Siempre es cuestión de tiempo comprobar cuando un elemento disruptivo en el blockbuster moderno se explota hasta su domesticación, como puede ser el ejemplo de Deadpool. La frescura meta de la película del mercenario bocazas es un juego peligroso, pero tentador de explotar. Ni los propios creadores se resistieron a intentar una secuela apañada, aunque constreñida por convertir su irreverencia en fórmula. También es cierto que el juego meta puede ser un arma de doble filo y se te vuelva en contra, lo que explicaría que no haya habido más intentos de explotar esa vía que abrieron en su momento.

Tiene sentido que la que más se haya acercado a ese enfoque haya sido, precisamente, el deslavazado universo superheroico de DC. Muchos análisis no han podido evitar recordar al superhéroe de Ryan Reynolds a la hora de describir Aves de Presa (y la fantabulosa emanblablababla) y su libre y autoconsciente espíritu. La cinta pone en el centro de la historia a la Harley Quinn de Margot Robbie, ya presentada (y alabada) en la repudiada Escuadrón Suicida, que ejerce de narradora de la historia de una manera que muchas veces rompe la cuarta pared hasta el punto que le falta expresar que es consciente que está en una película.

Sin embargo, sería demasiado reduccionista hablar de Birds of Prey como un derivado de Deadpool o de cualquier cosa. Irónicamente, la disfuncional situación de Warner y DC con respecto a su universo compartido les ha llevado a centrar el modelo en ir película a película, preocupándose lo justo en la continuidad, y dejando que cada director involucrado tenga la libertad para llevar el estilo de las mismas. Algo que pone en una situación privilegiada a gente como Cathy Yan, procedente del cine indie, que tiene libertad para llevar todo lo lejos que quiera una producción de cientos de millones de dólares y lo aprovecha.

Decir que Aves de Presa es una producción frenética es quedarse corto. La peli es un ciclón de acción y humor descabellados y cafres, de colores muy intensos, personajes imperfectos muy subidos y volumen elevado al 11. Como coger lo mejor de un Guy Ritchie pre-franquicias y nada de sus peores tendencias (como su misoginia). ¿Es irregular? Por supuesto, pero la táctica de tirar espaguetis a la pared para ver cuántos se quedan pegados tiene estos riesgos. Y cuando hay recompensas, son muy agradecidas.

Por eso va a ser difícil establecer un consenso con esta película. Los personajes a veces palidecen por su unidimensionalidad, pero los actores se lo pasan en grande sacándoles jugo y llevándolos al límite (Ewan McGregor y Chris Messina van deliciosamente pasadísimos). La narración a veces se desmadra, pero cuando Yan doma el pulso es trepidante, especialmente con unas secuencias de acción imaginativas, bien coreografiadas y rodadas (gracias también a la segunda unidad dirigida por Chad Stahelski, de la franquicia John Wick). Y también audazmente femenina, sin caer en la obviedad y señalarte su empoderamiento como acaban haciendo otras superproducciones de repartos femeninos para destacar su progresismo. Ya sabe que existir es su victoria. Su impredictibilidad y descaro pueden ser lo que saquen a mucha gente de ella, pero es lo que la ayuda a mantenerse fresca hasta el final.

Aunque ya se abusa del término «no es para todo el mundo», tu grado de tolerancia a la «mamarrachez» va a ser clave para disfrutarla. Yo lo tengo alto, por suerte, y disfruto cuando una película de este tipo decide ir a muerte con ser lo que quiere ser. Y, para qué negarlo, es muy buena siendo el desmadre libre que quiere ser. Una película aí sólo puede existir en un emporio que claramente ha perdido todo concepto de línea editorial y que, al igual que Aves de Presa, tiene una impredictibilidad que hace intrigante cada producción que lanza al mercado. Y eso es una buena carta a jugar cuando en el otro lado buscan todos los medios por mantener una homogeneidad eficaz aunque desapasionada.

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