Beastie Boys – Paul’s Boutique (1989): tenían que demostrarlo todo, hicieron mucho más que eso

Licensed to Ill fue para los Beastie Boys un debut apabullante, pero también uno que les dejó a los pies de los caballos. Eran unos críos y se vieron envueltos en más guerras absurdas de las que iban a poder asumir: por ejemplo, la de una gira que fue puro desbarre (incluidas chicas del publico encerradas en jaulas para que bailasen y penes hidráulicos gigantes) y que culminó con el arresto de Adam H en Liverpool en 1987.

También la de la salida de su sello, Def Jam, una de las rupturas más amargas posibles para un grupo que no sólo acaba de comenzar, sino que además ha debutado con un disco millonario. Sintiéndose traicionados, y con los ingresos por royalties en stand-by, los Beastie Boys salieron de NY y se fueron a Los Ángeles, donde se encontraron con Dust Brothers (posteriormente, productores de Odelay de Beck; no hace falta jurarlo). Querían un disco que les alejase de esa idea de grupo de coña, de adolescentes, birras, juerga, hits y cerebros vacíos.

Lo tuvieron, aún a costa de pegarse el mayor hostión comercial de su carrera.

El disco que no triunfó

Así fue: Paul’s Boutique era el debut de Beastie Boys en una máquina engrasada de ganar dinero como Capitol y lo que salió fue todo lo contrario. Paul’s Boutique pudo haberles hundido, de hecho: entraron en el estudio en 1988 para grabarlo, con la promesa de superar los 4 millones de copias vendidas en aquel momento de Licensed To Ill; salieron de allí y vendieron medio millón.

Incluso ahora, tantos años después y con la reputación (de Beastie Boy y de este disco) tan asentada hay una diferencia brutal: Paul’s Boutique apenas llega a los dos millones de copias mientras que Licensed acumula ya más de diez millones.

Y aún así, no puedes odiar este disco si te gusta el hip-hop. Voy incluso más lejos: sea cuál sea el subgénero dentro del HH que te guste más, no puedes no amar Paul’s Boutique.

La cima del molar

Paul’s Boutique es muchas cosas. Pero dejadme que hagamos la primera parada en una de sus canciones. Han pasado quince minutos desde que has empezado a escuchar el disco y llega ‘The Sound of Science’. Y entran los tres Beastie Boys, juguetones, para pasearse, con chulería, sobre una base minimalista pero juguetona, casi de coña, una opereta bufa del Flow. Un minuto y 16 segundos después, la canción se rompe en dos: Mike, Adam H y MCA aceleran, se alzan sobre una base robusta, que no tiene nada que ver con lo anterior. Y ahí, navegando entre samples de funk, percusiones contagiosas y el riff perfecto del rock, te sueltan un hostiazo. Dos partes, las dos increíbles, en la misma canción. La mina inagotable del groove, una catedral del pasárselo siempre bien, la cima del molar:

Ponce de Leon,
Constantly On
The Fountain of Youth,
Not Robotron

Todo estaba ya ahí. Tantos y tantos discos magníficos de hip-hop; tantos que buscaron también la creatividad en los samples ajenos.

Paul’s Boutique y lo inabarcable

Detrás de su icónica portada anaranjada, casi vintage antes de que nos enamoráramos de los filtros del pasado, Beastie Boys aún son jóvenes, demasiado. Se les cuelan, por eso, tonterías de las que luego se arrepentirán públicamente: en ’59th Chrystie Street’, coñas en torno a un transexual. Pero también había ya la necesidad de un paso adelante. Por eso cuando se instalan en LA y contactan con Dust Brothers, lo primero que ven es la necesidad de ir, en su sonido, muchísimo más lejos que en esa bendita macarrada que fue su debut.

De ahí nace la batidora incesante de sampleos, ritmos y estilos sobre la que se asienta Paul’s Boutique: en él suena el hard-rock, sí, pero también el funk, el jazz, el punk, el reggae (cómo entra en ‘Stop That Train’, cómo deseas que no se vaya, cómo quieres volver a esos diez segundos cuando ya han pasado)… cualquier cosa que pasa por sus manos.

Cada canción es excitante por sí misma: ‘Looking Down The Barrel of a Gun’ suena amenazante y avanza lo que será después su hit cumbre, ‘Sabotage’; ‘Shake your Ramp’ pilla sitio en una nave intergaláctica de funk para convertirse en la canción que más escuchaban los Becks adolescentes. Con ‘Johnny Ryall’ te quedas en tu sitio desde el primer compás: te vacila tanto y tan rápido que te callas la boca. En ‘High Plains Drifter’, el primer respiro de calma, se comportan y ponen música como fumetas, y casi puedes oler el humo y la pólvora. La bullabesa final es su “aquí estamos, podríamos hacer 20 discos como éste”

Las letras son apabullantes: un mix inagotable de referencias pop, autorreferencias con gracia, versos inesperados y una carrera de relevos en los micros donde funcionan estupendamente que los tres Beastie Boys tuvieran tanto y tan diferente entre sí.

Antes hablábamos del perfecto ejemplo que era ‘The Sound of Science’ para entender el tono del disco. Ahora, dejadme otra parada. En ‘Egg Man’ se cuelan la percusión de ‘Sport’ de Lightning Rod y la línea de bajo del ‘Superfly’ de Curtis Mayfield y es como si hubiesen sido paridas juntas, gemelos inseparables.

Pink Floyd, Led Zeppelin, Donny Hathaway, Funkadelic, Public Enemy (madre mía ese “Now you got me in a cell / but I don’t care”), Paul McCartney, ellos mismos. La lista de todo lo que contiene (el disco, la canción) es inagotable, inabarcable, emocionante en cada escucha. Si es necesario, hasta un retazo de la banda sonora de ‘El Cabo del Miedo’ de Bernad Herrman, otro de ‘Tiburón’ y otro de ‘Psicosis’.

No, no puedes no amarlo.

Revisión Beastie Boys en Hipersónica

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