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Bell Witch y la canción más lenta, más triste jamás escrita

Un funeral de bella y larga factura


Dylan Desmond sabía que, desde el momento de su publicación, Mirror Reaper (Profound Lore, 2017) estaría teñido de la perenne sombra de la muerte. Que sería imposible escapar a los análisis mediáticos anclados en el fallecimiento de su amigo y batería original del grupo, Adrien Guerra, y que las reminiscencias temáticas en torno al hecho definitivo, si bien matizadas en un diálogo sobre el espacio que habita entre los muertos y entre los vivos, teñirían de melancolía, pero también de cierto punto legendario, a su tercer y larguísimo disco.

Bell Witch jamás habían sido ajenos a los no-mundos. Su anterior disco, una obra magna del Funeral Doom Metal titulada Four Phantoms (Profound Lore, 2015), se articulaba en torno a cuatro movimientos que mimetizaban a la inversa, como un espejo, el clímax y el anticlímax del disco, alargados a través de secciones riquísimas e interminables de hasta 22 minutos la pieza. En Four Phantoms los fantasmas, los mundos espectrales sobre los que un género tan poético como el Doom Metal había depositado tanta lírica, abrían diálogos que transitaban entre lo terrenal y lo alegórico, entre el más acá y el más allá.

Naturalmente, Desmond quería continuar explorando esta idea tras una exitosa gira mundial y cierta atención de la escena Metal internacional. Para entonces, 2016, el grupo se había roto internamente: Adrien Guerra, según cuenta el propio Desmond en esta entrevista a Noisey, se había consumido en una larga adicción al alcohol. Bell Witch se partió por la mitad, y Guerra fue virtualmente expulsado no sin antes ser sustituido a la batería por Jesse Shreibman, que había ejercido de manager de facto durante la gira.

Para aquel entonces parte de Mirror Reaper ya había sido concebida, y si bien no llevada al estudio en su totalidad, sus líneas maestras habían quedado marcadas. Fuero Shreibman y Desmond quienes moldearon el resultado final: un largo paseo entre la vida y la muerte dividido en dos caras diferenciadas que entablarían un diálogo primero largamente apocalíptico y después desnudo, al modo Slowcore, vaciado de solemnidad y repleto de fragilidad. Y entonces apareció la Gran Igualadora. Una mañana de verano Guerra apareció muerto en su cama. Parada cardíaca. La noticia causó conmoción en Bell Witch y tiñó de amargo duelo una composición que, por otro lado, no había sido concebida desde la pérdida, sino de la mano del propio Guerra. Tan trágico vericueto del destino marcó la resolución definitiva de Mirror Reaper, cuya composición se había gestado a ciegas, en un carácter no finalista, y cuya larga extensión provisional (más de 70 minutos) había sorprendido a los propios Shreibman y Desmond.

https://bellwitch.bandcamp.com/album/mirror-reaper

Fue entonces cuando la figura de Guerra impulsó el cierre final: el estallido de trece minutos al cierre de la canción, planteada como dos caras distintas pero aunadas en un largo single de casi hora y media, que resumía en menos de un cuarto de hora la larguísima, elegantísima introducción instrumental del disco. Funcionaría, pues, como homenaje póstumo al compañero perdido, como añadido compuesto a posteriori en señal de memoria. La culminación definitiva al camino tan ricamente explorado por Bell Witch que se cuela entre la vida y la muerte. La muerte misma, el único destino posible.

De resultas, Mirror Reaper se ha convertido en la canción más lenta jamás escrita, porque en su lentitud imperial, en su longitud improvisada, contiene los elementos clásicos de la balada despojándolos de su esencia. Hay emoción del mismo modo que la había en Four Phantoms, y hay una particular belleza en las notas que vertebran el disco, melancólicas y apagadas, indudablemente más apegadas a la muerte que a la vida. Al contrario que en trabajos anteriores, Bell Witch no se sumergen aquí en el proceso arriba-abajo tan dado al Doom Metal, sino que dividen su narración en dos mitades claras. La primera se puede contar entre las más bonitas y las más atinadas de la cosecha Metal de este mismo año. Sin duda. La segunda, sin embargo, contiene algunos peros. El principal: Bell Witch no es un grupo de Slowcore, por más que el género sólo sea el reverso folk del Doom Metal, muy especialmente de la teatralidad de su variante funeraria. Se antoja larga, excesivamente solitaria, sin un desempeño local que la sostenga por sí misma y en mera repetición mimética de las mismas notas desnudas de la cara A.

Su salvación es el cierre, tan melodramático y gótico, y también tan irónico: en el último instante, la figura de Guerra acude transfigurado en la única sección compuesta tras su muerte, a raíz de su muerte. Y lo hace de espectacular modo, levantando un trabajo que se precipitaba por la irrelevancia en su variante tranquila y adosándolo al cielo de las emociones. De forma paradójica, la vida en Bell Witch es el rito funerario, el lento acompañar de los vivos al descanso eterno de los no-vivos.

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