Pasado el subidón Midnite Vultures, y los 90 en los que él mismo fue la promesa definitiva de la era en la que los estilos se mezclaron y se hicieron bastardos, Beck pareció dejar de estar moda entre los críticos. Curiosamente, lo hizo pasando más desapercibido de lo normal con Sea Change, un disco intenso, casi inmenso, que el tiempo vería crecer hasta convertirlo en una de sus cumbres.

Cómo sería la cosa, que el celebérrimo crítico Robert Christgau le acusó de ser calculador en su sinceridad, de construir cáscaras sin corazón, no canciones. De que “su dolor fuese tan frío como su funk”. Beck como farsante, prácticamente la losa de su carrera completa.

Sea Change: Beck sin trucos

Si habitan en el mismo Hansen un Beck alegre y un Beck triste, ésta es la cumbre expresiva del segundo, una que ya había hollado con Mutations, pero en la que no había dejado tanta marca como en Sea Change. Allí aún sonaba algo bufón, algo impostado, necesitado de que le mirasen. Aquí, contenídisimo, Beck despliega sus capacidades autorales sin apenas trucos, con tan poco artificio como unos arreglos de cuerdas en muy segundo plano(lo más épico quizás sea lo de ‘Lonesome Tears’), su voz entre susurrada y rota (la menos VOZ de todos los discos de ruptura de la historia) y unos tímidos acercamientos a sonoridades country (casi detrás de cada esquina del disco, pero para nada dominantes).

Nigel Godrich, en pleno subidón post-OK Computer, convertido ya en productor estrella de la industria, le ayuda a contener el ambiente. Es triste, pero es reposado. Hay drama, pero no hay exageración. De hecho, se construye un disco que, a tramos, casi parece querer sonar monótono. No serlo, sino sonar a tal. Quizás porque a eso suenan los días en los que el amor se te ha ido.

Historia de un no-matrimonio

Temáticamente, Sea Change es un disco post-ruptura, uno en el que el cambio vital al que referencia el título se hace carne. A Beck le estaban rompiendo el corazón (o él y su pareja se lo rompían mutuamente) y se derramó por completo en los versos y en la música de Sea Change. Es el que se declara cansado de luchar por una causa perdida, el que suena a Nick Drake en ‘Round The Bend’ mientras canta “people pushing harder / up against themselves / make their daggers sharper / than their faces tell”.

Aquí Beck es el Baumbach de Historia de un Matrimonio, y se le puede poner exactamente las mismas pegas que al cineasta. Que golpea sin dar del todo, que su momento de más intensidad no lo rubrica (aquí se le va el disco al garete, o casi, cuando en ‘Little One’ intenta que te rompas; Baumbach tenía su peor momento de toda su película en la gran pelea), que hay algo de impostado en todo el proceso. Todas las pegas mimimimi que queráis. Y aún así no se quiebra.

Odelay es su disco perfecto. Y Midnite Vultures el que más lejos llegó en apropiarse de la música de otros para hacer su propio camino (que, al fin y al cabo, es la esencia de la carrera de Beck). Pero Sea Change es la obra, de todas las suyas, que más va a seguir creciendo.

Puntuación: 4 de 5.

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