No me suele apetecer empezar críticas como esta tocando temas ya ampliamente discutidos y de los que ya hay opiniones más que formadas, pero en este caso parece inevitable, así que allá va: ¿Es justo atribuir responsabilidades a películas como Joker (Todd Philips, 2019) de, potencialmente, alentar a posibles criminales y terroristas que hagan una mala lectura de las mismas? Si lo es, ¿hay que permitir que existan? La respuesta no es sencilla, porque las películas no existen en un vacío. La gente las ve, las procesa y las encaja dentro de su sistema de valores. Por tanto, individuos peligrosos pueden extraer lecciones erróneas de obras de arte con intenciones lejanas a legitimar acciones violentas.

Sin embargo, la evidencia actual no muestra que haya realmente una relación causal. Aunque existan casos de asesinos cuya motivación surgió tras leer El Guardián entre el Centeno, o Charles Manson inspirándose en el White Album de The Beatles para incitar a cometer crímenes brutales, se ha demostrado que las obras de arte no son realmente responsables de crear nuevos criminales y terroristas. Que estas cuestiones surjan alrededor de una película que nos pone en la perspectiva de un personaje peligroso y busque explicar sus motivaciones son, más bien, reflejo de cómo hemos tomado conciencia del peligro que justo esta película señala.

Pero una cinta como Joker no deja de ser el siguiente paso lógico en un cine de superhéroes que va poniendo cada vez más esfuerzos en dar motivaciones creíbles y empatizables en los antagonistas de la función. Aunque hemos tenido la trilogía de Batman dirigida Christopher Nolan como excepción, los villanos han solido pecar de planos e incluso olvidables en buena parte del cine superheroico. Pero el último año hemos visto como por ejemplo Marvel se puso las pilas hasta el punto de ponernos rivales con los que se podría estar de acuerdo con sus tesis (Killmonger en Black Panther) o incluso pasan a ser los protagonistas encubiertos (Thanos en Infinity War). Incluso tuvimos una peli que reconfiguraba un villano para acercarlo al antiheroismo en Venom (Ruben Fleischer, 2018).

Al mismo tiempo, Todd Phillips tiene toda la intención de alejarse de las tendencias del género, por eso sus referentes son otros. Su manera de acercarse a un individuo al borde del colapso recuerda sin tapujos a obras de Martin Scorsese, al que también recurre en su anterior obra y primer acercamiento dramático, Juego de Armas (2016). Por supuesto, vais a leer mucha mención tanto a Taxi Driver (1976) como a El Rey de la Comedia (1982), también bastante a La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1972) por su retrato tanto de un agente del caos como de una sociedad rota. Pero la película que más nos puede preparar para lo que ofrece Joker es una bastante diferente a ellas: La Gran Apuesta (Adam McKay, 2015). 

La carrera de McKay y la de Phillips guardan muchos paralelismos: ambos son directores que vienen de la comedia y brillaron bastante en ese terreno, pero llegado a cierto punto decidieron virar a un cine más serio y adulto, con bastante denuncia social (ya presente en cierta medida en sus comedias) y con Scorsese como referente clarísimo. Ambos directores muy solventes a la hora de realizar y que suelen tener cierto tino en sus ideas, pero también algo pagados de sí mismos, como tomándose demasiado en serio ahora que le dan cierta patina de respetabilidad a su cine.

No es lo mismo tomarse a uno mismo en serio que serlo, o aparentar ser audaz que serlo. Al igual que conocer ciertas referencias no implica tenerlas asimiladas. Juego de Armas tenía claro a qué películas de Scorsese mirar (Uno de los Nuestros y El Lobo de Wall Street resaltan de forma obvia), pero carece de la pericia y el alma que lucen dichas películas, y el resultado se resiente por ello. Los peores momentos de Joker también.

Joker (Todd Phillips, 2019)

Phillips se muestra atinado en sus ambiciones, no teme meterse en jardines como contar la enfermedad mental que padece el protagonista, los traumas que lleva a cuestas, su compleja relación con su madre, su insatisfacción con la sociedad, la desconexión de las élites económicas y políticas con la ciudadanía o la relación que establece con el personaje de Zazie Beetz (la peli es consciente de cómo intuíamos que iba a ser y le acaba dando la vuelta con solvencia y sorpresa). Son temas en los que habría sido muy fácil patinar, como también buscar que empaticemos con el personaje y acabar cayendo en su glorificación, pero la peli sabe recorrer esa fina línea irse al traste en el intento.

El problema está más bien en la manera de abordarlo, tan marcado por el brochazo gordo que suele señalarse en otras cintas de superhéroes. En otros casos no me molestaría tanto, pero Phillips y su peli han puesto bastante hincapié en la importancia de lo que están haciendo y la inteligencia con la que lo están haciendo, casi dándose una buena palmadita en la espalda por el esfuerzo. Sabe dónde señalar, poniendo en evidencia tanto a unas élites podridas como a los gritones inconscientes capaces de idolatrar a un psicópata para impulsar una revolución que suena a barbarie, pero toca los temas con de manera más superficial de la que quiere aparentar. Y con más subrayado del que es necesario para una cinta supuestamente inteligente, casi como si no confiara en la inteligencia de su espectador.

Ese cierto aura de saberse (o creerse) muy perspicaz y singular, incluso cuando acaba tocando ciertos terrenos comunes del cine superheroico (¡hasta hay conflictos paternofiliares!), deslucen algunos de sus múltiples aciertos, que los tiene. Por fortuna, la cinta tiene también virtudes técnicas remarcables que la elevan independientemente de la pericia de su director, como esa increíble fotografía de Lawrence Sher que realza las emociones de cada escena, un fluido e inspirado montaje, una portentosa banda sonora de Hildur Guðnadóttir y la actuación principal de un Joaquin Phoenix nuevamente brillante. Su Joker sabe beber de todos los Jokers anteriores al suyo y encuentra terreno inexplorado e estimulante, con una composición de personaje completa y una interpretación magnífica. Todo lo que se esperaba y más. Se entiende que vaya a ser casi el rival a batir en la próxima gala de los Oscar.

Así, queda un trabajo de resultados mezclados, que sabe retratar a un personaje torturado que causa una revolución que, en el fondo, le da igual sin dejar de remarcar (a veces en exceso) lo poco que nos podemos fiar de él como narrador y como figura inspiradora. La película nos ofrece un acercamiento a una figura del caos que ofrece cierta complejidad, pero que se percibe a sí misma demasiado sagaz para lo ortodoxa que termina siendo. Sus pretensiones son agradecidas, y llegan a ser disfrutables, pero Joker no tiene realmente tanto en su interior para mirar por encima del hombro a otras cintas de superhéroes de este año, ya ni hablemos de ser la revolución en el género de la que ya se está hablando, como si este año no hubiéramos tenido esfuerzos realmente valientes y heterodoxos como Glass (M. Night Shyamalan, 2019).

Abajo podéis ver un número de estrellas que reflejan de manera aproximada cómo me siento acerca de la película, y he tenido dudas de qué número se aproximaba bastante a ello, ya que tres casi parecen quedarse cortas pero cuatro se tornan excesivas. De momento opto por tres, marcando mi equidistancia ante el entusiasmo enfervorecido que ha generado entre fans y cierta parte de la crítica y también del desprecio y ensañamiento que enarbolan sus detractores.