El Irlandés, crítica: el dolor de su mirada

Antes de producirse la muerte de David Bowie, buena parte de nosotros habíamos tenido oportunidad de escuchar Blackstar, su última obra. Aunque buena parte de la narrativa de aquel disco fue marcada por la conexión entre su muerte y los temas del disco, no teníamos realmente conciencia de que Bowie se estaba muriendo mientras lo estaba haciendo. Sin embargo, aún sin saberlo, ya percibíamos la obra de un artista confrontando su mortalidad, su fragilidad, y tratando de encontrar la paz con ella.

Viendo la última obra de Martin Scorsese, mi mente no ha podido evitar conectar con aquel Blackstar. No porque de la sensación de que estemos ante su última obra (el director ya está preparando su próxima producción, Killers of the Flower Moon) o porque parezca que se vaya a morir (Dios nos libre de ese duro momento durante un tiempo), pero el aire crepuscular que ha decidido abrazar, esa reconciliación que parece tener con su propia fragilidad y esa deconstrucción que realiza de sí mismo hacen una buena rima con el disco de Bowie, incluso aunque ninguna de sus canciones podría sonar en la película por cuestiones temporales.

Volver al cine de gangster sen El Irlandés parecía un movimiento seguro por su parte ya que sus obras más populares, o las que más asocia el cinéfilo medio con él, se adscriben a dicho género (aunque la popularidad de dichas cintas no ha sido suficiente para que un estudio que no fuera de streaming apostara por el proyecto). Nada más lejos, aunque la deconstrucción del cine criminal que hace Scorsese aquí no deja de ser una ampliación de la visión crítica que siempre ha tenido el director con nuestra fascinación por estos criminales, como atestiguan las escenas finales de Taxi Driver (1976), Uno de los Nuestros (1990) o El Lobo de Wall Street (2013).

Pero el tono apesadumbrado y sombrío que tiñe la última producción de Netflix ya supone una ruptura con los momentos más glamurosos y, por qué no decirlo, divertidos de sus otras cintas criminales. Aunque recorremos parte del camino que otras cintas ya han recorrido, la narración nos ofrece un trayecto diferente. Los tejemanejes criminales ya no transmiten tanto lujo y se percibe una densidad que da un nuevo carácter a lo que vemos. Cuando vemos en acción a la versión joven de Frank Sheeran (Robert De Niro) no hay glorioso dinamismo, hay crudeza y sequedad, como si de un trámite burocrático se tratara. Hay momentos de diversión (la reunión en Florida, por ejemplo), pero la gravedad parece pesar de manera distinta aquí.

Este tono da otra perspectiva a las luchas de poderes los personajes más arriba en el tramado criminal, especialmente los de Joe Pesci y Al Pacino, que parecen agarrarse al poder con la esperanza de que el tiempo no les termine de pasar por encima. Esa lucha por la vigencia, que se puede leer de forma metatextual, y ese empeño por establecer en sus propios términos el lugar que ocupan en la memoria es la mayor tragedia que relatan estas tres horas y media de historia.

Y esta lucha por el lugar que ocupamos en la memoria de otros, también interpretable de manera metatextual, es la que sustenta el auténtico corazón de esta historia: la relación entre Sheeran y su hija, interpretada por Anna Paquin en su versión adulta. Se ha discutido mucho su papel en la película, criticando su falta de diálogos o “participación activa” en el relato. Pero es justo ese silencio, esa distancia cada vez mayor y esas miradas que hablan más que páginas enteras de diálogo todo lo que necesitamos para apreciar como esa sombra se proyecta a lo largo de la película, especialmente en un tramo final emocionalmente devastador y prácticamente perfecto que está desde ya entre lo mejor del director.

Tres horas y media pueden ser una barrera importante para mucha gente, y puedo entenderlo, y hay hasta quién acusará de momentos especialmente redundantes o ya vistos en su filmografía. Hay pelis que son largas por diferentes motivos, unas por necesidad narrativa y otras que emplean el metraje extenso para transmitir mejor el paso del tiempo. El Irlandés lo es por ambas razones. Cada instante de la película está perfectamente colocado para establecer las relaciones, para incrementar la tensión y para dejar perfectamente atada la tesis de la cinta. Cada escena es su propio microcosmos del que no puedes apartar la retina por la fascinación y todas en conjunto sostienen una galaxia inabarcable y asombrosa.

Pero resulta absurdo poner pegas a la duración especialmente por la agilidad por la que pasamos por la trama y por el ritmazo que mantiene siempre la película, algo por lo que Thelma Schoonmaker, una de las mejores editoras de siempre, se merece un altar (otro más). De hecho, cualquier pega casi se siente mundana ante semejante éxtasis cinematográfico de uno de los mejores de siempre, que añade otra obra maestra esencial a su catálogo y al de Netflix. Da igual la pantalla, Martin Scorsese siempre será cine en estado puro.