta comodidad en el sonido acaba tornándose en conformismo y con algunas piezas resulta fácil desconectar. Es posible que sólo sea algo puntual, pero también podría ser un signo de vuelta a los pecados de Pain is Beauty: dar más importancia al sonido general de la pieza que a la propia composición de la pieza. O igual sólo es sobrerreación mía ante un disco notable aunque inferior a su predecesor. Sólo el tiempo y el futuro desarrollo de la carrera de Chelsea Wolfe nos lo pueden confirmar.

Anuncios