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Oliver Coates — Shelley’s on Zenn-La

Cuando la música de cámara y la electrónica se revuelcan


No suelen trascender mucho los productores que vienen de una formación musical de conservatorio. Tampoco es que sean muchos, y en ocasiones son aspectos que se pasan por alto. Sin embargo, esa trayectoria, más alejada de productores que se han criado con softwares — o no necesariamente — tras la democratización de la producción electrónica, pueden soltar verdaderas joyas. Ya lo vimos el año pasado con Eternal Something (Erased Tapes, 2017), de Daniel Brandt, uno de los mejores álbumes del pasado curso. De estos terrenos procede también el londinense Oliver Coates, que se ha marcado un trabajazo con Shelley’s on Zenn-La (RVNG, 2018).

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Coates se ha llevado varios premios a nivel internacional como violonchelista, un reputado músico de cámara que ha llegado a colaborar con nombres insignes como Steve Reich o Radiohead. Durante su trayectoria ha jugueteado en esa amplia gama de coordenadas sonoras que hay entre la conocida como neoclásica, la electroacústica y aspectos más minimalistas. Una suerte de experimentaciones con sonidos livianos que han llevado de momento a su punto más álgido en este tercer largo en solitario que publica. Su trabajo más decididamente orientado a la electrónica y en la que esa formación como músico profesional marca un punto que sublima su propuesta.

Un lienzo en el que se difuminan todas las pinturas

Entre la IDM, breaks y neoclásica es por donde más se perfila el trabajo del chelista; sin embargo, tampoco falta orientación de art pop que puede recordar a Julia Holter como ‘A Church’, además también con una voz femenina, nívea, casi fantasmagórica, que se transparenta cuando es atravesada por las delicadas líneas sonoras tejidas por Coates. Es sólo el primer regalo de un álbum en el que este ambiente cómodo y accesible, pero sumamente rico en texturas, como muestran los detalles en diferentes capas prácticamente en todo el disco, discurre suavemente por tus oídos sin que te inmutes.

Una narrativa sólo interrumpida por dos temas cortos de apenas un minuto, ‘Lime’ y ‘Prairie’, en los que el inglés saca a pasear secciones de cuerda y ambientaciones desnudas. A pesar de su belleza, es cuando Coates las arropa con la carcasa completa, cuando el LP y la propia creatividad del productor brillan en su máximo esplendor. Prácticamente desde el cuarto corte hasta el final, Shelley’s on Zenn-La es un regalo absoluto para aquellos que disfrutan de los álbumes con tantas aristas por saborear que casi parece imposible cansarse de escuchar un buen puñado de temas en bucle.

Influencias inevitables pero con un acabado brillante

Uno de ellos es ‘Charlev’, posiblemente el mejor, una pieza de ocho minutos en los que las finas líneas melódicas de sintes, dibujando arpegios, se van cruzando entre sí y estirando en la segunda mitad del tema. Un prisma muy rico a nivel sonoro que se repite en canciones como ‘Norrin Radd Dreaming’, donde se acerca, aunque tímidamente, a Aphex Twin en pequeños detalles de ese característico recurso de ‘sonajero’ que encajaría perfectamente en Drukqs (Warp, 2001), y secciones vocales propias de la nueva etapa del irlandés. Se podría tejer también una línea con este en el siguiente tema, ‘Cello Renoise’, donde saca a relucir sus virtudes como chelista junta a esos breaks en la base que vuelven a circunscribirnos al bueno de Richard.

Una reminiscencia de la que no se puede escapar al escucharlo, y que muestra una especie de simbiosis entre el imaginario de ambos productores. Lo que queda claro, viendo este grandísimo trabajo de Coates englobado dentro de su discografía, es que le da a todo, y como Brandt, la combinación de instrumentos reales, físicos, con el software, ofrece recursos de suma calidad como este disco. Asimismo, más adelante no se puede negar que parece que al artista londinense le ha pegado una de esas etapas de redescubrimiento de Aphex Twin, de cuya red de influencia a veces parece casi imposible escapar, y ha dejado otra rúbrica que recuerda a él en el tema de cierre.

Se trata por tanto de un nuevo álbum en el que Oliver Coates desarrolla su propuesta mucho más que en los trabajos anteriores, estirando sus experimentaciones electrónicas abiertas en discos pasados, aunque aún le queda campo por recorrer en ese sentido. Su interés por la IDM y los breaks, sumado a ese sonido diáfano y evocador como eje vertebrador, hacen de este uno de los trabajos indispensables del 2018 electrónico. Una notable obra de arte de de las que tienen tantos matices que podrías estar días enteros dentro de ella. Unos buenos auriculares y a sumergirse en ella y su determinante sección vocal. Puro talento.

8,5/10

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