Recientemente salió la noticia de que Sylvester Stallone tenía intención de devolver la vida a dos producciones clásicas suyas en forma de secuelas: Cobra (George P. Cosmatos, 1986) y Tango y Cash (Andréi Konchalovski, 1989). Esta resucción tiene bastante que ver con cómo funciona Hollywood en los últimos tiempos, buscando cualquier propiedad intelectual que se pueda explotar, pero no representa una rareza para el propio Stallone, que no ha sido receloso en el pasado en volver a algunos de sus personajes.

Con el estreno de Rambo: Last Blood (Adrian Grunberg, 2019) veremos a Sly por quinta vez en el papel del soldado John Rambo. Sólo con la saga Rocky ha interpretado más veces un mismo personaje, y muchos podrían argumentar que es el papel de boxeador el que más gloria le ha traído. La primera fue la película que le catapultó al estrellato y la misma alcanzaría la cima de ganar Mejor Película en los Premios Oscar. Sus dos nominaciones al Oscar como actor le llegaron como Rocky Balboa, tanto por la primera película como en su spin-off Creed (Ryan Coogler, 2015), y también fue nominado como guionista por la primera. Entre sus 5 pelis más taquilleras, tres son de Rocky (la primera, la tercera y la cuarta). Sí, se puede argumentar que Rocky es su saga más emblemática.

La idea original de este artículo iba a ser más bien un recopilatorio de las mejores y peores películas de Stallone, para intentar comprender más el auge y caída, con posterior resurgir, de su carrera. Sin embargo, no hace falta moverse entre esfuerzos de acción testosteronil y deplorables comedias para hacer una composición general de su carrera. Todo, tanto lo bueno como lo malo, lo podemos encontrar en la que se puede argumentar como su saga más representativa: la saga de First Blood.

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Estuvimos muy cerca de tener una versión de Acorralado (Ted Kotcheff, 1982) muy diferente a la que obtuvimos. La novela de David Morrell captó muy pronto el interés de Hollywood y el proyecto se trató de sacar adelante involucrando varios nombres. El guión, que al final recayó en Michael Kozoll y William Sackheim, pasó por decenas de despachos y miles de nombres se llegaron a asociar al proyecto, tanto para protagonizarlo (Burt Lancaster, Kirk Douglas, Steve McQueen, Robert DeNiro, Dustin Hoffman) como para otros papeles secundarios (Gene Hackman o Robert Duvall como el sheriff, Lee Marvin como el Coronel Trautman y también para el propio papel de John Rambo).

Cuando Stallone muestra su interés en el proyecto, la cosa empieza a arrancar de verdad. Consiguen cerrar un presupuesto de 17 millones de dolares y Sly reescribe ese guión que ha ido pasando de mano en mano y se ha modificado hasta la saciedad. Con un artesano como Kotcheff, logran una palpitante pieza con mayor profundidad dramática de la que mucha gente recuerda. Convertido en una maquina de cazar y matar para una guerra a la que acudió persuadido por un Estado que no tardó en darle la espalda a su regreso, donde sus paisanos le llegó a repudiar, John Rambo trata de encontrar allí algo a lo que poder llamar hogar. Pero se le es negado constantemente y, espoleado por el acoso policial de un pueblo pequeño de Washington, decide tomar represalias.

Sustentando en unas secuencias de caza y de acción apasionantes, la peli sube constantemente en intensidad hasta el final donde Rambo ya se queda sin opciones. Está acorralado. Y entonces, después de mantener el rosto estoico durante la mayor parte de los 90 minutos de metraje, el veterano de Vietnam se derrumba ante su Coronel, dando rienda suelta a las emociones que se ha visto obligado a reprimir por orden de ese mismo Coronel para convertirse en el guerrero definitivo. El intenso y emocionante discurso lo es más gracias a un Stallone entregado que es plenamente consciente que el film requiere que en ese momento suba las emociones y la actuación over 9.000.

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Vista de nuevo, casi no parece pertenecer a la misma saga que continuaría pocos años después con Rambo: Acorralado, parte II (George P. Cosmatos, 1985). El grueso estudio de personaje y la interesante reflexión sobre la relación de Estados Unidos con los que regresaron de Vietnam se quedan en el camino y se recrudece la acción y la violencia. Stallone supervisaría y puliría la labor de escritura con un joven James Cameron que se topo diversos obstáculos a la hora de aportar densidad emocional y poso a esta secuela. Aunque la idea detrás de algunas secuencias de acción parecen llevar su firma, el aclamado director se muestra siempre receloso a la hora de reconocer su aportación a la cinta y a la saga.

