Toy Story 4: Matar a Dios, por Toy Story

Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019)

Cuando la gente comenta lo perfecto que es el final de Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010) como cierre a la saga, suele hacerlo refiriéndose al momento climático de los juguetes aproximándose al incinerador de basuras todos juntos de la mano aceptando finalmente su fatal final. Es una escena brutal, emocionante e impactante, una enorme muestra del talento de Pixar para hacer pura magia cinematográfica que genere lágrimas tan sólo con recordar algunas de las escenas de las películas. Pero el verdadero final no es ese, porque nadie está tan loco para quemar a lo bruto a los protagonistas de una película cuyo público mayoritario son niños, ni Paul Verhoeven haría algo así (o mejor dicho, nadie le dejaría hacer algo así).

El verdadero final sucede minutos después, con los juguetes siendo legados de su dueño original a su nuevo dueño, no sin antes realizar una partida final con todos ellos que consoliden la transición. Algo emocionalmente satisfactorio para el espectador, pero que encierra una posible cuestión algo amarga en una peli de por sí conceptualmente amarga: ¿Están los juguetes condenados a vivir ese ciclo continuo de actividad/olvido/abandono donde pasan de un dueño a otro? ¿La única alternativa posible es la poco agradecida y exigente labor de un juguete de guardería?

Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019)

Querer tocar un final que a todas luces había sido perfecto y satisfactorio a una de las sagas cinematográficas más alabadas es, como poco, temerario. Y quizá el motivo para atreverse con Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019) no sea precisamente el adecuado, pero es encomiable el esfuerzo de intentar seguir explorando las posibilidades de su mundo y de seguir encontrando cuestiones a considerar sobre los juguetes que puedan conectar con nuestras preocupaciones diarias. Incluso cuando se puede considerar relativo dicho esfuerzo cuando lo haces desde la comodidad de realizar una secuela.

Pixar no ha sido precisamente sospechosa de haber realizado secuelas con cuestionables motivos para existir. Justificar una cuarta entrega de Toy Story es una tarea tan titánica que es casi imposible, menos cuando lo buscas hacer desde un tono menos agridulce y más lúdico como por el que opta Josh Cooley en constraste con su predecesora. Un tono que a muchos puede confundir y quedarse con la sensación de que sólo están viendo una aventurilla, pero ya es algo que Toy Story 2 (John Lasseter, 1999) probó para diferenciarla de Toy Story (John Lasseter, 1995).

Son muchos los pararelismos que se pueden establecer entre la segunda peli de Lasseter y esta. El primero, el mencionado espíritu más divertido y desenfadado que optan ambas con respecto a sus predecesoras, jugando con unos personajes secundarios y con el de Buzz Lightyear para dar momentos hilarantes (impagables los gags que involucran a los personajes de Jordan Peele Keegan-Michael Key, o cada aparición del de Keanu Reeves) que aligeran una trama principal más existencial.

Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019)

El segundo, es la manera que pone más en el foco en el personaje de Woody. La primera entrega lidiaba con su miedo a ser reemplazado al mismo tiempo que dedicaba tiempo a la crisis existencial de su coprotagonista, mientras que en la tercera su experiencia a la hora de aprender a dejar atrás a su dueño es compartida con el resto de su familia de juguetes. Toy Story 2 lo alejaba por completo del grupo para confrontarlo con un pasado que desconocía anterior a ser “el juguete de Andy” y con la cuestión de si existía algún destino posible para él más allá de lo que hasta ahora había conocido. En dicha película, decide volver con su dueño porque para él como juguete siempre será más satisfactorio hacer feliz a un niño que la gloria eterna pero distante y fría del icono de escaparate.

Toy Story 4 le fuerza a volver a lidiar con la cuestión de ser “el juguete de” que en cualquier momento puede volver a ser dejado de lado en el ciclo eterno mencionado (actividad/olvido/abandono). Y lo hace encontrando de nuevo al personaje de Bo Beep, que tras ser dejada de lado por su dueña ha encontrado una nueva y satisfactoria vida como juguete libre en una feria ambulante, jugando con los niños que visitan dicha feria. Le muestra que existe una forma de matar a Dios (o al dueño exclusivo) y ser libre que no choca necesariamente con su naturaleza primordial como juguete.

Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019)

Observar a su amor perdido haber obtenido la plenitud existencial, a pesar de (o gracias a) ser un juguete “perdido”, hace a Woody cuestionarse si puede llegar él a cumplir el propósito primordial de su existencia -hacer feliz a un niño- sin tener que renunciar a su realización personal como realizó en el pasado. Y es posible que esta ruptura con Dios (el concepto del dueño) le permita dejar atrás de verdad a Andy, su niño, de una forma más natural que estar atrapado en un círculo vicioso donde va pasando de un nuevo dueño al siguiente pasando por las fases de olvido y abandono.

Aunque la decisión final de Woody implica tener que alejarse del grupo con el que ha compartido tantas experiencias y prácticamente se le puede considerar familia, Toy Story 4 no decide terminar en una nota amarga y extremadamente dramática, sino que despide a estos personajes entre ellos de una forma más afectuosa y empática, reconociendo los motivos que llevan a dicha decisión que va a separar sus caminos.

Cada uno decidirá si este epílogo para la historia del vaquero de juguete ha acabado justificando su existencia o no, pero yo sin duda veo en Toy Story 4 mucho del Pixar que mejor funciona, que sabe plantear cuestiones complejas en las tramas de los personajes (la mera existencia de Forky plantea qué es realmente ser un juguete) y sabe construir de maravilla para llevar a los momentos de pura emoción (la despedida de Woody o el final que reservan para la “villana” que rompe con la manera que ha tratado siempre Toy Story a sus antagonistas). Quizá con otras secuelas de otras franquicias hayan tenido menos tino a la hora de manejar, al mismo tiempo, la necesidad de justificar su existencia y la habilidad para ofrecer una historia diferente, pero todas las pelis de Toy Story han salido siempre triunfantes en ese sentido, en mayor o menor medida, y esta nueva logra cumplir eso mismo a su manera. Por eso, Toy Story siempre será puro Pixar.

N.E: (Puedes seguir a Black en su letterboxd y en su medium)

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Toy Story 4
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