Géminis, crítica: Will Smith en guerra consigo mismo y con su pasado

Existe cierto punto metanarrativo en ver a un Will Smith de 51 años siendo perseguido por una versión joven de él mismo, de alrededor de la época de El Principe de Bel-Air. Lo cierto es que al actor/rapero/estrella/ahora-también-youtuber parece haberle cazado el tiempo, al contrario que muchas estrellas veteranas que a día de hoy cuentan con una segunda o vida (o de alguna manera prolongan la primera): Tom Cruise, Keanu Reeves, Brad Pitt o Leonardo DiCaprio se van repartiendo los titulares en tabloides que los catalogan como “la última gran estrella de cine”, pero a Smith es al que más le está costando mantenerse a flote, teniendo que aceptar roles secundarios en cosas como Aladdin (Guy Ritchie, 2019) para seguir manteniéndose en la memoria del público.

Es también curioso observar esta historia como reflejo de en qué punto se encuentra la carrera de su director. Lejos queda el Ang Lee del pasado, que conquistaba a base de su exquisitez a la hora de narrar historias ya fuera en dramas como Sentido y Sensibilidad (1995) o Brokeback Mountain (2005) o incluso en proyectos más grandes y con más acción, y ahora tenemos a un autor obsesionado con las posibilidades tecnológicas hasta el punto de que no se sabe si estas le han acabado comiendo a él. Desde el 3D con el que estilizó La Vida de Pi (2012) hasta la revolución de los 120fps introducidos en Billy Lynn (2014) que causó más confusión que fascinación.

Resulta más divertido extraer estas lecturas extracinematográficas que intentar rascar alguna interesante de la historia tan plana que tiene Géminis (Ang Lee, 2019). Su guión, que ha ido circulando entre despachos de Hollywood de los 90 y se nota en ese carácter tan de serie B básico que destila (casi te imaginas a alguien como Van Damme en la época protagonizándolo), sufre de lo que se puede apreciar como continuo parcheado fruto de las diversas reescrituras por las que ha pasado, incluyendo por las manos del ahora infame David Benioff, creador y guionista de Juego de Tronos.

Pero lo que más chirria de este guión es justo lo que más lo relaciona con Benioff, un escritor que suele primar lo sorprendente sobre la profundidad narrativa (“Themes are for eighth-grade book reports”). Así, poco se puede extraer de una sencillísima, aunque demasiado intrincada, historia de ciencia ficción con poca reflexión sobre el militarismo y las implicaciones éticas de la clonación, aunque apunte tímidamente hacia allí. Su premisa de “hombre sometido a presión extraordinaria que le impide ser él mismo y tomar sus decisiones” así como algunos conflictos paternofiliares permiten que Géminis conecte temáticamente con el resto de cintas de Lee, aunque éste ya explorase mejor dichos temas en sus otras obras.

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Géminis (Ang Lee, 2019)

Lo más interesante lo podemos encontrar en la dirección de Ang Lee, que encuentra una interesante mezcla entre su acción exagerada que tanto marcó Tigre y Dragón (2000) y su versión de Hulk (2003) -que ha envejecido mejor de lo que recuerdas- con el cine de intrigas y espías que explotó en Deseo, Peligro (2007). Pero incluso ahí ofrece resultados mezclados, con escenas de acción con una planificación soberbia y momentos impresionantes, como esa persecución en motocicleta que concluye usando las propias motocicletas con un complicado equilibrio entre lo fantástico y lo absurdo, pero algo deslucidos por el uso de una tecnología que, teóricamente, debería contribuir a añadir espectacularidad a los momentos de acción.

No diré que Lee no ande en lo cierto diciendo que rodar en 4K a 120fps pueda ser el futuro del cine (estoy seguro que veremos muchos ejemplos en años venideros), pero ahora mismo la tecnología puntera no se pone tan a servicio de la acción como se esperaba, sobre todo cuando las salas de cine actuales no están equipadas para proyectar en las condiciones óptimas requeridas. El resultado a veces luce próximo al videojuego, y eso cuando no recuerda a cuando ves una peli en un televisor con el suavizado de imagen a tope, así que existen momentos donde te sientes fuera de la acción que estás observando, cuando el buscado hiperrealismo justamente busca una inmersión mayor.

Así, uno se queda sin disfrutar cual gorrino en cochiquera de esas escenas de acción que habrían alejado a Géminis de lo ordinario. Y eso sin tocar el tema del rejuvenecimiento facial aplicado a Will Smith para hacer su versión joven, con instantes que dan cierta grima cuando no directamente desastrosos (esa coda) que empeoran una actuación ya de por sí muy floja por parte de Smith en ambas versiones (aunque quizá peor en la versión joven, pero lo más grave es que el propio Ang Lee se lo pidió). 

De hecho, la dirección de actores del director taiwanés aquí deja muchísimo que desear, ya que todos ofrecen la versión más anodina y olvidable de sí mismos, salvando quizás a Benedict Wong que siempre se agradece cuando sale, dejándonos la sensación de estar atrapados en un blockbuster random de 2007 (el reparto también parece muy 2007, por cierto). Y esa sensación de randomez, de falta de conflicto interno en su protagonista, y de quedarse a medio gas en todo hace de Géminis un blockbuster de otra época en muchos aspectos, pero sobre todo la hace fallida y algo innecesaria. Será más recordada por la aportación tecnológica que por ofrecer algo al blockbuster actual o a la carrera de Ang Lee, que va necesitando ya de algún salvavidas.