Autechre – SIGN

El pasado mes de septiembre a todos nos cogía por sorpresa la que tras conocerse se convirtió automáticamente, por nombre, en una de las noticias electrónicas del año: nuevo disco de Autechre. Un trabajo que llega siete años después de Exai (Warp, 2013), aunque esta vez la sensación durante este tiempo no ha sido tanto de vacío como en otros contextos, quizá sobre todo gracias a que con la excusa del aniversario de Warp, el dúo de Rochdale liberó las Warp Tapes (89-93), gran regalo para los oídos y la parroquia IDM. O las NTS Session de 2018. O los EP elseq de 2016. Pero de unos pilares básicos para la electrónica contemporánea como ellos, uno siempre espera un LP con el que desfogarse y sumergirse. Así que deseo concedido. En un 2020 inolvidable literalmente, no se podía esperar otra cosa que fumata blanca de las que importan. Y aquí está SIGN (Warp, 2020). No había mejor momento para la vuelta de Autechre —que además, no son los únicos veteranos que volverán, ahí está lo último de Squarepusher y el ansia de Aphex Twin con su mercadotecnia—. Tan solo un mes del anuncio, lo cual se agradece, el disco ya ha llegado a todos. Un álbum que como todo lo suyo, se recibe con ganas pero con mucha inquietud y algún que otro «¿será otro Exai?» —que despojado de impresiones de escuchas superficiales, es un muy buen álbum—.

Un trabajo más accesible y ambiental de lo esperado

En efecto, SIGN está muy lejos de Exai, no tiene su fuerza, ni su vertiginosidad, ni sus contrastes. Tampoco es algo con muchas cacofonías por beat cuadrado extremando el glitch como en Draft 7.30 (2003) y Untilted (Warp, 2005). Precisamente, si se esperaba algo esquivo, desde luego SIGN es un álbum poco agresivo, como se deja entrever en los primeros temas. Es más bien un punto intermedio entre su último largo de hace siete años, y lo mejor que han hecho en los últimos veinte años, es decir, Oversteps (Warp, 2010). Este duodécimo álbum, como todo lo que llevan haciendo en los últimos tiempos, tiene unas amplias aristas que explorar, aunque esta vez menos de las esperadas, con un mayor peso de un ambient muy metálico. Tras varias vueltas para poder formarse una ida sobre él, se trata de una obra menor de los ingleses. Desde luego, no un mal disco, porque la experimentación sigue estando, aunque decae claramente ese reto de poner al oyente contra las cuerdas, y tampoco hay especiales derivadas melódicas. Es uno de esos álbumes que estarán en la tabla media baja de su excelsa discografía.

A nivel compositivo, como siempre, juegan en otra liga. Concretamente, en su única y particular liga. Nadie hace esto ni lo hace como ellos. No hay estribillos, no hay normas, tan solo sonidos que varían, que se contorsionan y que esta vez, no miran excesivamente hacia ellos mismos; puede que sea de lo más accesible que hayan publicado hasta ahora. Dicho esto, y siendo un buen disco, contextualizado dentro de una de las trayectorias más importantes de la electrónica internacional, pierde algo de fuelle. Y sin embargo, y como siempre, hay algunas novedades que resaltar. Lo que en compositores normales llamaríamos evolución, una jerga que cambia al tratarse de un proyecto que ha hecho de las no normas su santo y seña. En ese caso, Autechre se amoldan tímidamente a sonidos más actuales, rozando suavemente otros estilos, como puedan ser esas percusiones rotas del UK Bass en ‘auc 14‘ —sin que sean los ritmos rotos algo nuevo en ellos, obviamente, y ahí se podría plantear si no han sido ellos los que han influido de una forma u otra en todos ellos—. También, y de forma muy evidente, una aproximación al sonido saturado de los Oneohtrix Point Never y otros parientes cercanos del deconstructed club en ‘F7‘.

