Bowie y los conciertos que nunca existieron

Aquella tarde de junio de hace más de una década yo estaba, como casi todo el rato aquel año, en el piso de unos amigos de la facultad que se había convertido en nuestro centro de operaciones. Era finales de mes, habían terminado exámenes y en realidad tenían que ir limpiando y vaciándolo ya, pero en vez de eso estábamos todos allí perdiendo el tiempo, como siempre. Escuchando algún disco, viendo una película en mute fumando porros, rajando de alguien y poniendo motes imposibles, cosas así. Entonces me sonó el teléfono. Descolgué y un amigo, sin decir ni hola, empezó a leer una nota de prensa: “La promotora no sé qué lamenta comunicar…”. No sé cuántas palabras le dejé pronunciar antes de empezar a berrear “¡nononono!”, creo que no muchas. Él siguió leyendo el comunicado hasta el final mientras yo seguía berreando y el resto de la gente me miraba pensando que se había muerto alguien o algo así. Bowie acababa de cancelar el concierto que iba a dar en Santiago en sólo un par de semanas. Y yo tenía ganas de romperle la cara a alguien.

La Xunta pre-recesión de Fraga había soltado el talonario y para los llamados Concertos do Milenio, con la excusa de promocionar el Xacobeo, se había traído a The Cure, a Iggy Pop, a Muse y a sensaciones del momento como (ejem) The Darkness. Pero lo más esperado, el concierto que de verdad destacaba y que suponía el salto de calidad definitivo, era el de Bowie. Siempre decimos que los regresos, y más ahora con la fiebre de los festivales para treintañeros, crea un poco de efecto burbuja y es verdad que a finales de los 90, después de una década de discos reguleros, su popularidad declinó bastante (es flipante imaginarse a Bowie tocando en Aqualung hoy en día) pero a principios de la década pasada, con Reality recién publicado, Bowie era ya de nuevo un referente para varias generaciones. Lo más de lo más. Aquella lesión de espalda nos dejó sin concierto y yo todavía estoy de mala leche por aquello.

En mi cabeza he vuelto una y otra vez a aquel concierto. Me he me imaginado cómo habría sido, cómo me lo habría pasado, quién de mis colegas habría puesto pegas, quién lo habría dado todo. He llegado incluso a especular con el setlist, sobre al todo al descubrir que por aquella época abría con ‘Rebel Rebel’, y me he imaginado lo jodidamente enorme que habría sido aquello. Aunque bueno, habría sido jodidamente enorme de todas maneras, incluso si hubiese abierto, por ejemplo, con el single del momento, aquella ‘New Killer Star’ que era y sigue siendo un auténtico temazo. Aquello habría sido fantástico, pero nunca ocurrió porque aquel “dolor persistente en el hombro” no lo permitió y aquel concierto nunca tuvo lugar.

Supongo que una de las grandes diferencias entre quienes se dedican de manera profesional a informar, escribir u opinar sobre música y los que lo hacemos por (literalmente) amor al arte es que son tantas las cosas que llegas a disfrutar como aquéllas que, muy a tu pesar, se te escapan. Tantos los grandes discos que escuchas como los que te quedan por escuchar, tantos los conciertos a los que vas como aquéllos que las obligaciones, las distancias o los precios hacen imposible. Bowie se ha muerto hoy y a mí me gustaría escribir algo muy poético sobre cómo los conciertos que nunca existieron son los mejores, porque nunca te pueden decepcionar y todas esas cosas. Pero no es verdad: los buenos son los que ocurren y permanecen en tu memoria, los que te dejan ver de cerca a tu ídolo (véase, a medio kilómetro y con veinte cabezas de por medio) y disfrutar de sus temas en comunión con centenares de personas. Bowie se ha muerto hoy y yo ni siquiera tengo mi batallita de contar.

Vuelve aquí, cabrón, y dame el concierto que me debes. Te voy a echar de menos.

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