Estafadoras de Wall Street, crítica: baila como si todos te estuvieran mirando

Glamour y sangre.

Glamour y sangre.

By in Estafadoras de Wall Street, Jennifer Lopez
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Una de las claves más apreciables del cine de Martin Scorsese, al menos así lo asegura su editora Thelma Schoonmaker, es su interés por las personas situadas en la zona gris del espectro, alejadas de los extremos de “héroe” y “villano”, o incluso ese tan recurrido “antihéroe”. Su habilidad reside en colocarnos con personajes moralmente cuestionables, que no hayan tocado los extremos de la maldad pura pero que tampoco se puedan considerar los buenos de la historia, y lograr que sigamos su viaje desde la empatía (que no la simpatía, eso es otra cosa), manteniendo nuestro interés en ellos hasta el final.

Una vez vista, no resulta extraño descubrir Estafadoras de Wall Street (Lorene Scafaria, 2019) fuera ofrecida al seminal director italoamericano. La esencia de su cine se puede ver en esta historia de supervivencia de un grupo de bailarinas de stiptease que, empujadas a los márgenes por un sistema caníbal, deciden hacer suya la guerra contra los peores ejemplares del sistema, los chupópteros de Wall Street, embarcándose en un camino donde empiezan como heroínas de su propia historia pero acaban por no reconocer quién es esa que ven en el espejo con la ropa llena de sangre. A pesar de las evidentes diferencias, no es complicado apreciar reminiscencias a esa manera de ver el abismo hasta que éste de devuelve la mirada que definía Uno de los nuestros (1990).

No es extraño tampoco que en cierto punto este proyecto recayera en Adam McKay, ya que se aprecian esas ganas de revancha ante los peores representantes del capitalismo voraz y hasta cierta tendencia a su simplificación que también tenía La Gran Apuesta (2015). Sin embargo, McKay animó a Lorene Scafaria que dirigiera esta cinta además de escribirla, lo que sin duda ha jugado en beneficio del conjunto. Scafaria, al igual que McKay, se le nota aquí cierta veneración por la forma de retratar de Scorsese y toma las lecciones correctas de su cine -mejor que, ejem, algunas-. La directora muestra a estas mujeres con cariño y empatía, pero también sabe tomar la distancia suficiente para hacer su retrato más complicado y, por extensión, más interesante.

Scafaria, además, no renuncia a darle cierta vocación mainstream a la película que, viendo la estupenda recepción en la taquilla americana, se ha mostrado acertada. El viaje de los personajes de Constance Wu y de Jennifer Lopez está bien trazado y es tan estimulante a nivel cinéfilo como la cuidada estética de la película, pero su estructura narrativa la hace muy entretenida de seguir y su buen uso de lo lúdico y de los tropos del cine de atracos son lo que la hacen tan divertida de ver. Sabe, además, ofrecer un relato empoderador interesante y que no se siente vacío, como pecan tantas producciones mainstream que lo quieren llevar a toda costa en la solapa -a todos nos vienen a la cabeza unas cuantas-.

Hay momentos donde la cinta a veces corre riesgo de perder pie por completo, como cuando abusa del recurso del flashback dentro del flashback, cuando caricaturiza al extremo a los brókers hasta que se pierde cierta sensación de riesgo en la historia, o cuando se zambulle en una densidad emocional que no siempre funciona, como en los peores momentos de La Gran Apuesta. Sin embargo, nada que no compensen su contagiosa energía, lo esplendida que esta Jennifer Lopez (quiere ese Oscar y lo quiere ya) y su inteligencia emocional, sabiendo también cuándo tomarse en serio a sí misma y cuándo no. Va a hacer una doble sesión estupenda junto a Magic Mike (Steven Soderbergh, 2013) de aquí en adelante.