Entre Oversteps y la atmósfera de los más clásicos

Con todo, esos sutiles acercamientos se ven en cualquier caso entremezclados a lo largo del disco con uno de los aspectos interesantes del álbum, rescatar algunos agudos y líneas melódicas de Oversteps y los colchones ambientales de gran grosor y elocuencia, aquellos que tanto brillaron de forma majestuosa en sus primeros discos. Se trata, por tanto, de una pequeña contradicción, un planteamiento algo conservador en un proyecto que bajo unas premisas de producción claras, ha ido abriendo nuevos sonidos. Quizá, un bálsamo necesario para parte de los seguidores para los que Exai era un muro inexpugnable. Aunque bien es cierto que las referencias posteriores antes mencionados ejercieron como tal. De hecho, las propias NTS Sesion o los elseq, son ‘mucho más’ Autechre que este disco. Así, en esas dos líneas narrativas mencionadas se encuentran temas como ‘esc desc‘, arropada por buenos graves y saturación, o ‘gr4‘ con sus finas líneas melódicas, que son esa vuelta tangencial al Oversteps; y por otra parte están ‘Metaz form8‘ y ‘r cazt‘. El lado clásico. La atmósfera y solemnidad del tridente en largo de 1993-1995 y que también se podía encontrar en EP de aquellos tiempos como Anti EP (Warp, 1994). Si ‘Metaz form8’ es la típica capa ambiental inmersiva, con ese toque metálico y espacial, ‘r cazt’ es ese tema barbitúrico, de los que decía Richard D. James que son para mirar fijamente a la pared y quedarse en babia. Una de las perlitas lentas para disfrutar de las texturas mientras el tiempo pasa lento, con un distinguido olor a veteranía. Sin duda, uno de los regalos del trabajo.

En medio de todo esto, hay temas que dan el callo como ‘sch.mefd 2‘, con su sonido oblicuo y laberíntico, al que cuesta entrar pero acaba abrazándote o el primero de todos, de los más cortantes. Y de cara al final, en cortes como ‘th red a‘ o ‘psin AM‘ y su base ambient techno, también más centrados en lo ambiental y todas las derivaciones y capas que meten Autechre sucintamente, se echa en falta algo más, un extra, como si faltara una parte de su ADN. En aquellos temas más atmosféricos en sus dorados 90s había un toque de melodía, una pista subterránea de glitch o ritmos rotos que faltan y dejan con los dientes largos. Aunque los anteriores temas mencionados sí que pueden cubrir en cierta forma esas expectativas, el tramo final de SIGN tiene ahí algún punto débil. En la primera mitad, el dúo sí ofrece más de esa experimentación habitual con bastantes pistas, sin seguir una secuencia única. Asimismo, es curioso que en un año tan turbulento a nivel internacional, también en Reino Unido con el Brexit o la pandemia, no hayan aprovechado para hacer un sonido más extremo y caótico, a modo de descripción del momento —o bueno, ahí está ese portada de Orbital ¿eclipse?—, o de denuncia, como en 1994 contra la ley que iba contra las raves por su sonido repetitivo. O quizá es ese punto de abstracción y válvula de escape que en ocasiones hace falta; en el que ellos suelen estar, sin molestar mucho al mundo exterior salvo cuando toca emitir esas ondas sonoras que bien parecen de mundos lejanos.

Sea como fuere, no es por tanto uno de sus mejores trabajos, ni a la altura de su primera década de vida, donde todo se estaba inventando o donde su inspiración tocaba techo, pero aún dejan claro con SIGN quiénes son y por qué conocer hace un mes su regreso fue algo tan esperado. Desde su cavernoso altar, escondido en algún lugar lejos de todo el mainstream y la realidad, Autechre siguen tejiendo composiciones sin más normas que el juego con la abstracción, esta vez sin explorar en los límites del sonido; más centrados en la parte ambiental, a veces relajándose, pero otras dejando auténticas joyitas que rememoran sus mejores años. También con tenues acercamientos a la electrónica que más ha dado que hablar en los últimos años, aunque sin un resultado para rasgarse las vestiduras. Una obra menor que sería elevada a niveles bastante superiores si no fuera de quien es.

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