Erase una vez… en Hollywood: Aquel verano en el que lo perdimos todo

Este artículo contiene varios spoilers de Erase una vez… en Hollywood. Te aconsejamos guardarlo en Pocket o en otra lista de lectura para después de ver la película.

Parece otra de esas escenas “de relleno” que Quentin Tarantino parece meter para su propio gusto, pero es en esa escena donde se encuentra el alma de la película. Rick Dalton, otrora estrella de cine interpretada por Leonardo DiCaprio, se sienta al lado de una niña actriz que figura en el piloto que está rodando y esta le habla sobre “El Método” del actor y sobre lo inspiradora que es la figura de Walt Disney, “un genio que sólo sale una vez cada 50 o 100 años” (a Tarantino se le puede acusar de autor ensimismado, pero tiene clarísimo el momento que vivimos).

Es entonces cuando Dalton empieza a verse a sí mismo en la novela de vaqueros que está leyendo. Conforme le explica a la niña la historia de un domador de caballos cada vez más lastrado por las lesiones y la edad, la estrella va destruyéndose por dentro poco a poco al terminar de asumir su propia irrelevancia, aquella que ya le había comentado antes un productor (Al Pacino) para convencerle de hacer esos spaghetti westerns que Dalton considera “basura”. El tiempo y los excesos le han pasado por encima.

No será la última vez que Tarantino comente en Erase una vez… en Hollywood sobre el poder de la cultura de masas en nosotros, el público, sobre todo de aquellos considerados subproductos, como la “literatura barata” o los seriales de televisión. Pacino le advierte a la estrella que demasiados pilotos haciendo del villano que es vapuleado iban a pasar factura a su imagen pública, pero es con uno de esos roles (en el serial F.B.I., que vemos como casi toda Los Ángeles se reúne a ver religiosamente) con lo que consigue convencer a uno de los directores italianos que Dalton es el protagonista que andan buscando.

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Erase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

Todos estos detalles conforman el comentario que acaba siendo la verdadera historia de Erase una vez… en Hollywood, una fábula idílica donde Tarantino nos habla de un momento y lugar casi onírico, antes de que el cinismo y el terror terminase con el último gramo de inocencia. No pocos han acusado al director de hacer una película en la que “no pasa nada” o de divagar en exceso lanzando a sus tres protagonistas en direcciones diferentes a lo largo del metraje, aislándolos casi aunque sus historias estén más ligadas de lo que puedan (podamos) creer.

Lo cierto es que no tenemos aquí una historia que progrese de manera tradicional, sea siguiendo una historia de venganza (Kill Bill, Django Desencadenado) o una intriga whodunnit (Reservoir Dogs, Los Odiosos Ocho). En su lugar, nos acercamos a algo más parecido a lo que sucedía en Pulp Fiction -otra película en la que no “pasa nada”, si lo pensáis- donde somos lanzados de lleno a un tiempo y un lugar que se sientes como reales, aunque no lo sean, y observamos a personajes que se sienten auténticos, y probablemente lo sean, cada uno en su propia película que, en realidad, forma parte de otra película más grande. Una inabarcable.

No digo esto con afan de equiparar en calidad ambas películas, cuando ni siquiera son comparables en estilo aunque vengan del mismo autor. El Tarantino de 1995 era un joven con bastante más colmillo y más jugueton que el actual, más maduro y reposado pero no falto de ganas de que se haga justicia. El autor de hoy día prefiere fantasear con reescribir la historia, sean incinerar a Hitler o cargándose la esclavitud a balazo limpio. Erase una vez… continúa esta tendencia hasta tal punto que hasta se imagina (y realiza) su propia versión de La Gran Evasión (John Sturges, 1963) con la cabeza de DiCaprio colocada digitalmente sobre la de Steve McQueen. Es otra manera de ser juguetón.

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Erase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

Si su ficción antigua ordenaba sus secuencias en un orden casi aleatorio por puro descaro y ganas de transgredir, aquí recorremos de forma más lineal (con algunos flashbacks) la película que vive cada personaje para quedarnos atrapados en sus batallitas y acabemos cogiéndoles el mismo cariño con el que Tarantino los escribió. Tres historias individuales pero complementarias y destinadas a encontrarse:

1. El camino a la irrelevancia del Rick Dalton de (un soberbio) DiCaprio y su último intento por quitarse el polvo de encima, aunque sea por impresionar a esa niña pequeña, mientras sigue sumergido en su propio mar de contradicciones e inseguridades.

2. La relegación al ostracismo del especialista Cliff Booth (magnífico Brad Pitt), un personaje complejo, fascinante pero también aterrador, que toma contacto directo con la amenaza inminente que en nuestra realidad cambiaría el mundo occidental para siempre. Booth, al igual que en su rememorada pelea con Bruce Lee, evita inicialmente la confrontación porque tampoco es que esté para tonterías, pero no va a dudar en soltar el puño si le hace falta.

3. La aproximación al nuevo y excitante Hollywood a través de Sharon Tate, un personaje con el que Quentin ha querido hacer justicia a toda costa y que aprecia tanto que no ha querido mancillarla con alguno de sus diálogos zafios, conteniéndose en todo momento y haciendo un retrato suyo de manera visual mostrándonos, mediante la forma de moverse en escena de Margot Robbie y observando a la auténtica Sharon en la pantalla de cine, todo aquello que se nos pasa recordar al hablar de ella como la víctima de la Familia Manson. Aunque pasando a veces la línea que separa el homenaje de la fetichización, Tate pasa directamente a la lista de los personajes escritos con más cariño por parte del director, junto a La Novia de Uma Thurman y la Jackie Brown de Pam Grier. No hay más que ver cómo habla de ella el Steve McQueen de Damien Lewis, lamentando que “Nunca tuve una oportunidad”.

3. La aproximación al nuevo y excitante Hollywood a través de Sharon Tate, un personaje con el que Quentin ha querido hacer justicia a toda costa y que aprecia tanto que no ha querido mancillarla con alguno de sus diálogos zafios, conteniéndose en todo momento y haciendo un retrato suyo de manera visual mostrándonos, mediante la forma de moverse en escena de Margot Robbie y observando a la auténtica Sharon en la pantalla de cine, todo aquello que se nos pasa recordar al hablar de ella como la víctima de la Familia Manson. Aunque pasando a veces la línea que separa el homenaje de la fetichización, Tate pasa directamente a la lista de los personajes escritos con más cariño por parte del director, junto a La Novia de Uma Thurman y la Jackie Brown de Pam Grier. No hay más que ver cómo habla de ella el Steve McQueen de Damien Lewis, lamentando que “Nunca tuve una oportunidad”.

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Erase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

Tarantino lamenta no haber tenido nunca la oportunidad de haber escrito un personaje que la auténtica Sharon Tate fuese a interpretar, al igual que lamenta la pérdida de aquel Hollywood sustraído por ese Charles Manson cuya sombra se alarga durante todo el film. No sorprende que Quentin guardase toda su mala leche y su rabia para ese final donde se desquita a gusto con esos acólitos que acaban apaleados, cosidos a dentelladas y hasta incineradas. Una fantasía muy retorcida, aunque bienintencionada, cuya complejidad nos trae a unos de los mejores autores de las últimas tres décadas todavía encontrando maneras de desafiar su propio estilo sin quebrantarlo, dejando en el camino uno de sus esfuerzos más estimulantes de siempre. Y también una de las películas más incalculables del año.

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Érase una vez... en Hollywood
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