Bob Dylan – Rough and Rowdy Ways

Resulta, como poco, interesante el entusiasmo prácticamente generalizado con el que la crítica ha acogido Rough and Rowdy Ways, el último trabajo de estudio de Bob Dylan compuesto por material original. Algunos medios probablemente estén agradecidos de haber sacado sus posts de lo mejor del (medio) año justo a tiempo para poder incluir este disco, que ha salido en las mismas fechas que dichos tops. 

Ni mucho menos voy a acusar a Dylan de mandar jamones, ya que creo que tendrá cosas más importantes que hacer con su tiempo. De hecho, probablemente lo que más me viene a la cabeza fueron esas primeras reacciones/críticas inmediatas a aquel disco de regreso de My Bloody Valentine. ¿Cuántas veces más habrán escuchado un disco que fue recibido poco menos como la segunda venida de Cristo? Yo pocas. Probablemente las mismas que le de a Rough and Rowdy Ways una vez termine de escribir estas palabras.

No vengo con ánimo de destrozar, o hacer un comentario reaccionario. De hecho, es posible que haya un trabajo magnífico, o al menos estupendo, en Rough and Rowdy Ways que me encantaría desenmarañar durante horas. Por las letras, al menos, creo que podría estar perdido horas, buscando referencias en Genius y parándome en unos cuantos versos. Dylan difícilmente perderá eso. Probablemente mi problema con el disco esté en el poco entusiasmo que siento al escucharlo.

Digo que el problema es mío, porque es más que probable que lo sea, pero no puedo evitar quedarme perplejo al ver cómo se ha abrazado un disco que musicalmente acaba recorriendo tantos lugares comunes. Blues de Chicago, rock and roll de Memphis, sonidos de Nashville. Estilos que no se encuentran alejados de mi zona de confort, pero no encuentro a Dylan haciendo nada particularmente llamativo o atinado con ellos. De hecho, hay muchos temas que resultan perezosos o planos conforme entran en tu oído. Y también entra en bucle en dinámicas que están muy sobadas o no van a ningún lado. Esto ya provoca una barrera que, siento, me impide admirar esa grandeza que otros analistas parecen haber encontrado.

Por lo menos, estamos ante una mejora de esos últimos discos versionando a Frank Sinatra a los que todavía no les encuentro el sentido. Y por supuesto hay hallazgos, destacando especialmente los diecisiete minutos de ‘Murder Must Foul’. También encuentro placenteros cortes como ‘I Contain Multitudes’ y ‘My Own Version of You’. Sin embargo, me cuesta verlo cercano al cumplidor Tempest, un disco que tampoco parecía encontrar algo especialmente interesante que aportar musicalmente pero se escuchaba más vivo e invitaba más a las escuchas. Al menos daba la impresión de estar menos perdido en sí mismo.

Me hubiera encantado disfrutar más con Rough and Rowdy Ways, un disco que no creo que tenga nada especialmente malo pero no me interesa demasiado lo que tenga que contar. Ni siquiera como un disco de autor veterano que quiere darse el gusto una vez más, porque creo que hay otros ejemplos mucho más admirables: los últimos trabajos de Leonard Cohen o incluso un Neil Young haciendo discos menores e intrascendentes, por citar un par muy cercanos a la órbita de Dylan. Pero bueno, tampoco es terrible. Lo más probable es que todo sea cosa mía. Si Dylan tiene otro disco que quiera sacar de su sistema, probablemente también esté ahí para escucharlo.

Mientras tanto:

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