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The Prodigy y su conquista electrónica: vida más allá de ‘Smack My Bitch Up’

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A esta hora todo el mundo ya sabe que Keith Flint, vocalista y cara visible de The Prodigy, ha muerto a los 49 años —parece que suicidio según la cuenta de Instagram del grupo—. Miles de seguidores en todo el mundo, y compañeros de generación están virtiendo ahora mismo sus mensajes para sumarse a la sorpresa y lamentar la pérdida. Porque Keith Flint era algo más que la cara visible, que la puta cara demoníaca, era el puñetazo en la cara, el atropello a 200 por hora de los mejores Prodigy. ‘Smack My Bitch Up‘ —de la que se hablará tanto estos días—, ‘Firestarter‘, ‘Out of Space‘, ‘Invaders Must Die‘… Son tantas y tantos los jits que Prodigy han dejado para el recuerdo que hasta aquellos no seguidores del grupo habrán lamentado la pérdida. Porque The Prodigy han sido, son, fueron —difícil encontrar la flexión verbal correcta ahora que se ha ido su firestarter—, además de un grupo profundamente innovador, bastante transversales. Gente de la electrónica, del rock, del pop… son muchas las parroquias que hicieron suyos esos himnos, en mayor o menor medida generacionales.

No tardarán mucho en llegar los tops con sus mejores canciones, las polémicas sobre sus letras u otras cuestiones. Muy lejos quedarán, y quedan, epés como What Evil Lurks (XL, 1991), donde encontrar su primer tema, ‘What Evil Lurks‘, un maravilloso y primigenio corte que anticipaba todo lo que estaba por llegar. Un tema emblemático con la vitalidad y el frenesí que rezumaba el fenómeno rave, como se ve en ese acid suave y se intuye en esa percusión, la característica superposición de los sintetizadores de Liam Howlett. El inicipiente breakbeat hardcore que ha alimentado a tantos. Al final del epé, ya se encontraba ‘Everybody in the Place‘, con esa estructura sonora tan, tan, tan característica de The Prodigy, el auténtico hit del EP —por ello fue single oficial— que extremaba las propuestas que The Black Dog y Meat Beat Manifesto habían abierto unos pocos años antes.

De la rave al estadio

Aunque ese mismo año llegaría la célebre ‘Charly‘, sampleando un programa infantil, lo cual hicieron después otros en los estertores rave de Reino Unido, y Experience (XL, 1992) no llegaría hasta un año después, el espíritu ‘Everybody in the Place‘ es el indudable inicio de los The Prodigy que han pervivido en la conciencia colectiva. Con Experience ya llegaron las primeras hostias a rodabrazo y la agresividad que les sería característica. La combinación de ‘Out Space‘, con ese gran teclado añejo y noventero de espíritu ravero de buen rollo y liberación de temas como ‘Wind It Up‘. Con Out Space y ese timbre secuencial The Prodigy dejaron grabado para siempre la explosión juvenil de toda una generación. Una puerta abierta a la futura electrónica de masas.

Dos años después llegaría Music Music for The Jilted Generation (XL, 1994), un título —como otras canciones del disco— para ofrecer cobijo además de a una generación, a toda una ristra de jóvenes que se sentían desafectos o incomprendidos. Una válvula de escape en la que había más bichos raros —sobre todo Flint— con los que identificarse. Un álbum donde entran las guitarras, una producción más pesada, con una portada para enmarcar y repeler a todos los que habían perseguido y reprimido esas fiestas electrónicas. A los que no entendían o querían entender nada. Una respuesta conceptual y ciertamente punk, y un trabajo de breakbeat, con las formas del big beat que lo petaría, drum ‘n’ bass y todavía esas huellas sonoras menos sofisticadas de la época rave de finales de los 80 y principios de los 90. Por cierto, con vocales certeramente distribuidos para el clímax.

El Big Beat y Keith Flint vienen a secuestrar a tu hijo

Y entonces llegaron los cangrejos. 10 millones de copias vendidas a fecha de 2012. The Fat of The Land (XL, 1997) es obviamente el cenit de la carrera del grupo, el cual no superarían nunca —vaya año, aquél 1997—. La fiebre del Big Beat ya había invadido el mundo para hacer de la electrónica un fenómeno masivo; la electrónica de estadio que en aquellos años reventaron de diferentes formas desde Chemical Brothers hasta Fatboy Slim o Apollo 440, pasando por Prodigy, claro. En The Fat Of The Land ya no hay apenas hueco para aquél sonido emblemático y añejo de la rave. A cambio, una producción mucho más ambiciosa, lista para romper oídos en el mainstream sin contenerse un milímetro, con esas canciones excesivas, las influencias hip hop que traía el trip hop de las islas y tres singles para poner del revés el escenario. De eso es de lo que se encargaba el bueno de Keith Flint, con su actitud y con su estética. Era la imagen de The Fat of The Land y la imagen reconocible de Prodigy. A veces más incendiaria que su propia música.

Después de aquello el grupo de Essex tardó bastante en entrar al estudio, lógicamente. A ver qué sacas después de eso. Con el tiempo, demostraron que aún eran una máquina sobradamente engrasada para el directo, salvo ya entrada esta década, donde alguno de sus directos podía mostrar que ya no tenían la pegada en directo de antaño. Eso sí, siguieron fabricando hits para tararear y hacer pogos en los festivales. Aunque dentro de unos discos que ya pasaban sin pena ni gloria. De hecho, en 2018 publicaron un LP, pero pasó desapercibido lógicamente. The Day Is My Enemy ya era un álbum bastante mediocre.

Parte del imaginario y las anécdotas de varias generaciones

En cualquier caso, si tenían el día, y en espacio cerrado, aún podías encontrarte con normalidad los dientes de Keith Flint tocándote la frente y saliendo sudado de la sala, como Prodigy hicieron durante años. Impacta aún ver en sus redes imágenes de la gira en febrero y el jarro de agua fría para los más acérrimos es tremendo. Prodigy fueron una máquina incansable de jitazos, una de las formaciones que masificó la electrónica y que también abrieron muchos caminos. Obviamente hoy no se explican sin ellos nombres masivos como los de Pendulum o Skrillex, pero tampoco el de nombres de su generación como The Chrystal Method o tantos otros que cogieron prestados esos breaks de forma tangencial en sus producciones de IDM.

Con Keith Flint se va la cara excesiva y arrolladora de The Prodigy. Como mencionábamos más arriba, uno de esos proyectos electrónicos transversales, capaces de aunar a gente en antípodas musicalmente. Todos unidos por el baile como forma de liberación. La sacudida con la que escapar de la monotonía diaria. El mandato rave que Prodigy llevaban en su ADN y que tan bien transmitía Flint. Descanse en paz.

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