El Camino: una película de Breaking Bad, crítica: apreciable aunque innecesaria despedida

Seguro que uno cuando hace ficción se replantea mil veces lo que está haciendo mientras lo está haciendo, pero sobre todo se cuestionará muchas veces a qué cuestiones merece la pena dar respuesta y a cuáles no. Porque es inevitable que el público no venga con determinadas preguntas a las que, de manera legítima, consideran importante que haya respuesta, aunque el creador elija deliberadamente no darlas al no considerarlas relevantes para lo que está contando.

Se da mucho en las series, y el ejemplo más claro está en Breaking Bad, con ese final para el personaje de Jesse Pinkman donde le vemos partir hacia alguna parte después de ser liberado de su cautiverio por un grupo neonazi. Mucha gente quería respuesta sobre qué pasaba con Jesse después de su expresión de júbilo al ser libre, ya que con Walter White sí tuvimos un final cerrado. Y aunque pueda ser legítimo querer respuesta a tal cuestión (al final, Pinkman era un personaje muy querido y casi se puede considerar el corazón de la serie) eso no la hace más pertinente o va a mejorar lo que tenemos. La belleza de los finales abiertos es que nos permiten como espectador poner un poco de nuestra parte y dar nuestra propia interpretación a lo que sucede en base a lo que hemos visto.

Pero la realidad no cambia el hecho de que mucha gente quiere conocer el destino de un personaje tan querido, y quizás ese ansia haya sido la motivación para que exista El Camino: una película de Breaking Bad (Vince Gilligan, 2019). Y una vez obtenido, no queda demasiado claro qué hacer con él. La reacción general ha sido cuestionarse la necesidad de hacer esto, muy probablemente porque la propia película no hace mucho para justificar su existencia. Y tampoco es que una serie como Better Call Saul tenga más necesidad de existir que esta película, pero supo justificarse casi de inmediato (sus fans entusiastas lo demuestra) aún sin ser algo la mitad de reclamado.

Quizá porque Better Call Saul se siente como una oportunidad de conocer a ese amigo de uno de tu grupo de amigos con el que sólo has coincidido y luego descubres que tiene más de lo que creías, mientras que El Camino es como volver a ver ese amigo del grupo del que te distanciaste. Os ponéis al día, te cuenta que fue de él poco después de que perdierais el contacto, recordáis momentos entrañables que compartisteis y hasta comentáis como uno tiene más arrugas y peina canas mientras que el otro ha cogido unos cuantos kilos.

Aunque la nostalgia pueda ser bonita, en realidad no aporta nada. El aire crepuscular que tiñe la película y su alto valor de producción no camufla el hecho de que este epílogo quiere condensar varios momentos que transmitan satisfacción sin lograr ofrecer un relato reflexivo sobre su protagonista o una historia convincente. Los reencuentros deberían despertar emociones, pero están demasiado pintados con números para ello. Al final todo se puede resumir con Jesse Plemmons, al que vemos en una forma física diferente a la que tenía cuando terminó la serie: El Camino quiere recuperar un aura y una sensación que ya no está ahí, quizá porque nosotros también nos hayamos hecho viejos o quizá porque la magia no se puede recrear tan fácil. Y a pesar de que pasar dos horas de nuevo con Jesse Pinkman suenen apetecibles, igual son tan fútiles como intentar recuperar el contacto con alguien a quien no ves desde hace años.