La pericia a la hora de rodar de Cosmatos ayudaría a sacar adelante un espectáculo de explotación disfrutable y competente, dentro de sus limitaciones en varios aspectos. El éxito fue rotundo a nivel de público, con una recaudación de 300 millones de dólares en todo el mundo y con la aprobación del presidente Ronald Reagan, que veía reflejado los valores que quería para su nación en el personaje de John Rambo. Dado el exitazo y lo poco que solía rechazar el actor las continuaciones de proyectos (ese mismo año lanzó la cuarta de Rocky), la tercera parte parecía inevitable.

Sin embargo, la cosa no iba del todo como la seda. Sly había recibido algunos topazos comerciales y empezaba a verse superado por la otra gran estrella de cine de acción de la época, Arnold Schwarzenegger. Tras rechazar varios guiones, contactaron con un por entonces inexperto Sheldon Lettich, cuyo guión también sería retocado por Stallone. Russell Mulcahy, escogido como director, fue despedido poco antes de comenzar la producción, recurriendo a un directo de segunda unidad como Peter McDonald para capear el temporal, aunque nunca con el menor atisbo de libertad para poder darle cierto valor a la película y al personaje.

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El resultado no respondió a las expectativas, ni comerciales ni del público (la mayor parte de la crítica ya se bajó con la anterior), y Rambo III (1988) carga aún a día de hoy con el dudoso honor de ser la peor entrega de la saga. Y con todo merecimiento, con una acción que se muestra más plana y aburrida que nunca y con una total falta de exploración dramática del personaje, al que ni el hecho de tener que rescatar a su mentor acaba rascando un mínimo de poso. Un explotation barato difícilmente memorable.

Creativamente la película representó uno de los puntos más bajos en lo creativo para Stallone, lo que unido al posterior tropiezo de la quinta Rocky y sus deplorables intentos en la comedia en un intento de igualar la estela de “Chuache” le llevaron a un punto muy bajo en su carrera como estrella y paró la producción de secuelas. Dejando pasar hasta décadas para oxigenar, el actor recuperó sus dos personajes más queridos con más ganas que nunca, sentándose en la silla de director de manera definitiva para Rocky Balboa (2006, Sylvester Stallone) y recuperando un cierto crédito (tampoco demasiado).

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Pero es con John Rambo (2008, Sylvester Stallone) donde sorprende gratamente y ofrece un ejemplo de cómo mostrar evolución en una franquicia y de actualizarla para ponerla al día con lo que se lleva. El resultado es el más refrescante y estimulante desde la primera película, volviendo a recuperar toda la humanidad de un personaje ya veterano, alejado de todo y absolutamente cínico con todo lo que le rodea… Hasta que una nueva aventura le lleva a una particular reflexión y evolución personal (a grosso modo, por supuesto, esto no es Malick) que le lleva a una reconciliación con el género humano y consigo mismo tras la última matanza.

Y qué matanza, señores. De Stallone se pueden decir mil cosas, pero es un hombre que entiende realmente cómo reacciona el público y es consciente de que la única forma de competir con superproducciones de cientos de millones de presupuesto desde sus limitaciones presupuestales es redoblando la apuesta. La acción es bestia y muy gore, a conciencia, sabiendo que el impacto de la imagen dejará huella en la memoria aunque sea a machetazos (o en este caso, a metrallazo limpio o arrancando gaznates). Una orgía sangrienta sólo para estómagos duros que puedan apreciar la belleza de una acción trepidante y desbordada, pero nunca descontrolada. Una obra macarra pero también madura, que representa el mejor esfuerzo de Sylvester como director.

Ahora el panorama es distinto. Los blockbuster cada vez son más inmensos, de escalas mayores, y resulta complejo imaginar cómo encajar producciones locas pero modestas de poco más de hora cuarenta de duración protagonizadas por un veterano de Vietnam de 70 palos armado con un arco y su instinto. Cierto es que ahora las propiedades intelectuales preexistentes van a partir con ventaja comercial con respecto a producciones originales, así que la quinta entrega de un personaje reconocido de la cultura popular debería encontrar su hueco. Sólo el tiempo dirá que lugar acabará ocupando Rambo: Last Blood (Adrian Grunberg, 2019) en el futuro y en la propia saga (spoiler, viendo las primeras reacciones: pinta mal).

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