Bright Eyes – Down In The Weeds, Where The World Once Was

“Volver a casa”, “Estar en casa”. Todas las entrevistas promocionales de Bright Eyes para este Down in the weeds, where the world once was han repetido lo mucho que el grupo se ha sentido a gusto, a pesar de que llevaba nueve años separado, desde The People’s Key (2011, ⭐️⭐️ y media en Hipersónica). De hecho, la propia historia de cuando deciden unirse de nuevo pinta a que, por encima de todo, seguía habiendo una relación intensa: no estás en una fiesta navideña en 2017, ya medio tajado, y llamas al tercer componente del grupo, que vive en otro huso horario y para el que son las dos de la mañana si no tienes esa confianza. Como el propio Mike Mogis reconoce cuando habla de la anécdota: “Siempre creí que haríamos otro disco de Bright Eyes y ya habían pasado casi diez años… Es decir, ¿para qué otra cosa me despertarías a las 2:00 AM?”

Por el camino, han pasado muchísimas cosas, como la certificación del grupo y de Conor Oberst como estrella respetada. Pero también un divorcio y, sobre todo, la muerte por sorpresa de Matthew Oberst, su hermano, a los 42 años. Mezclado con la sensación estadounidense de estar ante un camino cortado, el final de muchas eras, por culpa de la presidencia Trump, si alguien piensa que estamos de nuevo ante unos Bright Eyes sosegados como los de The People’s Key es mejor que dé la vuelta o cambie de opinión.

Bright Eyes inflamados

De hecho, las mejores y más grandes canciones de Down In The Weeds, Where The World Once Was son las más desatadas. No volveremos nunca a lo de Lift o a lo de Fevers & Mirrors, pero Bright Eyes se inflaman y el mundo se para. Por ejemplo, en esa ‘One and Done’ fenomenal: cantada con eco, instrumentada ampulosamente; sensible, sin embargo, frágil también. O en ‘Mariana Trench’, ‘Forced Convalescence’, ‘Persona Non Grata’… Hay varias y muy buenas.

Bright Eyes siguen sin conseguir el disco absolutamente redondo y mantienen la enervante manía de empezar los discos con el relleno que siempre te saltarás… pero también, nueve años después, con este disco de aliterado título han vuelto al nivel de un Cassadaga o incluso superior. Si esto fuese dentro de una tier list de Bright Eyes, estaría en el segundo peldaño por arriba. Y, desde luego, en lo sonoro es más arriesgado y necesario que todos los discos en solitario con los que Conor Oberst ha intentado “ser adulto” durante la estancia del grupo en barbecho. Muy bien.

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