Terminator: Destino Oscuro, crítica: te persigue un ciborg

Se ha indagado mucho a lo largo de los años que hace grandes a las dos primeras entregas de la saga Terminator, pero quizá no se ha reparado bastante en cierto aspecto que marca por qué fueron tan importantes entonces y por qué las posteriores entregas no fueron capaces de estar a la altura: la música que suena en las películas.

Repasemos: Terminator (James Cameron, 1984) tiene una banda sonora de puros sintetizadores de la época, así como algunas canciones pop relevantes para la época. Años después, Terminator 2: El Juicio Final (James Cameron, 1991) orientaría su banda sonora más a lo sinfónico, pero el tema principal era de Guns N’ Roses, la banda de rock más importante por aquel entonces. ¿Qué define a la música que suena en las posteriores secuelas? Nada. A los compositores contratados se les encargaban piezas genéricas que cumplieran y no desentonasen, y se dejó de lado utilizar canciones representativas del momento en el que sucede la acción. Para más inri, Terminator Salvation (McG, 2009), posiblemente la entrega más pobre de la saga, admite abiertamente su incapacidad en tal aspecto reutilizando la pieza icónica de Guns N’ Roses utilizada en la última entrega de James Cameron.

Que se haya rumoreado antes del estreno de Terminator: Destino Oscuro (Tim Miller, 2019) que en su banda sonora podría sonar un tema nuevo de, otra vez, Guns ‘N Roses nos hace a una idea de qué pie quiere cojear esta película. Esta entrega venía con anunciada como un reboot de la franquicia, obviando la existencia de las tres últimas secuelas y continuando el canon marcado por las pelis de Cameron. Es, en definitiva, un intento de camelar a los fans de rama dura además de a aquellos (casi todos nosotros) que consideran las dos primeras como las únicas entregas buenas de verdad. No sorprende, ya que Tim Miller ya mostró en Deadpool lo mucho que valora ofrecer algo satisfactorio para los fans más clásicos (se puede ver, por ejemplo, en los uniformes clásicos amarillos que utilizan los X-Men que aparecen en dicha película).

No obstante, algo que sonaría excesivamente complaciente y condenaría la película al mero fanservice acaba jugando (tímidamente) a su favor. Miller y el equipo de guión comprende mejor que las otras secuelas de qué va la saga Terminator: mientras las otras trataban de manejar (y deformar) el concepto del destino centrándose en el aspecto sci-fi, las dos películas de Cameron eran películas terroríficas sobre la implacabilidad y lo inevitable de la muerte. Aunque la puedas eludir (o incluso derrotar) temporalmente, esta volverá a por ti y terminara cazándote, así que lo mejor que puedes hacer es volver significativo el camino hasta el destino final y tratar de dar valor a las relaciones con los que te rodean.

Es por ello que el protagonista real de la saga nunca fue el T-800 de Arnold Schwarzenegger, sino la Sarah Connor que encarnó dos veces Linda Hamilton. Es ella quien tiene el arco narrativo más emocionante de dichas películas y no sorprende que Terminator: Destino Oscuro funcione mejor cuanto más se centra en su historia y en su búsqueda de un propósito en 2019 (se puede leer hasta de manera metatextual como una extensión de la propia franquicia). Probablemente ayude lo bien que sigue estando la propia Hamilton después de los (incomprensibles) años de ostracismo y que el resto de la película sea demasiado arquetípico y olvidable en su intento de ofrecer una especie de “remix” (el concepto que usaremos mucho en el futuro gracias a Damon Lindelof) de las dos primeras pelis en su estructura argumental.

La nueva pareja de protagonistas que viene (por enésima vez) a intentar relevar a la pareja clásica de Sarah y el Terminator vuelve a pecar de superficial y genérica, impidiendo que podamos conectar emocionalmente con sus arcos dramáticos, y Miller acaba disfrutando demasiado de los 185 millones de presupuesto que le dan para introducir muchas secuencias de acción con toneladas de efectos especiales en vez de darle cierta consistencia al conjunto. Lo que podría ser un ejercicio de apañada (y hasta agradecida) nostalgia que ponga de nuevo en marcha la maquinaria se queda más cerca, de nuevo, en otro blockbuster consumible para su posterior olvido que refuerza un poco la teoría de que, para poder devolver el esplendor a la saga, va a tener que venir alejado de los grandes presupuestos que ponen un poco la obligación tácita de recuperar la inversión en la taquilla. Devolver la franquicia a un escenario de tener que sortear limitaciones y buscar enfoques creativos arriesgados. Al menos, eso parece la única opción viable mientras James Cameron siga con las 45 secuelas de Avatar.

Pero eso, qué bien volver a ver en pantalla a Linda Hamilton.