El cine de terror “elevado” siempre corre el riesgo de convertirse en parodia de si mismo cuando trata de empujar aún más lejos sus extremos, refiriéndose a esto como sus ideas más excéntricas como a sus nada disimulados homenajes a cineastas clásicos influyentes pero no directamente ligados al cine de género. Pero que me aspen si no es fascinante ver a algunos como lo intentan.

Uno de los nombres potentes de esta nueva ola es Robert Eggers, que ha logrado tal distinción con un único estreno en salas comerciales: La Bruja. No ha necesitado mucho más, ya que su visceral aproximación al fundamentalismo religioso más enfervorecido, a las perversiones reprimidas y al abrazo de la paranoia despertó el interés de propios y extraños. Incluso con todo lo discutida que ha sido, no cabe duda de que ha logrado algo muy personal empleando elementos ajenos, desde referencias cinéfilas al folklore británico.

Es normal que, después del fervor, Eggers decidiera redoblar su apuesta. Que se le haya ligado con un remake de Nosferatu nos da las pistas de todo lo que podemos esperar de El Faro, una pelicula que bebe mucho de ese tipo de cine. Lo demuestra desde su particular fotografía en blanco y negro, con mucho grano y ratio prácticamente cuadrado (1.19:1) que se puede interpretar como un esfuerzo demasiado obvio en subrayar la opresión de sus personajes, y lo demuestra en la manera en la que transmite el terror mediante una puesta en escena portentosa y una narración psicodélica. A lo largo de los 110 minutos de metraje vemos una sucesión de secuencias demenciales y deliberadamente ambiguas para que nos estemos cuestionando todo el rato lo que se nos está contando.

Eggers juega bien con ese sentimiento de incomodidad, pero es también consciente de que tiene todas las de ganar centrando el juego en sus dos personajes, escritos de forma tanto maravillosa como retorcidamente cabrona. Y es consciente, también, que esa estimulante confrontación no sería posible sin dos actores tan inspirados como lo están aquí Robert Pattinson y Willem Dafoe. Cada intercambio entre ellos es una delicia, cada plano de sus caras; un cuadro expresionista. Uno puede sentir todo el rato la tensión entre ellos que no se descarga ni siquiera con los inesperados chispazos de humor (lo último que espera de una pelicula así). Y esa es otra, El Faro es una película inesperada pero fascinantemente graciosa. Te la puedes tomar como una buddy movie sobre lo desesperante de compartir piso con otra persona y no pierde fuerza.

Pero los mayores triunfos de Eggers son el poder volver a tocar sus obsesiones (los ambientes opresivos, la represión sexual, el aislamiento, la paranoia) de una manera diferente y poder volver a tirar de elementos ajenos (el cine expresionista alemán, el horror de Edgard Allan Poe, el mito de Prometeo, la literatura de Herman Melville) sin que deje de sentirse que estamos ante una obra propia. Quizá lo más estimulante sea ver cómo sigue empujando los limites de su cine sin perderse del todo en sí mismo. Ver cómo estruja la paciencia del espectador para que entre en su juego, quiera o no. O quizá sea la sensación de que haya conseguido algo muy cercano a una obra maestra pero aún parezca que tiene mucho que decir en el futuro.