Mientras Dure la Guerra: equidistancia famélica

Jugar a hacer un film neutral desde un punto de vista ideológico es una tarea complicada, por no decir imposible ya la experiencia de visionado de cada individuo es (valga la redundancia) personal y, por tanto, tamizada por la manera en la que percibe el mundo. Esa experiencia subjetiva es la que nos lleva a una conexión especial con el audiovisual que vemos (lo cual es bonito) aunque también nos lleva a interpretar ciertas imágenes de una manera que probablemente los autores nunca hayan tenido en mente a la hora de crearlas (lo cual, a su manera, también es bonito). Es posible que el problema esté cuando confundimos nuestra interpretación con intenciones.

Por tanto, los intentos de hacer un film neutral se pueden perder en la mirada del espectador. Por citar un ejemplo más o menos reciente, según a quién preguntes te dirá una cosa u otra sobre qué posición toma La Noche más Oscura (Kathryn Bigelow, 2012) sobre los interrogatorios con tortura, si los critica o si los legitima, aunque no busque más que relatar las situaciones de la forma más fidedigna posible, con una intención más documental que crítica. Y en los tiempos que corren, relatar desde una posición deliberadamente equidistante corre el riesgo de ser tomado con desdén por posturas que demandan (o se oponen) una postura política más definida.

Resulta curioso que ahora Alejandro Amenábar decida utilizar dicho enfoque para su última obra, cuando nunca ha tenido problemas en dejar caer su postura en temas tan espinosos como la eutanasia en Mar Adentro (2004), o de relatar el arrinconamiento de las fuerzas intelectuales ante un griterío fanático y opresivo de fuerzas más conservadoras, como en Agora (2009) o en Regresión (2015). Aunque tampoco andan tan alejadas del todo.

Que la figura de Miguel de Unamuno sea la protagonista en Mientras Dure la Guerra es otra manera nueva encuentra Amenábar para volver a reivindicar la razón frente a la barbarie. De reclamar sosiego y reflexión ante la exaltación y el derramamiento del sangre. Su escena más importante, ese clímax donde se recrea el instante donde el escritor lanzó su reconocible “venceréis, pero no convenceréis” durante la Fiesta de la Raza, parece apuntar a ello.

Sin embargo, aunque el personaje tenga dicho momento cumbre, Amenábar no se conforma con hacer un relato exaltador de Unamuno y se atreve (gracias también a un notable Karra Elejalde) a jugar con ciertas contradicciones presentes en su vida, así como señalar sin tapujos ciertos errores como dar su apoyo económico al bando sublevado que lo aprovechó para reforzarse militarmente de cara al alzamiento, aunque no tuviera la intención de llegar a ese extremo. Las constantes escenas de ensoñaciones reflejan de manera (poco sutil y bien de subrayado) la permisividad excesiva de los supuestos intelectuales que los más vociferantes aprovechan para ponerse al frente.

Mientras Dure la Guerra (Alejando Amenábar, 2019)

Esta reivindicación (y también algo de autocrítica) de la “Tercera España” que se sitúa al margen de las otras dos en constante conflicto se ha empleado como una arma arrojadiza entre los detractores de la cinta, acusando al director de hacer un ejercicio de equidistancia ante una amenaza tan seria como la extrema derecha y el fascismo. Yo, desde luego, no desacredito las intenciones de esta obra, buscando la conciliación entre las fuerzas desde la neutralidad del tablero (algo que podría comentar, aunque este texto no va de eso), pero sí que veo criticable el retrato de lo que supuestamente señala, que impide que el resultado alcance a sus pretensiones.

A pesar de contraponer de forma clara a esa “Tercera España” frente a los extremistas de los dos bandos (bordeando el cuñadismo del “en ambos bandos se mataron personas”), sólo uno de los dos acaba recibiendo un trato más humanizante y complejo en la película. Quizá con sentido, dado que el instante clave de Unamuno en la película es frente a los fascistas, no a los dos bandos, pero poniendo a estos como la fuerza antagonista ante el escritor, acaban siendo tocados de manera más competa y quedan más definidos (aunque no todos, algunos momentos de Millán-Astray rozan el chanantismo).

El caso de Francisco Franco resulta paradigmático, buscando un retrato que muestre sus aspectos como persona, pero sin dejar de denunciar sus atrocidades (la escena de su reunión con Unamuno y Carmen Polo muestra lo limitado y cruel de su perspectiva). No existe una figura así que represente el lado republicano, siendo lo más cercano el personaje de Salvador Vila, profesor universitario amigo de Miguel de Unamuno que aparece como figura con la que establecer discusión ideológica pero siempre a merced del personaje protagonista, nunca adquiere agenda propia. Esta diferencia de trato choca con las pretensiones supuestamente centrales.

Bien por intenciones ideológicas que se acaban colando o bien por incapacidad de llegar a sus ambiciones por falta de elaborar y dar más poso a un guión algo esmirriado, Mientras Dura la Guerra nunca termina de ofrecer un retrato contundente e interesante, recorriendo los mismos lugares comunes que otras cintas biográficas complacientes como El Instante más Oscuro (Joe Wright, 2017). Su puesta en escena resulta impactante, como en el biopic de Winston Churchill con la que se hermana bastante bien, pero también peca de inerte y hasta de recrearse en una trascendencia que nunca llega a construir y queda falsa. Y Amenábar lleva ya demasiadas seguidas donde acaba cayendo en lo mismo.

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Mientras Dure la Guerra (Alejandro Amenábar, 2019)
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