Christina Rosenvinge — Lo nuestro

Hay algún déjà-vu incierto. Sensaciones que crees haber vivido antes (en fin, ya sabéis qué es un déjà-vu), pero que, cuando lo repasas bien en tu memoria, te das cuenta que no es así. O bien estabas en una cafetería diferente, y la conversación que estás manteniendo tampoco es con la misma persona, y simplemente haces memoria y te repites en el mismo discurso, sea quien sea. O bien estás sentado en el cine, viendo una escena de una película que crees haber visto ya antes, pero obviamente no es así. En fin, que la cabeza nos juega a veces malas pasadas. O no tan malas, no conviente exagerar, pero sí nos confunde cuando, a la postre, ves que poco tenía que ver lo que en un principio imaginaste, con la realidad.

La Rosenvinge como siempre: muy bien, gracias

Ese grito, ese salvaje aullido que pone final a ‘La tejedora’, el corte que abre el disco que hoy nos ocupa, me trajo a la mente otro chillido estremecedor, el que, de la mano de ‘The Mountain’, ponía final al sobresaliente White Chalk, de PJ Harvey. A posteriori, uno ve que las similitudes entre aquel disco y este Lo nuestro (El Segell, 2015) de Christina Rosenvinge, se acaban prácticamente ahí. El octavo disco en solitario de la madrileña no tiene el aire rupturista de White Chalk, está perfectamente encadenado con sus trabajos previos. Además, sigue manteniendo ese notable nivel al que la Rosenvinge nos tiene acostumbrados. Muy notable.

Desde ese inicio asfixiante, que melódicamente recuerda a las canciones más oscuras de aquel Nacho Vegas con el que tanto compartió, Lo nuestro mantiene una pujanza firme, con mucho de ecléctico. Se adivina ya en los siguientes cortes, de vertiente mucho más pop, aunque facturando esa cadencia de formas muy distintas. Entre la sutileza de ‘Pobre Nicolás’ y el hedonismo banal de ‘Lo que te falta’ distan galaxias, que se evidencian más al escucharlas así, tan seguidas. La segunda es menos habitual entre las producciones de Christina Rosenvinge. Tardamos en acostumbrarnos a ese sonido directo y sin artificios y, sin embargo, también acabamos rindiéndonos a la evidencia.

Es difícil valorar si Lo nuestro es el mejor disco entregado hasta hoy por Rosenvinge. Lo que sí podríamos concluir es que se trata del más completo

Es difícil valorar, a estas alturas, si Lo nuestro es el mejor disco entregado hasta hoy por Rosenvinge. Pero el mero hecho de que opte a serlo ya habla de la calidad que aquí dentro se va a encontrar. Lo que sí podríamos concluir es que se trata del más completo. Además, ella lo ha hecho casi todo. A las labores habituales de trabajar melodías y letras (unas letras de enorme calidad, extensísimas y muy cuidadas), Christina ha sumado en esta cosa la de productora. Sí, por ahí también anda, con mucho peso, Raül Fernández, pero el peso de la compositora ha sido enorme en esas faenas. Ahí los coros infantiles de ‘Alguien tendrá la culpa’, allí los pequeños respingos de la arquitectura de interior en ‘Romeo y los demás’.

8/10

La Christina Rosenvinge oscura, la mordaz, la que juega a imaginarse su propia muerte entre el veneno expulsado por la muchedumbre en ‘La muy puta’ es la que más nos gusta. La que alcanza la excelencia que pocas veces abandona a Lo nuestro. La que confirma el eclecticismo cuando va de la mano del hombre normal de ‘Segundo acto’. La que pone a Rosenvinge entre lo más alto de la canción de autor por estos lares. Lugar que, por otra parte, le es conocido desde hace tiempo. Que ni ha abandonado nunca, ni tiene la impresión de querer hacerlo en el futuro, entregando piezas tan bien embaladas como ‘Balada obscena’ enormemente inspirada. Christina, la belleza como rutina.