Doctor Sueño, crítica: humo y reflejos

Sacar un rara avis en el mercado cinematográfico actual, cada vez más dividido entre superproducciones y pelis pequeñas con menos espacio para cosas intermedias, es profesión de riesgo. Aunque, aparte del evidente riesgo económico que ninguna corporación quiere considerar siquiera, está también en la manera en la que se va a ver recibida en una era de redes sociales donde hay que ver rápido aquello que esté acaparando la conversación cultural en ese momento y tener aún más rápido la opinión sobre el tema.

Igual por eso es más complicado encontrarle espacio a ciertas cosas, sobre todo en el cine de terror actual que parece cada vez más polarizado entre modestos -en el presupuesto por lo menos- ejercicios de arte/ensayo puramente autorales y producciones de vocación más mainstream, independientemente del presupuesto. Aún así, qué agradecidas son cintas como Doctor Sueño (Mike Flanagan, 2019) que rechazan la fácil clasificación y hasta te invitan a replantearte no pocas veces cómo te sientes al respecto con ellas.

Quizá sea más complicado encontrar cosas así porque no hay tantos Mike Flanagan en el mercado, capaz de no morir en el intento de quedarse entre medias del autor total y del artesano eficaz. Su evolución es grata y sorprendente, pasando de un director capaz de sacar adelante producciones exiguas que se acomoden bien ante un espectador medio a ser un director de sello distinguible con un buen ojo a la hora de adaptar obras al medio audiovisual. Pasar de resolver con acierto producciones como Hush (2016) o El Juego de Gerald (2017) a destaparse por completo con la serie La Maldición de Hill House (2018) es algo que pocos pueden lograr, pero mucho menos los hay que aprovechen su cheque en blanco tras su mayor éxito en intentar hacer una continuación de la película de terror más inimitable y alabada de todos los tiempos (que se lo digan a Mick Garris y su miniserie).

Posiblemente por la condición de culto de El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980), Flanagan opte por la sensata decisión de alejarse todo lo posible de ella en sus decisiones estéticas y de desarrollo de la historia, aunque nunca dejando de reconocer su importancia. También, como toda buena adaptación de Stephen King debería hacer, lo hace sin pegarse del todo a la obra original, que es la otra vía posible, aunque sí lo suficiente para respetar los conceptos y temáticas principales y para tomar la arriesgada decisión de limitar el avance del argumento (y lo puramente terrorífico) durante la primera de sus dos horas y media de duración para hacer un concienzudo estudio de los personajes y sus conflictos -algo que eventualmente termina ofreciendo recompensa en el final-.

El ritmo narrativo será una piedra en el camino para un espectador menos habituado a trabajos de este tipo, pero su estructura resulta lo suficientemente convencional -aunque también algo episódica y muy literaria- para no espantarlo de igual manera que lo hacen unos Ari Aster o Robert Eggers. Este desarrollo casi de cine superhéroico (no es acaso el resplandor un superpoder) sin renunciar a decisiones creativas marcadas hacen de Doctor Sueño una obra estimable que evita comparaciones fáciles y nos obliga a hablar de ella en sus propios términos, no en los de Stanley Kubrick o los de King.

Flanagan sale bien parado del reto aquí, incluso aunque esta no sea una obra definitiva o, al menos, una sin decisiones que podamos cuestionar -no estoy seguro de que 150 minutos sean necesarios para esta historia y, aunque me moleste menos que a otros, intentar el juego de espejos no juega en su beneficio-. Pero vuelve a hacer otro estupendo relato sobre traumas arrastrados desde la infancia y la lucha con los demonios internos, su terror de nuevo es efectivo y nos deja a una estupenda Rebecca Ferguson como líder de un escuadrón de vampiros vapeadores (?). Y deja el espacio para cintas de terror que no sean sólo entretenimiento intrascendente o sacadas de chorra autorales continuas (por mucho que alguien como yo las disfrute).