James Gray no es un director que haga películas muy rápido, pero sí parece hacerlas en pack. Sus primeras tres películas se zambullían en el thriller criminal (Cuestión de Sangre, La Otra Cara del Crimen, La Noche Es Nuestra) para luego dar el salto al drama más intimista en dos cintas consecutivas (Two Lovers, El Sueño de Ellis). Ahora parece que estamos en su etapa más aventurera, conformada por La Ciudad Perdida de Z y la actual Ad Astra. Como poco, una singular trayectoria en la que, extrañamente, logra demostrar una pericia increíble aun moviéndose entre géneros.

A pesar de las aparentes diferencias entre sus films, Gray termina tocando temáticas que acaban siendo recurrentes (en mayor o menor medida) en todas ellas: conflictos paternos, incapacidad para comunicarse con el mundo alrededor, buscar más allá de lo ya conocido. Ad Astra adquiere la particularidad de que todas acaban siendo centrales en el conflicto dramático y añade unas cuantas lecturas más que enriquecen su cine.

Resulta curioso que precisamente Gray, que hasta La Ciudad Perdida de Z se había caracterizado por hacer cine a pequeña escala, se haya sumado a una corriente de películas en el espacio que Hollywood está produciendo alegremente, pareciendo encontrar un filón comercial al igual que varios creadores han encontrado en la odisea espacial un filón creativo (con mejores y peores resultados). Ejemplos destacados:

  • 2013: Gravity (Alfonso Cuarón)
  • 2014: Interstellar (Christopher Nolan)
  • 2015: Marte (Ridley Scott)
  • 2016: Passengers (Morten Tyldum)
  • 2017: Life (Vida) (Daniel Espinosa)
  • 2018: El Primer Hombre (Damien Chazelle) y High Life (Claire Denis)

Todos ejemplos muy variados: unos de vocación más claramente comercial otros de intenciones más metafísicas. Unos de espectacularidad palpable y otros de escala más pequeña. Ad Astra acaba jugando a la peligrosa tarea de tocar las diferentes áreas a lo largo de sus dos horas de metraje, algo con lo que coqueteo sin éxito Chazelle en El Primer Hombre. Es más espectacular de lo que cabría esperar en alguien como Gray, pero también es más reflexiva que la producción espacial media. Se permite el lujo de ser más reposada que Gravity, pero también no tiene miedo a alcanzar la épica magnitud que High Life deliberadamente evitaba.

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Ad Astra (James Gray, 2019)

Lo más interesante es cómo Ad Astra acaba encontrando un espacio propio, una identidad que nos permite relacionarla con otras cintas del estilo pero al mismo tiempo no se ajuste realmente a ninguna. Una decisión atrevida, que dejará a buena parte del espectador medio en el camino, pero le permite acercarse a la mejor versión de la cinta a la que aspira (Per aspera ad astra). Una cinta audaz, interesante, que no se limite a una única lectura (a pesar de lo que digan algunos críticos detractores que la quieren reducir a otro film de “spaces bros” que llorar por su masculinidad) y obligue al espectador a algo más que quedarse asombrado ante la magnitud de algunas escenas de acción o la magnífica fotografía de Hoyte van Hoytema, que se permite volver y expandir su anterior trabajo en Interstellar.

Ya no sólo es que haya escenas que dejan los ojos como platos, como una secuencia de persecución a la luna y otra más cercana al terror espacial que se puede ver como un gracioso guiño a 2001: Una Odisea en el Espacio (Stanley Kubrick, 1968), también tenemos algunas como la que abre la película que nos permite acceder al personaje protagonista, un hombre que es capaz de caer cientos de miles de kilómetros y que su pulso nunca supere las 80 pulsaciones por minuto.

De la mano de un fabuloso Brad Pitt (menudo 2019 el suyo), que nos aporta una de sus actuaciones más completas y maduras desde Moneyball: rompiendo las reglas (Bennett Miller, 2011), vamos accediendo a la compleja psique de Roy McBride: un astronauta valeroso que es capaz de bloquear sus emociones hasta el peligroso extremo de quebrar todas sus relaciones afectivas, consecuencia directa del abandono de un padre (¿y de un Dios?) con el que tendrá que lidiar de manera frontal (impagables los momentos de tragedia y vulnerabilidad que aporta Tommy Lee Jones) no sólo para poder ser completo, sino para poder volver a creer en la humanidad.

La comparación que más se puede leer con esta epopeya espacial no es otra de ciencia ficción, sino más bien Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) y por varios motivos: el cuidado estudio del personaje, el deliberado ritmo narrativo, la exploración existencial, la estructura, los momentos de pura fuerza visual. No obstante, James Gray esquiva la fatalista tesis de Coppola sobre la raza humana y trata de buscar esperanza dentro de la incertidumbre. Es complicado predecir a donde nos conducirán las circunstancias que nos toca vivir, pero podemos tener la oportunidad de que, en el final, nos tengamos los unos a los otros. A nosotros mismos.

No son conceptos extraños en una cinta de ciencia ficción, pero la exquisita manera de abordarlos en Ad Astra, desde una intimidad emocional muy Malickiana (incluida una voz en off en ocasiones demasiado expositiva aunque no excesivamente molesta, para mi gusto), al mismo tiempo que no renuncia a ofrecernos una estimulante experiencia visual, la hacen una peli singular y una de las mejores del año.

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Ad Astra
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