Este mes se ha cumplido 30 años de Uno de los nuestros, la obra maestra de Martin Scorsese que sigue funcionando como un tiro tras todos estos años y sigue siendo uno de sus trabajos más completos. Ya sólo por escenas como el plano secuencia de la cita en el Copacabana, una obra maestra dentro de otra, la película se ganó el cielo.

Pero, ¿cómo se llegó a armar esta secuencia continua de 3 minutos donde nos introducimos por las entrañas de un local de Nueva York al ritmo de The Crystals? Bueno, en eso vamos a entrar.

“Esto va a ser un desastre”

Como viene siendo habitual con Scorsese, el resultado no se pudo lograr si algo de pelea. El director estaba ya en plena producción y decidió que para operar la cámara no había mejor elección que Larry McConkey, con quien había trabajado cinco años antes haciendo ¡Jo, qué noche!. Scorsese trató de venderle la idea de hacer una escena donde los personajes se intruducen en la trastienda de un local nocturo de Nueva York en un plano continuo sin cortes.

No fue hasta que McConkey se encontró in situ y con la producción ya bien avanzada cuando comprendió la complejidad de lo que el cineasta buscaba. Scorsese quería capturar cada instante de Henry Hill y Karen desde que aparcan fuera del local hasta que se sientan en su lugar reservado. En un ensayo junto al operador, el director de fotografía Michael Ballhaus, los actores y un par más de personas del equipo, el director detallo cada paso y cómo lo iban a capturar empleando una steadycam. “No habían storyboads”, recuerda McConkey, “era él hablando”.

El intercambio de ideas comenzó pronto durante ese ensayo. Scorsese quería pasar por el backstage y pasar de la cocina, pero Ballhaus insistió en atravesar la cocina, ya que “la luz es de diferente color”. El director ajustó la ruta y luego pasó a detallar la coreografía a seguir una vez se entrase al salón principal, y McConkey recordó sentirse nervioso ante la complejidad de pasar la Steadycam por todos esos sitios y no veía claro otro escenario salvo el desastre para esa escena, incluso con su manejo de la cámara.

Siempre he mantenido que debería llamarse la ‘cámara suave’ porque es de todo menos ‘firme’. Marty me miraba y me preguntaba ‘¿Vale?’ y yo decía, con mis ojos totalmente abiertos, ‘Vale’.

Rápidamente esos ensayos se convirtieron en una constante búsqueda de soluciones a potenciales problemas. Operadores y actores iban realizando paso a paso de la marcada coreografía que Marty había diseñado, corrigiendo durante el proceso aquellos momentos donde los aspectos técnicos se complicaban. Por ejemplo, en la escena en la que Ray Liotta y Lorraine Bracco descienden por la escalera surgió el problema de que la cámara se acercaba demasiado a la parte de arriba de sus cabezas, lo cual “no quedaba muy fotogénico”, así que para poder hacer una parada en la que se reajustase la cámara Liotta surgió con la idea de sobornar al portero para dar tiempo a McConkey y el equipo.

Todos los diálogos fueron improvisados durante esos ensayos, trabajándolos para poder hacer un apropiado desarrollo emocional de los personajes en pocas palabras y con acciones, y Scorsese trabajó con cada uno de los extras para que todo el mundo tuviera claro su función y sus movimientos durante el proceso. Mientras tanto, delegó en el operador de cámara que realizaba un montaje a tiempo real, reajustando ángulos, movimientos, ajustando el ritmo de las interpretaciones de los actores, para que todo saliera fluído una vez se empezase a rodar. McConkey colocó una grabadora de vídeo sobre la Steadycam al realizar los ensayos para dar una idea básica de cómo iba a lucir y que Scorsese diera la aprobación.

Recuerdo pensar ‘Oh Dios mío, me acabo de apoderar de esta película, ¿qué va a pensar de ello?’. Marty ve [la cinta de ensayo] y se pone ‘no, no, no’ y pensé ‘este es el final de mi carrera’, pero entonces dijo ‘la mesa [en el salón], cuando [se la trae el camarero a Henry y Karen] tiene que venir volando de la nada’. Marty solía venir con sus padres, y me dijo que una vez fue como si fuera magia cuando las mesas venían volando’.

Con las notas apropiadas, a McConkey le llevó unas “siete y ocho veces” para rodar la escena y comenta que para la séptima ya la tenían coreografiada casi a la perfección. Eso sí, la toma que más le gustó finalmente no fue utilizada tras darle una línea de diálogo a uno de los extras que hacía de cocinero, y si la utilizaban iban a tener que pagarle como un actor en lugar de cómo un extra.

El resultado final habla por sí solo. Una de las escenas cruciales en el romance entre los personajes principales desarrollada con una perfección milimétrica que se ha convertido en objeto de admiración por directores y operadores de cámara.

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