Martin Scorsese explica su postura sobre Marvel y la industria del cine: «ha desaparecido la tensión»

Hoy, en un nuevo capítulo de el cuento de nunca acabar entre Autores de Cine vs Universo Cinematográfico de Marvel, el que ha propiciado este incansable debate (que no el causante, hay que pedirle responsabilidades al que le hizo la pregunta en primer lugar) ha decidido exponer en sus propias palabras su postura sobre el tema.

En una columna publicada en el New York Times, Martin Scorsese ha explicado los motivos por los que su percepción de lo que es cine está «tan alejado de el universo Marvel como la Tierra lo está de Alpha Centauri».

Para mí, para los cineastas que he llegado a adorar y respetar, para mis amigos que empezaron a hacer películas al mismo tiempo que yo, el cine va de revelación: revelación estética, emocional y espiritual. Va de personajes: la complejidad de la gente y su naturaleza contradictorias y en ocasiones paradójica, la manera en la que se dañan entre ellos y se aman entre ellos y de repente encontrarse cara a cara con ellos mismos.

Se trataba sobre confrontar lo inesperado en pantalla y en la vida que se dramatizaba y se interpretaba, de ampliar la percepción de lo que era posible como forma de arte. Y esa era la clave para nosotros: era una forma de arte.

Scorsese denominó en su momento que consideraba franquicias como la de Marvel como «parques de atracciones». En la columna le podemos ver hablar de las películas de Alfred Hitchcock, dado que para él «eran nuestra franquicia», de cómo cada una era un evento y que en cierta manera eran también «como parques de atracciones». Pero la diferencia con las películas actuales, para él, está en la ausencia de «las emociones y las sacudidas» a las que gente como él volvía cada vez.

Muchos de los elementos que yo defino como cine están en las películas de Marvel. Lo que no hay en ellas es revelación, misterio o peligro emocional genuino. No hay nada en riesgo. Las películas están hechas para satisfacer una específica selección de exigencias, y están diseñadas como variaciones de un finito número de temas.

Son secuelas de nombre, pero remakes en espíritu, y todo en ellas está oficialmente sancionado porque no puede ser de otra manera. Esa es la naturaleza de las franquicias modernas: investigaciones de mercado, probadas en audiencias, vetadas, modificadas, revestidas y remodificadas hasta que estén listas para consumo.

Otra manera de decirlo sería que son todo lo que no son las películas de Paul Thomas Anderson, o Claire Denis, o Spike Lee, o Ari Aster, o Kathryn Bigelow, o Wes Anderson. Cuando veo una película de estos cineastas, se que voy a ver algo totalmente nuevo y voy a ser llevado a inesperadas e incluso innombrables áreas de experiencia. Se va a expandir mi percepción de lo que es posible en contar historias con imágenes en movimiento y sonidos.

Scorsese no se queda ahí y señala que el problema reside, sobre todo, en el mercado cinematográfico siendo devorado por estas películas y reduce el espacio para otras películas en las carteleras, relacionándolo con sus dificultades para poder proyectar El Irlandés, su última película. Para él, no es un asunto de «darle a la gente lo que quiere» sino más bien un simil del caso del huevo y la gallina: «Si la gente sólo recibe de manera continua una clase de cosa, por supuesto que van a querer más de esa cosa».

En los últimos 20 años, el negocio del cine ha cambiado en todos los frentes. Pero el cambio más siniestro ha ocurrido a hurtadillas y en la oscuridad de la noche: la gradual pero constante eliminación del riesgo. Muchas películas actuales son productos perfectamente manufacturados para consumo inmediato. Muchas están hechas por equipos de individuos talentosos. Todo lo mismo, careciendo de algo esencial para el cine: la visión unificadora de de un artista. Porque el artista individual es el factor más arriesgado de todos.

No estoy insinuando que las películas deberían ser una forma de arte subvencionada, o que lo hayan sido en algún momento. Cuando el sistema de Hollywood estaba en forma, la tensión entre artistas y la gente que llevaba el negocio era constante e intensa, pero era una tensión productiva que nos ha proporcionado algunas de las mejores películas de todos los tiempos.

Hoy esa tensión ha desaparecido, y algunos en el negocio con absoluta indiferencia a la mera cuestión de arte y una actitud hacia la historia del cine que es, al mismo tiempo, desdeñosa y patentada: una combinación letal. Tristemente, la situación es que tenemos dos campos separados: hay entretenimiento audiovisual global y hay cine. De vez en cuando, ambos se superponen, pero eso se está volviendo cada vez más raro. Y temo que la dominación financiera de uno sea utilizada para marginalizar e incluso empequeñecer la existencia del resto.

Su conclusión: » Para cualquiera que sueñe con hacer películas o que esté empezando, la situación en este momento es brutal e inhóspita para el arte. Y el mero hecho de escribir estas palabras me llena de terrible tristeza».